En el bar solo perturban los mosquitos
Alejandra López
Viernes 08 de mayo de 2026
Una nueva entrega del autor de La separación, esta vez sobre los poemas de Manuel Alemian.
Por Martín Kohan.
Poemas breves, a veces brevísimos, a veces de una sola palabra, de una sola palabra nada más, componen Especial de Manuel Alemian (lo mismo que el posterior ¡Devuélvannos todo!). No parece tratarse, sin embargo, de algún credo minimalista, de un fervor de formas breves o de un gran poder de síntesis, de jugar con el espacio en blanco de las páginas, de apretar o condensar. Parece tratarse más que nada de cansancio, de cansancio en niveles profundos: de hartazgo, de agotamiento, de hastío. Se diría que Alemian escribe estos poemas, cada uno de estos poemas, con lo último que tiene para decir antes de quedarse por fin en silencio, o antes de volver a estar en silencio, el silencio en el que ya estaba. Pero no es un silencio a lo Maurice Blanchot, el del borde de lo indecible, el de los límites del lenguaje. Es otro silencio, es otro callar: los de quien, abrumado por el estado de cosas, por las penurias de la situación económica, por el ruido del cacareo oficial, escribe desde la extenuación ante el barullo y el palabrerío, menos por impulso de decir que por necesidad de dejar de hablar: decir eso que se quiere decir, para poder enseguida callar. Decir una cosa, una sola cosa, una última cosa (aunque después de esa última venga otra, también sola, también última, en el siguiente poema).
En el bar la cosa cambia, en el bar la gente habla. Y hay una fuerte presencia del bar a lo largo de Especial (de hecho Cuqui ilustró la portada con la imagen de un pocillo de café. Y en el poema-lista de “Tus palabras más usadas este año”, el noveno puesto lo ocupa la palabra “Varela”). Es lo que queda dicho en “Estilo de vida”, el poema más extenso del volumen: “Las cosas que pienso / mientras camino solo / por la vereda / me las callo. / Porque si camino solo, / no hablo. / Son cuestiones que pienso, / pero no las hablo. // En la esquina está el bar. / Adentro todos hablan. / No sé de qué hablan. / La gente en compañía habla. / Algo de eso es razonable, / porque hablar es parecido / a escribir / y a pensar.”: la vereda es el lugar de callar, de andar solo y sin hablar; en el bar hay compañía, en el bar “todos hablan”. De hecho no es otra cosa que esas voces lo que se vuelve señal de presencia, según escribe Alemian en “Parroquianos”: “Cierro los ojos. / Las voces / delatan / quiénes están / en Varela hoy”. Soledad en la vereda, compañía en el Varela; afuera piensa pero no habla, “adentro todos hablan”. ¿Todos? Todos no: él no (por eso no sabe de qué hablan). Las voces están ahí para hacerle compañía, y no necesariamente para entrar en conversación con ellas; las voces están ahí para hacerle compañía, sin anular esa soledad que es previa. ¿Y no es acaso eso lo que un bar le procura al solitario: la posibilidad de estar con otros, sin por eso dejar de estar solo? Para saber quiénes están en el bar, y saberlo uno por uno, es preciso cerrar los ojos, aislarse y ensimismarse, y así dejarse acompañar.