Columnas

Elogio de la relectura

Alejandra López

Jorge Consiglio escribe sobre el placer de volver, una y otra vez, a pasar los ojos por un mismo texto.


Por Jorge Consiglio.


A los veinte años trabajé en una estación de servicio en Martelli. Dicho así parece el comienzo de una novela social de los setenta o, más precisamente, de una película argentina encargada de subrayar sus símbolos. Pero en ese lugar los símbolos resultaban siempre inexpresables; de hecho, para mí eran tan enigmáticos que ni siquiera conseguía traducirlos. Era una estación próspera la de Martelli: tres islas de surtidores, una zona lateral para lavado y cambios de aceite y una oficina en altura en la que yo resolvía tareas administrativas y miraba el movimiento de la explanada. Había playeros divididos en dos turnos, un encargado general, Antonio —que articulaba como nadie la calidez con la violencia— y un nochero al que alcancé a ver en contadísimas ocasiones. Yo trabajaba con Antonio llenando planillas y contando recaudaciones. El empleo era muy mal pago y en negro, pero me convenía: salía a las tres de la tarde y llegaba con tiempo a la facultad. Pasaba de un universo a otro en menos de una hora. Del olor a nafta a una conferencia de Ramón Alcalde, sin transición. Bastante argentino todo.

Lo primero que distinguí en la estación de servicio fue algo difícil de encontrar en otros ámbitos: una relación directa con el disfrute. O, mejor dicho, un compromiso directo con el disfrute. Lo que pasaba todos los días tenía escasas mediaciones. La gente festejaba, discutía, se puteaba y se reconciliaba con una enorme intensidad. No había tanto cálculo. Menos administración emocional. Desde luego, eso también generaba problemas: los conflictos podían escalar a toda velocidad y el resentimiento circulaba como una corriente secreta. Pero incluso en esos casos persistía una forma de franqueza, una intensidad lineal y, en gran medida, objetiva.

En el turno tarde trabajaba un tipo al que todos llamaban el Vasco. Se llamaba Alfredo Bravo. Alto, muy flaco, callado. Parecía más viejo de lo que era. Usaba anteojos de marco de metal, que son los más baratos que ofrecen las ópticas de las obras sociales. Ojos chicos, muy juntos, durísimos. Alta miopía. Se parecía extraordinariamente a Juan L. Ortiz. Sobre todo, al Juanele de una foto muy conocida, una en la que el poeta está sentado en una silla de juncos y acaricia un gato que tiene sobre las piernas. El Vasco tenía exactamente ese gesto, como de un relajado cansancio.

No sé exactamente cuándo descubrí que ese hombre era un lector devoto. Aunque “devoto” no es el término para designarlo. Hay lectores voraces que consumen libros como si fumaran cigarrillos mentolados, los Kool, por ejemplo; el Vasco era de otra clase. Su relación con la lectura se daba a partir de la obsesión, el detenimiento y la concentración. Leía, sobre todo, un ejemplar de la revista Crisis de la primera época, publicado en 1975. Siempre el mismo número. Una y otra vez. Para él, lectura era relectura. La revista estaba completamente intervenida. Subrayada con distintos colores. Lápices, lapiceras y marcadores. Tinta sobre tinta. Anotada en los márgenes. Marcada con signos. Comentada con letra chica. Una tarde entré en la oficinita donde los playeros tomaban mate y encontré el ejemplar sobre una mesa. Lo hojeé: el Vasco no daba nada, absolutamente nada, por sentado.

No leía esa vieja Crisis como quien vuelve sobre un material conocido, sino como si acabara de descubrirla. Cada página conservaba intacta su capacidad de revelación. Los subrayados, las anotaciones, las flechas y marcas dispersas por los márgenes respondían a una ansiedad, pero, sobre todo, ese gesto, siempre feliz y atento en su codicia, expresaba la desesperación por apropiarse de las ideas del texto, aprehenderlas. Eran señales de una atención mayúscula, de un encrespamiento del ánimo, de un estupor. Daba la impresión de que la revista estaba habitada.

En ciertos lectores existe una forma degradada del entusiasmo: la acumulación, el catálogo de referencias; en el Vasco pasaba lo contrario. Su relación con la lectura tenía algo más elemental y también más vivo. Leía mordido por el asombro. Pero no con el asombro del admirador profesional de la inteligencia o de la belleza, sino con una sorpresa discreta, una sorpresa llena de pudor, y con la consabida tensión que eso acarrea. Leía como si cada artículo contuviera la cifra de una inteligencia improbable. Como si cada frase hubiera conseguido atravesar décadas para llegar hasta esa oficina con olor a lubricante.

En sus ojos miopes —atributo que condiciona la distancia sujeto/texto— persistía siempre una expresión de hallazgo. Eso era lo extraordinario. El Vasco enfrentaba la revista como otros hombres enfrentan un carburador o un fragmento de cerámica encontrada bajo tierra. El vasco valoraba las ideas, pero más que nada el hecho material de que esas ideas existieran impresas sobre un papel, disponibles para todos. La lectura aparecía entonces más que como un hábito prestigioso o como una forma sofisticada de consumo cultural, como una experiencia concreta del placer intelectual.

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