Sólo un momento

Alejandra López

Martín Kohan y una nueva columna sobre la ilusión, el amor, el desamor y la espera.


Por Martín Kohan.


La ilusión de que las cosas, cuando se rompen, puedan arreglarse solas no necesariamente proviene de los desganados, de los que no quieren ocuparse ni hacer. Bien puede provenir también, y con más razón, de una figura opuesta: la de los desesperados, los que ya no saben qué hacer, qué más hacer. Y eso vale para cualquier rotura, incluida la del amor (rotura y no ruptura, en ese exacto sentido en el que Rocío Jurado dice: “Se nos rompió el amor / de tanto usarlo”). La ilusión de que las cosas puedan arreglarse por sí solas, sin uno tener que hacer nada, bordea así una variante de agobio, que es que en verdad ya no haya nada que hacer.

¿Cómo alojar ahí, pese a todo, una esperanza? Franco Simone lo hace en “Paisaje”: “Deja que pase un momento y volveremos a querernos”. No es mucho lo que hay que esperar, es apenas un momento, pero para esperar es preciso vencer la ansiedad, sofocar la impaciencia. No hay ya nada más que hacer ni que decir, solamente hay que esperar. Esperar a que el amor, que se ha roto, se recomponga. ¿Por sí solo? Por sí solo. ¿O no es un poco así como comienza o como comenzó: sin cálculo ni premeditación, ocurriendo como por sí mismo, más del lado del deseo que de la intención o de la voluntad? Si fue así como empezaron a quererse, ¿por qué no ha de ser también así como habrán de quererse de nuevo?

“Deja que pase un momento y volveremos a querernos”: no es una historia de abandono, la de uno que no ama más y deja al otro; es una historia de conjunción, de dos que dejaron de quererse pero quisieran volver a quererse. ¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? No hay nada que hacer. Sólo dejar que pase un momento. Sólo esperar. Lo que se espera no es la vuelta de la persona amada, la que dejó, la que se fue; lo que se espera es la vuelta del amor, del propio amor. No hay uno esperando a otro, a que lo quiera. Hay dos que esperan, juntos, volver a quererse, quererse otra vez.

Franco Simone canta “Paisaje” con ese sello romántico italiano que combina maravillosamente los matices de la ternura con el raspado de voz de los desgarramientos, y el castellano con acento itálico que modula todo un registro en la historia de las canciones de amor. En la versión de Vicentico gana espacio otro tipo de expresión de dolor, porque la suya es siempre una voz quebradiza, frágil, casi gimiente. En la versión de Gilda, por su parte, al transformarse en cumbia, cumbia suave pero cumbia al fin, se aligera necesariamente el asunto, se aminora su gravedad, se lo predispone al final feliz.

Pero acaso la versión más adecuada es la que prodigaron hace unos años, en vivo, en el escenario por lo general exigente del Festival de Viña del Mar en Chile, Franco Simone y Myriam Hernández. A dúo, vale decir, en pareja. No la escena prototípica en la que hay uno que canta y se dirige a otro, a otro que ya no está, que es quien se fue, sino dos que se cantan uno al otro, o mejor: que cantan juntos. Porque así es como termina esta versión impar de “Paisaje”: con los dos cantando juntos “deja que pase un momento y volveremos a querernos”. Lo cantan y lo repiten: “deja que pase un momento y volveremos a querernos”. Lo cantan y se miran, lo cantan y se acercan, lo cantan y sonríen. Y es que ya están empezando a quererse de nuevo. Era solamente un momento, solamente un mal momento, y ya está empezando a pasar.

Nota: en el párrafo sobre el acento italiano de los cantantes, retomo a Alan Pauls en el texto que Mariano Siskind y Sylvia Molloy incluyeron en Poéticas de la distancia. Y en todo el resto, retomo a Alexandra Kohan en Y sin embargo, el amor.

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