Poesía

Vicente Luy antes de ser Vicente Luy

Años Luz recupera su primer libro

Nacido en Córdoba en 1961 y fallecido en 2012, Luy publicó su primer libro, Caricatura de un enfermo de amor, en 1991. "Un libro que permite conocer la evolución de un poeta complejo, que el tiempo y su temprano suicidio volvieron mítico", en palabras de Lamberti. De allí tomamos los versos que siguen.

"Caricatura de un enfermo de amor es un libro de Vicente Luy antes de ser Vicente Luy, que permite conocer la evolución de un poeta complejo, que el tiempo y su temprano suicidio volvieron mítico. Un libro que sirve de puente hacia apuestas más arriesgadas, más ligadas al mundo del rock, de las artes plásticas o de la temprana internet, como las que podemos ver en La vida en Córdoba, pero que también presenta una voz sólida, segura y contundente, dedicada a explorar los temas que trabajará a lo largo de su vida: la soledad, la falta de empatía, la búsqueda de lo humano", escribe Luciano Lamberti para presentar el tomo de Años Luz editora.


Nacido en Córdoba, Argentina, en 1961, y fallecido en 2012, publicó éste, su primer libro, en 1991. Le siguieron La vida en Córdoba (1999), Aviones (2002), No le pidan peras a Cúper (2003), La sexualidad de Gabriela Sabatini (2006), Vicente le habla al pueblo (2007) y Plan de operaciones / La única manera de vivir a gusto es estando poseído, entre otros.


 



 


 


 


POEMA DE HECHO


He sabido de tiempos y de pueblos y lenguajes. He


   saltado y he dicho amor; y he visto bien a


   la lluvia. En fin, que yo también era uno de


   aquellos. Puedo verme viendo el mar en el ayer


   hoy que las calles se pueblan de signos.


En otra época hasta fui un hombre. Pensaba,


   sentía frío en los pies. Era muy inteligente. ¿Te


   gustan las rosas? Hasta fui mujer.


Ahora me veo llorar, y no encaja. Los actos de las


   bestias no me sugieren más que plegarias y


   cantos. Y cae fácil el vino. A lo lejos, Napoleón


   cose sus medias.


Pero es la vida, oscilante. De plomo, de hierbas, y de


   un constante movimiento. Hay que ver cómo


   las aves callan para entender. Hay que mirar


   el techo, y rotar.


Esto es para payasos. Aquí no caben quienes esco-


   gen sus espinas, el menú económico, el sol, las


   plazas llenas de gente…


 


 


 


 


Tieso en un charco; ¿cuántos somos? ¿de qué


   ancho de ojos? ¿con cuántos chupetines? ¿a


   qué profundidad?


De niño, callaba. Lucía la luz en mis orejas; y ca-


   minaba despacio, alardeando de ser uno más.


   Olía a jabón, sabía del cielo por boca de los


   hombres; y también reía, creo. Yo, y además


   era fácil de olvidar.


Desperté a media mañana, en formación frente a la


   bandera. Torcían los trescientos de a leguas el


   espejo.


No insistas; no vamos a jugar.


 


 


A mi lado enrollan nuestros lamentos, nuestras vo


   -ces de mando; ¡fuerza, valor! Y si, conmueve la


   vida, cuando uno escapa a sus pasos y se ríe o


   no lejos de toda huella.


Me veo corriendo; la luz clara, vacía de haces


   fantásticos y de símbolos y representaciones.


   Y se me antojan poco lógicas sus maneras, los


   molinos de viento, toda mi familia de pie.


Amor, ¿no entiendes? Es poco el día, y no alcanzan


   a irse sus leyes, y no alcanzo a dejarte al sol


   cuando me llaman a vivir.


Recuerdo la última paliza, y busco arrastrar los


   silencios por el radio. Busco la leche de la gran


   mujer; busco la fuerza.


Más, despreocuparos.


Aquella mañana en la enfermería un señor muy feo


   me echó un polvo blanco en los ojos.


   Regresé a mi pelotón; teníamos práctica de desfile.


 


 


 


También existen orillas, estaciones. A la altura del     


   colchón, los hombres. Cuentan sus botas, y


   a sus ojos los tiñen, y ocultándolo subrayan el


   propio temor. Levantan las torres, cuando


   más, hasta Dios; y se jactan y se sonríen.


Vuelve a casa, sin lágrimas. Siempre estuvimos en


   guerra.


 


 


Tienes tiempo, reconoce tus huesos; ahora otros. Ya


   ves, aún no llegas al principio.


Hacia la cima de la colina la marcha del soldado;


   infantil, franca, estúpida. Ya estamos listos


   para la revuelta.


Observa la cadencia de mis pasos, mi camisa limpia.


   Aquí hay amor, no lo dudes. Y yo no soy tan


   azul; puede tocarme. Apenas si sé reir; apenas


   si puedo llorar, cuando se esconde y sospecha


   el juez que sueñan los ciudadanos.


Espera, voy a buscarte.


Pero me quedo quieto de pronto, alborotando a las


   palomas más suaves; una niña se acerca. Su


   vestido no nos interesa, ni su olor; tampoco la


   temperatura de su cuello. Debemos ser realis-


   tas, es sólo una niña.


Mis amigos lamentan el hecho, y beben y se sientan a


   fumar. Hacen vida de hombres con ropa de


   hombres; luego mueren.


Y aún te deseo…


La fe me ha hecho un guiño, y se aleja; no escapará.


La vida, la vida, la vida. Somos otra cosa.


 


 

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