Columnas

Un amor de novela

Martín Kohan regresa al amor entre Borges y Estela Canto, mientras relee Sí, de Aníbal Jarkowski (Bajo la luna).



Por Martin Kohan 



Con una lucidez implacable, pero no exenta de ternura, Estela Canto retrata a Borges en Borges a contraluz. Lo hace en distintos planos: el ideológico, el político, el social, el familiar, el psicológico, el personal, y aun el de esos recovecos de la intimidad a los que difícilmente se accede (pero pudo acceder Estela Canto, por su larga y estrecha frecuentación de Borges).

Con una indiscreción tan debida como indebida, que sirve a la escrutación personal no menos que a la inveterada pasión de los chismosos, Estela Canto narra y describe la historia de ese amor singular que existió entre ella y Borges. Aníbal Jarkowski volvió hace poco sobre esa historia en su novela Si, con la sutileza y la inteligencia que lo caracterizan (sutileza para matizar, inteligencia para comprender), y narró en clave condicional (la propia condicionalidad del “si”) esa trama tan condicionada de un amor tan incondicional.



Y es que en la historia de Estela Canto y Borges, más que en otras, importa menos lo que pasó que lo que no pasó: lo que no pasó define todo, decide todo, es lo central. Se veían, salían a comer, iban juntos al cine, compartían caminatas largas en el sur de Buenos Aires. Se abrazaban. Se besaron. Nunca se acostaron. A Estela Canto la sorprendió que un día, en la redacción del diario La Nación, Eduardo Mallea se refiriera a ella como la “novia” de Borges. Ella no sabía que lo era, no consideraba serlo. Pero, evidentemente, para Borges sí. Y en cierto modo, con eso bastaba: Canto no lo desmintió a Mallea ni le pidió aclaraciones a Borges.

Y es que la relación entre los dos estaba dada de esa forma: Borges la amaba, y ella se dejaba amar. De un lado el amor, del otro el consentimiento. Ella, por consentimiento, sin estar enamorada de Borges, estaba dispuesta a acostarse con él; él, enamorado de ella, no se decidía a hacerlo (es uno de esos “si” que explora Aníbal Jarkowski: qué habría pasado si). ¿Puede entonces el amor de uno solo alcanzar para una relación de dos? Borges, con cuarenta y cinco años de edad, era diecisiete años mayor que Estela, una circunstancia que actualmente algunas posturas ultraconservadoras reprueban y denuncian. Ella era segura y desenvuelta; Borges era frágil y retraído. Ninguna paridad, por lo tanto. Pero tampoco un mínimo de reciprocidad. Borges ama, Estela no. Pero la ama tanto, de forma tan absoluta y devota, que ella es parte de ese amor, participa de lo que no siente porque la complace saberse amada así. De nuevo: ¿puede entonces el amor de uno solo alcanzar para una relación de dos?

Evidentemente, sí. Y es un amor de novela.


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