No Ficción

Una clase de Hebe Uhart

Alejandra López

Liliana Villanueva nos abre las puertas a una de las míticas clases del taller de la autora de El budín esponjoso, reeditadas por Emecé.


Por Liliana Villanueva.


Leo en voz alta un texto sobre mi segundo viaje al África, pero Hebe hace un gesto con la mano e interrumpe la lectura. Es raro que interrumpa la lectura, normalmente nos deja leer hasta el final y después marca alguna cuestión aislada. La corrección a fondo llega en la siguiente clase, una semana más tarde.

Pero hoy no es un dia normal de taller. Estamos a solas en su departamento de Almagro, hay huelga general y paro de transportes. Mis compañeros se disculparon por teléfono y por mail, pero como yo vine caminando las diecisiete cuadras desde mi casa, decidió darme taller igual.

Me dice, entrecerrando los ojos por el humo de su cigarrillo:

-Tratá de ver un poco más allá de lo que ves. Pero no pongas todo. Por no querer dejar nada afuera, la gente la chinga y el texto se malogra.

-Pero Isak Dinesen pone todo -le contesto, defendiendo mi texto-. Escribió dos libros sobre su experiencia en África, además de los cuentos de Sombras en la hierba.

Hebe apaga el cigarrillo en el plato vacio donde estaban las galletitas, al lado del cenicero lleno de colillas, y me retruca:

-Y vos qué sabés si puso todo? Seguramente dejó mucho afuera. -Y después de una pausa -:Dale,seguí leyendo.

Sigo leyendo en voz alta. Hebe lee de la copia que hice para ella. Anota algunas cosas al costado, subraya una frase, marca con una cruz un párrafo para después corregirlo en una segunda lectura a solas y anotar en su cuaderno, punto por punto, las falencias olos logros de cada uno,además de darnos consejos y pautas escriturales. Muchas veces esos consejos se transforman en una clase en sí misma.

Mis textos están llenos con sus anotaciones, como: «Qué te pasa a vos con eso?». Hay cruces con un número al lado: son punteos que ella hace y que responden a las anotaciones en sus cuadernos. La nota máxima es un -Muy bien- escrito con marcador negro de punta gruesa. Cuando escribe «Guardar» en el costado superior derecho de la hoja, es porque le parece un texto publicable. Pero aun si cree que se trata de algo potable, ese texto va a necesitar un tiempo de maduración. Meses, a veces años de espera dentro de una carpeta, encerrado en un cajón. Entonces vendrán algunos, pocos, cambios. Las últimas correcciones.

Hebe prende otro cigarrillo. Afuera, más allá del balcón, la ciudad está en silencio bajo el cielo turquesa y sin nubes. Pero en medio del living, ocupado enteramente por la mesa, las sillas en gran parte vacías y una estantería con libros, hay una neblina espesa como una nube de tormenta. Es mi porción semanal de nicotina: aunque no fumo, aspiro el humo como todo lo que Hebe dice.

Cuando termino de leer, vuelve a la primera hoja, me señala el principio y me reta:

-Vos sobrevolás los temas. Estás en África y hablás de tu suegra alemana. Estás en Alemania y te vas a la casa de tu infancia en Caballito o a una mezquita del Irán. Si escribís desde un lugar, tenés que quedarte ahí y observar lo que pasa. Lo que te pasa a vos con eso. Detenerte. Si te quedás, ganás.

Tomo nota en mi cuaderno de lo que ella dice. En un año lleno de cinco a siete cuadernos, no sólo con citas de lo que dice Hebe, también hay fechas de presentaciones de libros, bibliografia recomendada, cosas que se me ocurren mientras ella o algún compañero de taller habla. El borrador de un cuento. Listas de temas. Anécdotas de viajes.

Hebe no da ejercicios, pero sus retos son una forma de replantearme lo que escribo. Probar otros temas, reescribir desde otra perspectiva.

  • Anoto en mi cuaderno:
  • Quedarme en un lugar,escribir desde ahí.
  • Observar lo que pasa.
  • No sobrevolar los temas.
  • Ver el efecto de los hechos en mí, qué me pasa a mí con eso.

Hebe continúa, no espera a que termine de tomar notas que, en parte, quedan inconclusas.

-Vos en la crónica podés poner todo. No tiene que pasar nada especial: la crónica es menos pretenciosa que el cuento o la novela. Tiene que ver con el tiempo, con el instante. La crónica tiene la frescura del momento. Pero tenés que mechar los hechos, no poner todo.

Después se interrumpe, abre su cuaderno de notas y me dice:

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-A ver, escribi.

Y me dicta:

  • Cuando acumulo hechos y no los jerarquizo,pierdo efecto.
  • El hecho nunca es determinante de por si.
  • Lo que interesa siempre es el efecto sobre el personaje.

Busca en sus carpetas y saca dos juegos de fotocopias. Es el cuento de Haroldo Conti «Por quéme hice vago». Lo leemos en voz alta. Al final de la lectura, Hebe me dice:

-La historia es larga. Es un camino largo el que proceso. Es dificil explicar un proceso. ¿Si o no?

Hebe se levanta de la silla, las patas de metal chirrían sobre las baldosas. Dice, con más entusiasmo:

-Ahora hacemos un recreo y vamos a tomar otro cafecito. ¿Querés budín de mandarina? Lo trajo una alumna del sábado. Les digo que no traigan tantos dulces, después se van y tengo la heladera llena. Los como para no tirarlos, pero me hacen mal. La mayor parte la tiro a la basura o se la doy al encargado del edificio.

Vuelve al living con un pocillo nuevo de café que ubica junto al pocillo ya vacío que me dio ni bien llegué. Hace poco compró unos portavasos con imágenes de lugares del mundo, parecidos a postales cuadradas pegadas sobre un cartón grueso. Hoy me tocó Venecia.

Me sirve una porción de budín de mandarina en un plato con un estampado de los setenta, flores de color naranja sobre hojas abstractas en un tono verde militar. Estoy segura de que no son originarias de los setenta, Hebe no guarda nada. Las debe haber comprado hace poco en algún bazar chino de la avenida Corrientes, son nuevas, pero con el gusto de los setenta.

Hebe fuma y me muestra un libro del que ha sacado bastante material para unas crónicas sobre animales en las que está trabajando para un nuevo libro. Desde la tapa, un chimpancé nos mira con mirada humana.

-Son igualitos a nosotros. ¿Sí o no? Mirá esta foto.

Me habla de sus lecturas y sus escritos, recién empezados, de los viajes por el interior, de las frases que anota de sus encuentros con gente de campo que observa animales y cuida pájaros heridos, del hombre de Pergamino que le da carne picada especial a su torvo, de los mitos griegos, de la tragedia humana. De todo eso no tomo notas.

Termina su café y mira de reojo el reloj de la pared, tan grande como los relojes de escuela. Hebe fue maestra y profesora en la facultad, tiene los tiempos pautados según las horas de clase. El taller dura dos horas, con pausas; a veces tres, si la charla se pone interesante.

Hace más de dos horas que estoy en casa de Hebe. Ya leímos mi texto y el de Haroldo Conti, ella me mostró algunas cosas en las que está trabajando.Tomé apuntes sueltos: la clase temática la deja para cuando el grupo esté completo, pero me adelanta unas fotocopias de un cuento de Chéjov, para que lo lea en casa. Siempre tiene juegos de fotocopias de más para repartir en clase y, cuando las reparte, pareciera que se liberara de un peso innecesario, como si se tratara de tazas rotas.

En vez de acabar la clase y decirme que ya estamos,que venga la semana próxima, que escriba menos y mejor, dice:

-Vení. Ahora vamos a salir al balcón y te muestro cómo crecieron las plantas; de paso nos aireamos un poco. ¿No está divina la Santa Rita? A mí, si me hablan bien de mis textos, me dejan vanidad nueva. Igual que cuando tenía un gato. Era divino mi gato.

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