Prólogos

Un viaje por Estados Unidos de la mano de Mariana Enriquez

La escritora argentina presenta Cinco miradas sobre Estados Unidos (Gris Tormenta), fragmentos de su biblioteca en la colección Miradas del sello mexicano.


Por Mariana Enriquez.


Cuando pienso en los Estados Unidos, pienso en lo que debo pensar sobre los Estados Unidos. Lo que debo decir. Pienso en las banderas quemadas e insultadas durante movilizaciones, en las pintadas de «Yankees Go Home!», en los dictadores latinoamericanos formados en West Point y en la humillación de mandatarios, de facto y democráticos, rogando por préstamos o favores en algún despacho de Washington. Me recuerdo irritada, explicándole a un estadounidense que su país no es América —porque América es un continente— y que Henry Kissinger, arquitecto de intervenciones y golpes de Estado, no merecía un premio Nobel de la Paz. El policía bueno del mundo, la política del patio trasero.

Sin embargo, cuando los editores me piden cinco miradas sobre Estados Unidos en un hotel del centro de la Ciudad de México, no siento ninguna de estas cosas, en las que creo, que me enfurecen. Lo que siento es el vértigo de darme cuenta de que a este país lo conozco más que a ningún otro, con excepción del mío, y que es un concepto polisémico y abstracto, inseparable de mi mirada del mundo y de la manera en que el presente está configurado. ¿Cuáles son esas miradas? No pueden ser lo que amo de Estados Unidos, que es mucho. Tampoco los textos que me parecen excelentes. No es un best of de ficción o no ficción. No pueden ser los mejores escritores los mejores cuentos los mejores fragmentos las más notables crónicas las más extraordinarias novelas. Tampoco acusaciones, diatribas, apologías o ditirambos. Miradas. Pienso en paisajes. ¿Cuáles son esos óleos mentales que miro y en los que veo a Estados Unidos? El Goliath, el muñeco Michelin, la obesidad, el cowboy que camina con las piernas abiertas; pero también las carreteras en el desierto, el musgo español, el barro del Misisipi, el neón nocturno, el abandono de Detroit, las voces de Elvis y Diana Ross, Prince en el cielo con diamantes, Hank Williams muerto en el asiento de atrás de un coche, Johnny Cash tocando en San Quintín, el parque de diversiones abandonado de Michael Jackson en su Nunca Jamás, Madonna y sus amantes puertorriqueños, Puerto Rico, Iggy Pop ardiendo en la helada Míchigan, Velvet Underground tocando en un congreso de psiquiatras, Muhammad Ali en un avión hacia el Congo, Simone Biles con una medalla dorada, Andre Agassi con shorts de denim, Tupac Shakur cubierto de oro en una bañadera, Peter Hujar tranquilo en su lecho de muerte, las fiestas interminables de Nan Goldin, las siluetas de Kara Walker, una silla eléctrica, los mendigos invadiendo Starbucks, el grito de Laura Palmer, las piernas de Debbie Harry, Marvin Gaye asesinado por su padre, los ojos inyectados en sangre de Miles Davis, Robert De Niro simulando dispararse en la sien, y la gota de sangre que cae, que cae.

Son imágenes demasiado precisas. Fotogramas. Son Estados Unidos y a la vez son diapositivas en una sala oscura a la que entran proyeccionistas cada hora, una sala a la que nunca le faltará material, íconos del Imperio, monedas romanas.

Hace más de diez años recorrí el sur de Estados Unidos sin auto. Usé tren, avión y Greyhound. Mi amigo Brian, un escritor y profesor que entonces vivía en Ohio, se aterrorizó cuando le dije que tomaría el bus. Pensé: «Pero, por favor, soy latinoamericana, qué puede pasar». Desde la espera en la estación de Louisville, Kentucky, la intensidad de la experiencia fue tan aterradora como densa de sentido y significado. A bordo había una madre adicta con dos hijos enfermizos, un hombre negro que repetía «Perdí mi maleta» sin parar, tres veteranos de distintas guerras, un joven con la palabra psycho tatuada en el cuello, un adolescente de traje negro que hablaba como un predicador precoz, un hombre con discapacidad que leía pornografía extrema en su Kindle y se tapaba la cabeza con una manta —temblaba debajo; leía escenas de necrofilia violenta. Afuera, la planicie y pueblos con nombres como Patriot y Wisdom y White House. El trayecto de tres horas pareció de diez días. Una cápsula de tensión, contradicciones y humor demente entre Louisville y Nashville, entre la ciudad donde nació Muhammad Ali y la capital de la música country. Fue la única vez que me sentí dentro de Estados Unidos, arrollada por ese espejismo tan extraño que de una manera definitiva e indeleble ha marcado mi cultura, mi política, mi estética.

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Así que pensé en ese viaje para las miradas. Los editores me dijeron que debía elegir intuitivamente, al menos lo más posible. Como en un juego dadaísta. Entonces pensé en ese viaje y los textos que acompañarían ese viaje. Jack Kerouac yendo hacia el oeste, propulsado por el jazz , las anfetaminas y la poesía, una conquista de las rutas en los años cincuenta, el intento de encontrar un mapa posible en la posguerra. Maya Angelou en primera persona, sobreviviente de abuso sexual y del sur racista, una mujer negra que escribe su autobiografía; en el fragmento de Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado hay un linchamiento, la inmigración asiática, la ciudad como esperanza. Todo es vago e intenso e impreciso, como ese viaje en Greyhound, voces que flotan y dicen nombres y calles, un tumulto de vitalidad y de muerte, como en Despachos de guerra , de Michael Herr. Pensar en Estados Unidos es pensar en la guerra, en un imperio voraz, el perfume del napalm en la mañana, el desierto y la tortura, Bin Laden y Wounded Knee, la United Fruit y el bloqueo a Cuba, y Despachos de guerra , aunque son crónicas de Vietnam, encapsula ese horror y ese placer, la belleza horrible del monstruo bélico, el espanto detrás de la proclama de libertad, la crueldad en la sonrisa de dientes blancos que vitorea el «land of the free and home of the brave».

Y a su lado yace el Estados Unidos de los sueños hermosos y desesperantes, Hollywood y el fantasma de la belleza rubia de Marilyn, el cine y su eternidad, los muertos hechos de luz, y Ella con sus labios rojos como la Reina de las Tinieblas. Todo Truman Capote es Estados Unidos y especialmente una idea de Nueva York como escape, la ciudad donde desaparecer y donde brillar, Manhattan y su pacto con la inteligencia y la soledad, la capital del mundo. Truman quiso ser su rey, llegó muy cerca del sol y su caída fue como un fin de fiesta, una agonía de lo imposible. Y a esa autodestrucción la sobrevuela el demonio interno, esa encarnación del flautista de Hamelin que es Charles Manson, las tripas desnudas de cada generación furiosa, el margen volviéndose centro. El tiempo de los asesinos. La fascinación por el espectáculo de la muerte en los ojos de los veteranos, en las jóvenes hippies sectarias, en el cuerpo de Marilyn sobre la cama blanca.

Pienso en los lectores y no sé si estas son miradas adecuadas o infaltables o decisivas sobre Estados Unidos. Son mis miradas imprecisas, barrocas y desconectadas, como el país de Dios, lugar sin límites.

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