Columnas

Una pequeña obra de arte

Los manuscritos de Saer

A 80 años del nacimiento del autor de Glosa, un encuentro con la carta de solicitud de beca que envió a la Fundación Guggenheim para escribir ese clásico de la literatura argentina. "La hoja de Saer con el proyecto no era, en sí, una obra de arte, no tenía por qué serlo. Pero empezó a serlo con el rechazo".

Por Martín Kohan.

En el Museo de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez, de la ciudad de Santa Fe, en una vitrina de la muestra Conexión Saer, se exhibe como lo que es, una pequeña obra de arte, una hoja en la que Saer redactó un proyecto de novela: el proyecto de escritura de Glosa. Iniciativa forzada, evidentemente, y acaso iniciativa forzosa, porque es difícil pensar cómo podía elaborarse un proyecto de esa índole, anticipación de lo que se haría, aun para un texto calculable y calculado, aun para un escritor con sentido de la planificación, sin reducir y empobrecer, sin aplanar y deslucir, ese prodigio que ahora sabemos que después sería Glosa.

Saer, empero, lo intentó. En procura de qué: del dinero de la Fundación Simón Guggenheim. El texto de una carilla que ensayó para la solicitud es, a un mismo tiempo, impecable e ineficaz, genial y fallido. Brilla en el planteo y en la prosa, en las tachaduras sin pasado en limpio, en el remate cómico del final; pero no parece ser lo más adecuado desde un punto de vista práctico, bajo un criterio de riguroso pragmatismo.

Y en efecto: la beca no le fue concedida, y Saer tuvo que escribir Glosa sin ella. La carta de solicitud fue reglamentariamente devuelta, lo cual no deja de ser una forma fehaciente de la denegación. Gracias a eso podemos leer ese texto, en el aquí y ahora de la muestra dedicada a Saer en el museo de Santa Fe.

Esa hoja, sin embargo, no volvió tal como fue: en el retorno traía sellada, en tinta roja y en imprenta y en la parte superior, esta frase, esta indicación: “PLEASE DESTROY”. Hace tiempo que las vanguardias llevaron al museo (¿y adónde, si no?), para que fuera arte, objetos y apariencias creados para el consumo, para lo efímero, para la pronta extinción. Y hace tiempo que las vanguardias han jugado a que el propio arte, fuera de los museos (¿dónde, si no?), sea él mismo consumido y efímero, creado para desaparecer y no para perdurar.

La hoja de Saer con el proyecto de Glosa no era, en sí, una obra de arte, no tenía por qué serlo. Pero empezó a serlo con el rechazo y terminó de serlo con el sello que exigía que del rechazo no quedara huella alguna, porque esa orden se desobedeció y la carta fue guardada. Exhibida, ahora, en un museo (¿dónde, si no?), se constituye en toda una intervención saeriana, aunque póstuma y no premeditada, en el plano de las tensiones estéticas entre lo transitorio y lo persistente, lo que se esfuma y lo que permanece. Haber hecho que el proyecto desaprobado se conserve, y que se conserve portando en sí la marca de su destino de destrucción desacatado, abre un espectro de incertidumbres o evanescencias (la novela que sería, la beca que no sería, el futuro que veía el autor, el futuro que los evaluadores no vieron) sobre un punto de fijeza incontestable: que Glosa se escribió y se publicó, y es un clásico de la literatura argentina.

 

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