Poesía

Tres poemas de Mark Strand

Poesía traducida

En traducción de Adalber Salas Hernández, tres piezas de Puerto oscuro. Un poema (Zindo & Gafuri) del poeta nacido en Summerside (Canadá) en 1934, laureado como Poeta de los Estados Unidos 1990-1991, y canciller de la Academia de Poetas Americanos de 1995 a 2000.

Nacido en Summerside (Canadá) en 1934, fue laureado como Poeta de los Estados Unidos 1990-1991, y canciller de la Academia de Poetas Americanos de 1995 a 2000, entre otros reconocimientos. Falleció en 2014 con ochenta años en Nueva York, dejando libros como El hombre y el camello, La vida continua, La historia de nuestras vidas y Razones para moverse. 

En traducción de Adalber Salas Hernández, tres piezas de Puerto oscuro. Un poema (Zindo & Gafuri).

 

 

XV

¿Qué luz es esta que dice que el aire es dorado,

que incluso los árboles verdes pueden salvarse

por un momento y verse enjoyados,

que mi mano, mientras la alzo sobre la sombra

de mi cuerpo, se vuelve un fuego que señala el camino

hacia un mundo del que nadie vuelve, pero al cual

todos viajan? El resplandor de lo posible

se ajusta a un cambio de lugar: la apariencia

de despedida, el sol cayendo tras las nubes,

titubeando en el filo serrado de las montañas,

para luego escabullirse. Y el nuevo lugar, la noche,

espaciosa, vacía, una tumba de luces, volteándose

y hundiéndose, volviéndose lo que nadie recuerda.

 

 

 

XI

Ha pasado mucho tiempo y sin embargo parece

que fue ayer, en la mitad exacta del verano,

cuando sentimos la desaparición de la tristeza,

y vimos más allá de las paredes ásperas de piedra

la carne de las nubes, cargadas con el olor

del desierto sureño, alzarse en un pródigo

desbordarse de suavidad. Parece que fue ayer

cuando estuvimos junto a la puerta de hierro en el centro

del pueblo, mientras el aliento repleto de polen

del viento arrastró la sombra de las nubes

a nuestro alrededor, para que pudiéramos sentir la fuerza

de nuestra libertad, aún prisioneros de la oscuridad.

Y luego, cuando cayó la lluvia e inundó las calles

y escuchamos el goteo en la galería y el viento

haciendo crujir las hojas como papel, ¿cómo explicar

nuestra felicidad entonces, el modo particular en que

nuestras voces borraban todo signo de tristeza pasada,

su violencia, sus terribles presagios del fin?

 

 

VII

Ah, podés burlarte de los esplendores de la luna,

pero ¿qué sería del corazón humano si deseara

sólo oscuridad, si no deseara nada en la tierra

salvo la tinta del mar o la sombra negra de la roca?

Lanzarte, en medio de una noche de verano, al vacío

plateado del aire y observar los campos pálidos

descansando bajo la mirada hosca de la luna,

y permanecer en las profundidades de tu visión y preguntarte

cómo en esta blancura lo que amás es pena

pasada, y cómo en el largo valle de tu mirada

crece la esperanza, y ahí, bajo el fuego

distante de las estrellas, apenas perceptible,

sentirte despertar al cambio, como si tu cambio

fuera inmenso y contara en la nostalgia de los cielos.

Y sin embargo todo lo que querés es salir de la sombra

de vos mismo, hasta la fría llama de la noche de verano,

cuando la luna brilla y la tierra misma

está cubierta y silenciosa en las rocas de su sueño.

 

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