No Ficción

Psicodelia y escritura

Compartimos un extracto de El herborista alucinado, nuevo libro de Fernando Krapp en Marciana Editora.


Por Fernando Krapp.



¿Cuál es tu propósito? La pregunta de Daniel volvía a mí a medida que se acercaba la fecha de la ceremonia de psilocibina que habíamos pautado y yo avanzaba con la investigación, las entrevistas y la lectura de algunos libros.

¿Cuál era mi propósito?

Escribir era mi propósito.

Pero lo que había descubierto en relación con la inefabilidad de la experiencia psicodélica es que quienes habían escrito sobre el tema (desde Antonin Artaud hasta Aldous Huxley, pasando por Ken Kesey y el enorme Terry Southern) no hacían más que bordear la experiencia alucinógena, y en ese borde, en el umbral de las palabras, hacían literatura. Parafraseando a Roberto Bolaño, la literatura, al igual que la psicodelia, no es más que una máquina acorazada. Una máquina anudada con el reverso del lenguaje, cuyo funcionamiento interno nunca entendemos del todo.

Pero elucubrar, en relación a mi propósito, sobre el sentido de la literatura y su vínculo con la psicodelia, me parecía demasiado ambicioso. Y decir “escribir sobre la experiencia” era un poco prosaico. Si la escritura es el reflejo de un hecho o de una experiencia sobre un hecho, ¿qué es lo que importa, en definitiva? ¿El hecho, mi percepción sobre el hecho o la alteración poética sobre el hecho?

Otro tema complicado en relación con la escritura era la disolución del ego. En tiempos donde solo vemos y leemos egos que buscan afirmarse, reflejando las epifanías de un yo siempre en fuga, la psicodelia proponía lo contrario: disolución del cuerpo y confusión con el entorno. ¿Qué hacer cuando el cuerpo, de acuerdo con la literatura psicodélica, se funde en el entorno? En ese caso, ¿dónde se sostiene la escritura cuando no hay cuerpo? Gran parte de la obra de William Burroughs se puede leer desde esta clave: el virus del lenguaje que se expande en un cuerpo sin órganos.

Lo paradójico es que el contacto entre literatura y experiencia psicodélica se remonta a sus inicios, en los años 50, cuando Humphry Osmond se carteaba con Aldous Huxley mientras llevaba adelante sesiones de LSD-25 con alcohólicos. O incluso más atrás, con Antonin Artaud alucinado bajo los efectos de la mescalina en un viaje por México a la región de los tarahumaras.


No solamente porque el lenguaje, bajo los efectos psicodélicos, se desinhibe y se suelta, como invocan los poetas, sino porque los primeros científicos que experimentaron con estas plantas y drogas, en la pionera época del capitalismo dorado, necesitaron de escritores que entendieran y le concedieran un marco narrativo a lo que no se puede nombrar; lo contrario a soltar la lengua. Ellos necesitaron entender qué estaba pasando y necesitaron de las palabras elegantes que un escritor exiliado y dandy como Aldous Huxley podía escribir. Michael Pollan se pregunta: ¿Las puertas de la percepción es un libro que le da sentido a la experiencia con alucinógenos, o es una proyección literaria que la inventa? Un crítico irónico del libro dijo: “Las puertas de la percepción es 99% Aldous Huxley y 1% mescalina”.

Otro aspecto relacionado con la experiencia psicodélica y la escritura tenía que ver con la idea de espiritualidad. Desde Hopkins para acá, en todos los viajes había acontecido un momento clave de experiencia mística, espiritual. ¿Qué significaba tener una experiencia “mística”? En caso de tenerlas, ¿se podían apresar, cuantificar, homologar esas experiencias bajo la forma y el sentido que las palabras otorgan? En El viaje interior, Guillermo Giucci plantea una pregunta inquietante: ¿Puede ser que el resurgir de los psicodélicos sea un fenómeno conservador? Giucci lo denomina una “transgresión conservadora”: para alcanzar una experiencia mística es necesario recurrir al discurso científico dentro de los parámetros de la legalidad y del uso correcto de estas sustancias, con su respectiva terminología (si se le dice alucinógeno, si se le dice enteógeno, etc). “Este es un tema capital en el tercer milenio: la posibilidad de una forma de religiosidad promovida por la combinación entre las drogas y las ciencias”, escribe Giucci.

O quizás dentro de esta forma encorsetada de tener una experiencia psicodélica haya lugar para cierta libertad. “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis”, escribe, en el poema Crawl, Héctor Viel Temperley. Poeta místico y maldito, Temperley asume (¿o construye?) una voz al borde de la disolución. En Crawl, un hombre nada una y otra vez hacia una escollera y en cada brazada se diluye y despersonaliza; la imagen resulta muy parecida a las declaraciones de quienes tienen un viaje psicodélico. Según William James, la experiencia mística es democrática: cualquiera puede tener una. No es solo patrimonio de santos ni de milagreros. Al hablar de conciencia mística, James echa luz al término que fuera apropiado por el espiritismo y las ciencias ocultas: la experiencia mística, a pesar de su inefabilidad y transitoriedad, es una fuerza creativa capaz de penetrar una verdad discursiva.

“Yo conozco la palabra en boca del no-ser. El mundo no es dado”, escribe Macedonio Fernández en No toda es vigilia la de los ojos abiertos, publicado en 1928, quince años antes de que Albert Hoffman experimentara por primera vez los efectos del LSD-25. Macedonio, amigo de William James (con quien mantuvo una breve pero fructífera correspondencia), entendía sobre disolución y experiencia mística. James no llegó a probar la mescalina, aunque no le faltó oportunidad. Entre racionalidad y misticismo, tuvo que elegir una, y eligió la primera. Macedonio, en cambio, optó por las dos.

Artículos relacionados

Memorias de un librero

George Orwell narra las peripecias del mundo libreril en un ensayo rescatado por ediciones La parte maldita en Por qué escribo, sus ensayos sobre literatura.

Tres días en la vida de Witold Gombrowicz

Tomados de sus diarios (1953 – 1969), publicados por El cuenco de plata, con prefacio de Rita Gombrowicz.

Diccionarios: pequeño ensayo ilustrado

Visitamos el nuevo libro de Eduardo Muslip, novedad de Objetos personales: cruza de ensayo, novela y crónica sobre la relación con los diccionarios y las enciclopedias.

Bali, Indonesia: una crónica de Martín Rejtman 

El escritor y cineasta argentino publica Cuarto sucio, ubicación peligrosa en la chilena Ediciones UDP. Compartimos una de sus crónicas imperdibles.

"Me gustaría saber cuándo se publicará el libro": tres cartas de Charlotte Brontë a sus editores

Tomadas de Caminar invisible (Banda Propia), con selección de textos de Angelo Narváez León para la colección Perdita, y prólogo de María Sonia Cristoff.

Witold Gombrowicz: "No conozco ni mi vida, ni mi obra"

Así arranca la novedad de El Cuenco de Plata: Testamento, conversaciones del autor del Ferdydurke con Dominique de Roux.

×
Aceptar
×
Seguir comprando
Ver carrito
0 item(s) agregado tu carrito
×
MUTMA
Seguir comprando
Checkout
×
Se va a agregar 1 ítem a tu carrito
¿Es para un colectivo?
No
Aceptar