No Ficción

Memorias de un librero

George Orwell narra las peripecias del mundo libreril en un ensayo rescatado por ediciones La parte maldita en Por qué escribo, sus ensayos sobre literatura.


Por George Orwell. Traducción de Sebastián Martínez Daniell.



Cuando fui dependiente en una librería de usados —que en la fantasía de quien no ha trabajado allí podría ser imaginada como una suerte de paraíso donde viejos caballeros distinguidos rebuscan por siempre entre volúmenes encuadernados en cuero—, lo que más me impactó fue descubrir que los auténticos amantes de los libros son una verdadera rareza. El local tenía para ofrecer un catálogo excepcionalmente interesante, y sin embargo creo que ni el diez por ciento de nuestros clientes podía diferenciar un buen libro de uno malo. Era más habitual que entrasen a la librería esnobs fanáticos de las primeras ediciones que lectores devotos de la literatura. Más frecuente aun era la presencia de estudiantes llegados de Oriente que regateaban el precio de manuales y libros de texto que ya estaban rebajados. Pero hay que decir que la clientela más fiel del local estaba conformada por mujeres indecisas que, con referencias vagas, buscaban algún regalo de cumpleaños para sus sobrinos.

Muchos de nuestros visitantes pertenecían a esa clase de personas que son un fastidio en cualquier sitio, pero que en una librería encuentran una lugar especial para lucirse.

Por ejemplo, la anciana adorable que busca “un libro para un inválido” (un pedido de lo más común), o aquella otra anciana también adorable que leyó ese libro tan bonito en 1897 y se pregunta si le podríamos conseguir un ejemplar.

Por desgracia, no recuerda el título, ni el autor, ni el tema del libro, pero sí que la tapa era roja. Pero más allá de estos personajes, hay dos reconocidas pestes que frecuentan las librerías de usados. De un lado están esas personas por lo general andrajosas, que huelen a corteza de pan recalentada y vienen todos los días, o varias veces durante el mismo día, con la intención de vender unos libros que carecen de todo valor. Por otra parte, están aquellos que encargan una enorme cantidad de libros pero no tienen la más mínima voluntad de pagar por ellos. En nuestro negocio no vendíamos nada a crédito, pero sí separábamos los libros solicitados, o incluso los ordenábamos a otras librerías, cuando alguien se comprometía a pasar a retirarlos más tarde. Apenas la mitad de las personas que nos encargaban libros regresaban a buscarlos. El resto nunca volvía. Eso me desconcertaba. ¿Por qué hacían eso? Entraban, nos pedían algún libro caro y difícil de hallar, y luego nos obligaban a prometerles una y otra vez que se lo guardaríamos. Después de eso se desvanecían para siempre. Algunos de ellos, por supuesto, eran inconfundiblemente paranoicos. Hablaban con palabras grandilocuentes, en general sobre ellos mismos, y nos contaban historias de lo más ingeniosas para explicar cómo había sido posible que salieran a la calle sin dinero. En muchos casos –estoy seguro– ellos mismos creían en la veracidad de esas excusas. Las calles de una ciudad como Londres están llenas de lunáticos sin diagnóstico que tienden a acercarse a las librerías porque encuentran allí uno de los pocos sitios donde pueden pasar horas sin gastar un centavo. Al final, uno logra reconocer a esta clase de gente a primera vista. Más allá de su altisonancia, hay algo apolillado, algo de extravío en su manera de comportarse. A menudo, cuando nos dábamos cuenta de que tratábamos con un paranoico, separábamos los libros que nos pedía y, ni bien se marchaba, volvíamos a colocarlos en los anaqueles. Ninguna de esas personas – debo remarcar– intentó jamás llevarse un libro sin pagar; les bastaba con encargarlos. Eso les daba, supongo, la ilusión de que estaban gastando dinero de verdad.

Como casi todas las librerías de usados, vendíamos otras cosas además de libros. Máquinas de escribir de segunda mano, por ejemplo, y estampillas (estampillas usadas, claro). Los coleccionistas de estampillas son personas extrañas, silenciosas, escurridizas como peces; los hay de todas las edades pero son solo varones. Aparentemente, las mujeres todavía no han logrado captar el singular encanto que tiene ponerle pegamento a unos papeluchos de colores y luego colocarlos en un álbum. También vendíamos unos horóscopos de seis peniques, compilados por alguien que afirmaba haber predicho el terremoto de Japón.²

Venían en sobres sellados y jamás los abrí para hojear sus páginas, pero la gente que los compraba a menudo volvía y nos comentaba cuán “ciertas” habían resultado sus predicciones.

(Sin dudas, todo horóscopo resultará “cierto” si nos dice que somos irresistiblemente atractivos para el sexo opuesto y que nuestro principal defecto es la generosidad). Los libros para niños también eran un buen negocio, en especial los que eran de saldo. Los libros modernos para niños son bastante horribles, en especial cuando uno los ve todos juntos, en grandes cantidades. Personalmente creo que es mejor darle a un niño un libro de Petronio antes que uno de Peter Pan, pero hasta James Matthew Barrie parece firme y saludable cuando se lo compara con sus más recientes imitadores. En las festividades pasábamos diez días febriles fatigándonos entre tarjetas de Navidad y calendarios; es una temporada de ventas aburrida pero rentable. Solía interesarme, de todos modos, observar el cinismo brutal con que se explotaban los sentimientos navideños. Los comisionistas de tarjetas navideñas solían aparecerse con sus catálogos ya a mediados de junio. Una frase escrita en una de sus facturas me ha quedado grabada: “Niño Jesús con conejitos. Dos docenas”.

Pero nuestra principal fuente de ingresos suplementaria era una biblioteca de préstamo, la típica biblioteca de “dos peniques y sin depósito”, que en este caso contaba con unos quinientos o seiscientos títulos, todos ellos de ficción. ¡Los ladrones de libros deben adorar ese tipo de bibliotecas! Pedir prestado un libro en un local por dos peniques, quitarle el sello y venderlo en otro sitio por un chelín debe ser el delito más sencillo del mundo. Sin embargo, por lo general los libreros entienden que es preferible que desaparezcan algunos libros (en nuestro local se robaban alrededor de unos doce por mes) antes que espantar a los clientes exigiéndoles un depósito.

Nuestra librería estaba ubicada justo en el límite entre los barrios de Hampstead y Camden Town, y era frecuentada por público de todo tipo: desde aristócratas hasta conductores de autobús. Probablemente, los suscriptores de nuestra biblioteca fuesen una muestra que representaba a la totalidad de los lectores londinenses. De modo que vale la pena preguntarse: de todos los autores que estaban disponibles en el catálogo, ¿cuál era el que más “salía”, el más solicitado? ¿J. B. Priestley? ¿Ernest Hemingway? ¿Hugh Walpole? ¿P. G. Wodehouse? No: Ethel M. Dell, con Warwick Deeping en un competitivo segundo puesto y, diría, con Jeffrey Farnol en tercer lugar.³

Las novelas de Ethel Dell, desde ya, son leídas únicamente por mujeres. Pero son mujeres de toda edad y condición, y no —como uno podría esperar— solo las solteronas melancólicas o las robustas esposas de los kiosqueros. No es cierto que los hombres no lean novelas, pero sí es verdad que hay secciones enteras del catálogo de ficción que prefieren evitar. A grandes rasgos se podría decir que la novela promedio, las “buenas novelas malas”, las novelas que parecen escritas por un John Galsworthy rebajado con agua —que son la norma actual en Inglaterra—, parecen existir únicamente para las mujeres. Los hombres solo leen novelas que juzgan respetables, o historias de detectives. Su consumo de historias de detectives es descomunal. Conocí a uno de nuestros suscriptores que llegaba a leer cuatro o cinco de estos libros cada semana, durante todo el año, además de leer algunos más, también de detectives, que pedía prestados en otra biblioteca. Lo que más me sorprendió de este caso es que jamás pedía dos veces el mismo libro. Aparentemente, su memoria había almacenado para siempre todo el aterrador torrente de basura que leía cada año (he llegado a calcular que las páginas que este hombre leía a lo largo de un solo año alcanzarían para cubrir casi media hectárea).

No registraba los títulos ni los nombres de los autores de los libros que se llevaba, pero solo necesitaba mirar por encima una sola de sus páginas para saber si ese “ya lo tenía”.


Cuando uno trabaja en una biblioteca de préstamo termina por conocer los verdaderos gustos de los lectores, no aquellos que fingen tener ante los demás. Y una de las cosas que más sorprenden es descubrir cómo han quedado por completo fuera de todas las preferencias los novelistas ingleses “clásicos”. No tiene el menor sentido colocar obras de Charles Dickens, William Thackeray, Jane Austen o Anthony Trollope en el catálogo de la biblioteca; nadie se los llevará prestados. Apenas ven una novela del siglo XIX, la gente dice: “Pero… ¡es vieja!”, y de inmediato huyen hacia otro lado. En cambio, es bastante fácil vender libros de Dickens, del mismo modo que es fácil vender libros de Shakespeare. Dickens es uno de esos autores que todo el mundo siente que “debe leer”, y —como ocurre con la Biblia— lo suelen ir a buscar a librerías de usados. La gente sabe de oídas que Bill Sikes es un ladrón y que el señor Micawber es pelado, del mismo modo que saben que Moisés fue hallado en una canasta de junco que flotaba en el río y que vio “la parte de atrás” del Señor.

También es notable la creciente indiferencia que despiertan los libros de autores estadounidenses. Y otro dato llamativo es la bajísima popularidad de los cuentos —este es un tema que seguro empezará a inquietar a los editores en dos o tres años—. Quienes recurren a los bibliotecarios para que elijan un título por ellos casi siempre arrancan aclarando: “No quiero que sean cuentos”, o bien —como solía decir un cliente alemán de nuestro local— “No deseo pequeñas historias”. Si uno les pregunta por qué, algunos dicen que les resulta muy farragoso acostumbrarse a todo un nuevo plantel de personajes en cada historia; quieren “instalarse” en una novela que no les demande mucho intelectualmente después del primer capítulo. Creo, no obstante, que habría que responsabilizar por este fenómeno más a los escritores que a los lectores. La mayoría de los cuentos, tanto los ingleses como los norteamericanos, son mucho menos generosos y vitales que el promedio de las novelas. Los cuentos que narran una historia son populares, y para el caso basta ver los cuentos de D. H. Lawrence, que son tan leídos como sus novelas.

¿Me habría gustado seguir adelante con el oficio de librero? Considerando todo el asunto debo decir que —más allá de la amabilidad de mi jefe y de algunos días felices que pasé dentro de aquel local— mi respuesta es no.

Con un buen discurso de ventas y la cantidad adecuada de capital inicial, cualquier persona más o menos formada es capaz de ganarse la vida dignamente montando una librería. A menos que uno trate de especializarse en “ejemplares raros”, se trata de un tipo de comercio cuyos secretos no son difíciles de aprender; y uno ya arranca con una enorme ventaja si sabe algo sobre lo que hay entre las páginas de los libros que vende. (La mayor parte de los libreros no lo sabe.

Uno puede hacerse una idea de esto echándole una hojeada a los periódicos del gremio donde anuncian sus encargos. Si uno no se encuentra allí con “Decadencia y caída de Boswell”, de seguro hallará “El molino de Floss, de T. S. Eliot”.) 

Por otra parte, se trata de un tipo de actividad comercial de naturaleza muy humana que no puede ser vulgarizada más allá de cierto punto. Las fusiones de grandes empresas jamás podrían ahogar a las pequeñas librerías independientes hasta hacerlas desaparecer, tal como sí pueden hacerlo con los pequeños almacenes de barrio o con los lecheros. Pero los turnos de trabajo son muy extensos: yo solo fui un empleado de media jornada, pero mi jefe solía trabajar unas setenta horas a la semana, sin contar el tiempo que le llevaban las constantes expediciones que debía hacer fuera del horario comercial para comprar libros. No es una vida saludable la del librero. Como regla general, en invierno las librerías son espantosamente frías. Eso es así porque si el local está demasiado calefaccionado las vidrieras se empañan, y quienes quieren vender libros dependen de sus vidrieras. Además, los libros sueltan más polvo —y un polvo más sucio— que cualquier otro objeto que se haya inventado, y son el sitio favorito de los moscardones para ir a morir.

Pero la verdadera razón por la cual no dedicaría mi vida a ser librero es que mientras estuve en ese negocio perdí mi amor por los libros. Todo librero debe mentir sobre loslibros que vende. Y eso le causa un desagrado que se extiende hacia la totalidad de los libros. Aun peor es el hecho de que debe estar de forma constante quitándoles el polvo y acarreándolos de acá para allá. Hubo un tiempo en el que yo realmente amaba los libros: amaba mirarlos, y olerlos, y sentirlos, sobre todo los libros que tenían cincuenta años o más. Nada me complacía más que ir al campo, entrar en una subasta y comprar un buen lote de libros por un chelín.

Tienen un encanto peculiar esos libros ajados e imprevistos que uno encuentra en ese tipo de lote: poetas menores del siglo XVIII, atlas desactualizados, ejemplares únicos de novelas ya olvidadas, una colección de revistas femeninas de casi un siglo atrás encuadernadas en un solo tomo… Para una lectura al paso —en el baño, por ejemplo; o tarde, a la noche, cuando uno está muy cansado incluso para ir hasta la cama; o en el incierto cuarto de hora previo al almuerzo— no había nada como encontrarse con un viejo número de la revista Girl’s Own Paper. Pero apenas empecé a trabajar en la librería dejé de comprar libros. Observados al por mayor, de a cinco mil o diez mil de un solo vistazo, los libros eran algo aburrido, e incluso nauseabundo. Hoy, de tanto en tanto, me compro algún libro. Pero solo si se trata de un libro que quiero leer y no lo puedo pedir prestado. Jamás compro basura. El dulce aroma del papel gastado ya no me atrae. En mi mente ha quedado asociado con clientes paranoicos y moscardones muertos.




¹ N. del E.: este artículo fue publicado por primera vez en The Fortnightly Reviewen noviembre de 1936, algunos meses después de la aparición de Que no muera la aspidistra, la segunda novela de Orwell.

² N. del T.: Orwell se refiere al terremoto registrado en la costa japonesa de Sanriku, en 1933, que causó más de mil quinientas muertes.

³ N. del T.: Orwell contrapone aquí a dos grupos de autores de la época. De un lado, coloca a aquellos que consideraba respetados en el ámbito literario: Priestley, Hemingway, Walpole y Wodehouse. En el otro conjunto agrupa a Dell, Deeping y Farnol, autores de exitosas novelas del género romántico dirigidas a un público masivo

⁴ N. del T.: por un lado, Orwell menciona dos populares personajes de Dickens: Bill Sikes, de la novela Oliver Twist, y el señor Micawber, de David CopperfieldLuego, al referirse al Antiguo Testamento, hace un juego de palabras con un pasaje del Éxodo donde Dios le dice a Moisés: “Después apartaré mi mano y verás mi parte de atrás; pero mi rostro no se verá”

⁵ N. del T.: Decadencia y caída es una novela escrita por Evelyn Waugh y no por James Boswell; mientras que El molino de Floss es un libro de la escritora George Eliot, no de T. S. Eliot


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