Columnas

Una polémica de estos días

Otra columna del autor de Bahía Blanca

El escritor y docente en una nueva entrega, esta vez sobre "las patotas de la destrucción del decir" y "los chistes" sobre las quemas de libros.

Por Martín Kohan.

 

 

¡Que no se diga, entonces, que no hay polémicas en el campo literario! Hace unos días, y con enjundia, se discutió esta cuestión medular: quema de libros, ¿sí o no? Las opiniones, acaso sorprendentemente, estuvieron repartidas, aun cuando quienes se pronunciaron eran en general lectores, escritores, libreros, editores. No estuvieron todos en contra. Algunos deploraron, sí, la sola invocación de la quema de libros de una determinada autora; otros, en cambio, admitieron o matizaron, asintieron o se encogieron de hombros, lo tomaron como un aporte, le encontraron su interés, le encontraron incluso la gracia.

No es que hubiera que entender que se proponían efectivizar concretamente esa quema (en esta clase de asuntos, la única hoguera suele ser la de las vanidades), más allá de las maliciosas interpretaciones operadas por algunos medios masivos. Es obvio que no lo decían en sentido literal, es obvio que lo decían como chiste: esos libros de Beatriz Sarlo no irían a parar de veras al fuego. Pero los sentidos figurados también pueden debatirse. Y también pueden debatirse los chistes (provenientes, por lo demás, en este caso, de una entidad comercial con notorios precedentes en la activación en las redes de eso que el gobierno nacional encuadró y alertó en términos de “discursos de odio”).

Claro, claro: no era literal. Claro, claro: era un chiste. ¡Nos dimos cuenta todos! Esgrimido como alegato defensivo, sin embargo, el argumento parece pretender que los discursos de violencia y autoritarismo no apelan a la figuración, que los discursos de la discriminación y la intolerancia se dicen solamente en serio. Y eso, evidentemente, no ha sido ni es así. No hay más que repasar los extraordinarios análisis de Victor Klemperer, aplicados a un caso ciertamente extremo, para advertir hasta qué punto las alusiones, las omisiones, las elipsis, lo indirecto, lo metafórico, en fin, los desplazamientos de sentido, pueden cumplir una función primordial en la activación discursiva del hostigamiento público. Lo que dicen no es literal; y ahí, justamente, radica el asunto. Tampoco es cierto que el chiste anule de por sí la carga de rencor hostil de una invectiva (hay cosas que se dicen en chiste, pero hay cosas que se dicen con el chiste: el chiste pasa a ser así un instrumento de agravio); existe todo un género (y es un género de la crueldad) del humor del victimario que se ensaña con la víctima; existe, y es siniestra, la risa de los verdugos (de los que efectivamente lo son o de los que en todo caso fantasean con serlo).

Por supuesto que cada librería tiene derecho a decidir qué libros vende o no vende. Se llama libre empresa, el macrismo lo explica muy bien. La cuestión es ver cómo se difunden esos criterios selectivos y restrictivos, esa declaración pública de afinidades y rechazos. Hacerlo con la metáfora de la quema de libros (aunque nadie se ponga a quemar de verdad los libros de Beatriz Sarlo), hacerlo desde ese imaginario (el imaginario y no necesariamente el acto), con todas las connotaciones que tiene, no remite sino a la metafórica de la represión más ominosa, no remite sino al oscuro humor (humor sin ironía, pues no hubo inversión de sentido) de las patotas de la destrucción del decir.

 

 

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