No Ficción

Hacer como que nada, soñar como que nunca

Una crónica de Pedro Lemebel que recuerda la dictadura chilena, espejo para el aniversario número cincuenta del golpe militar argentino. Publicado por Ediciones UDP en un volumen que recorre dos décadas del trabajo periodístico del autor de Tengo miedo torero.


Por Pedro Lemebel.


De frente, el rostro testimoneado en la pantalla de este grupo de mujeres que lograron sobrevivir al subterráneo del horror es apenas el porcentaje oral que en el murmullo nervioso del relato intenta dar cuenta de la ciénaga oscura donde fueron sumergidas aquellos días tan difíciles de recordar pero al mismo tiempo indelebles en algún lugar donde la memoria cobija su humillado ardor. Y esta dualidad, que hace pestañear intermitente la zona crispada del recuerdo, parece ser la única entrada a cierta intimidad temblorosa, aún sobresaltada en la vocalización confesional del videotestimonio. Tal vez el registro de estas conversaciones multiplique una sumatoria de voces que durante muchos años guardaron estos hechos calladamente, como quien se niega a reconocer en sí misma la brutal evidencia. Como quien no quiere sentir nunca más el roce del guante militar que timbró sus carnes con los hematomas dactilares del sello patrio. Como quien por fin deja traslucir ante una cámara el triste emblema amoratado de sus llagas, que emergen una y otra vez desde las tinieblas para documentar la historia no contada de la tortura en este país. La historia traspapelada del vejamen oficial que no aparece evaluada en ningún juicio. La historia mordida, aún amordazada por la indiferencia y el trámite democrático.

Habría que decir mil veces esto ocurrió, esto pasó en algunos barrios, cerca de aquí mismo, frente a la placita donde un abuelo les da de comer a las palomas. Cerca de la iglesia donde un curita, bien peinado, hace gárgaras por la reconciliación. Más allá del kindergarten, donde el mismo torturador despide a su niño con un beso sucio en la mejilla. En esa misma casa, tan igual a otras casas con olor a peste que rezuma desde el subterráneo. Casas de familia, vecinas de esas otras moradas del espanto donde se amohosan los enchufes que evocan la náusea de un indefenso escalofrío. Murallas silenciosas, bambalinas rasguñadas donde incluso aún se pueden leer rayados de “Lagos a la presidencia”.

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Esto ocurrió bajo este cielo que pinta de cochino azul su monserga de hermanos. Esto ocurrió a los pies de la cordillera tan blanca, tan orgullosamente blanca y pálida como un muerto. Esto ocurrió, y pareciera que con decirlo no se dice nada. Pareciera que, en este aire renovado, estos testimonios desmembrados por la evocación se adosaran a un deletreo ficticio que amortigua, blanquea y despolitiza la costra húmeda de su memoria. Esto ocurrió, fue tan cierto como lo gritan empañados estos ojos femeninos en el video. Fue cierto, y a quién le interesa si medio país aún no cree. Medio país prefiere no saber, no recordar alguna noche que en la casa vecina una garganta de mujer trinaba a parrillazos los estertores de su desespero. Medio país se resiste a creerlo, y quiere dar vuelta la página, mirar al futuro, hacer como que nada, soñar como que nunca. Medio país no sabe porque no quiere saber, porque se hace el leso. Y aunque duela decirlo, la cercanía compinche llamada compatriotas, la complicidad familiar de una esposa, hermana o madre que oculta a su hijo torturador, la complicidad cultural extasiada por el arte esos días de trapo negro, la farra incestuosa de la televisión y la prensa miliquera brindando con la borra fascista, todo eso tejió la venda de individualismo que le dio visa de ciudadano legal al monstruo torturador.

Lo que muestra el video es lo que se puede mostrar oralizado por las voces desnudas de sus protagonistas. Apenas un retazo menstruado en el vacío abyecto de su narración. El resto, lo que sigue o lo que queda, ninguna emoción solidaria puede ahondar en el descalabro de estos hechos sin volver a mirar al país simuladamente democratizado en que se vive, sin volver a sentir qué parte importante de su población, por miedo, inseguridad o indiferencia, se tapó los oídos, cerró los ojos y asumió la venda como reemplazo a un cielo arañado por los ecos huérfanos de su torturada contorsión.

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