Poesía

Tres poemas de Biancamaria Frabotta

En traducción de Jorge Aulicino

Compartimos piezas extraordinarias de Por manos mortales (Gog y Magog, edición bilingüe) de la poeta italiana nacida en Roma en 1946.

Traducción de Jorge Aulicino. Foto de Andrea Annessi Mecci.

 

Compartimos piezas extraordinarias de Por manos mortales (Gog y Magog, edición bilingüe) de la poeta, periodista, docente italiana nacida en Roma en 1946, quien visitó nuestro país en 2016, en ocasión del Festival Interancional de Poesía de Rosario. 

 

 

 

De La primera generación de espinos blancos

 

 

Más allá del umbral del letargo, una hoja

pende aún al costado de un leño, tiembla

se somete al viento con la astucia de los débiles.

Ha conocido la piedra, el bienestar de la hierba

la primera generación de espinos blancos.

Erizados en el hilo espinoso que los sostiene

proclaman la resistencia al invierno

mientras un renacido hormigueo numeroso

silenciosamente los trabaja en la tibieza.

La planta es una obra siempre abierta

para quien regresa cuando no la recuerda.

Debes saber que frenará todo deseo

de apurarla esa obtusa paciencia

de durar, por ahora, sin dar sombra.

 

Ciudad, infelicidad de confundir las marcas

de los años precedentes. Y, sin embargo, desde la herida

vigorosa se alza, en el verano, la nueva planta.

Ostento la índole quisquillosa de los obstinados,

un corazón ligeramente bradicárdico

de deporte bajo techo, y un espacio reducido

en memoria, por los costos de las victorias.

Para estos mortales negocios

no me falta ni celo ni carácter,

sé prevenir la suerte de los frágiles,

descubrir quién les ha roído

las fibras tiernas, las más expuestas

a los dientecitos de la baja estatura

que los han finamente trabajado

hasta hacer del desayuno almuerzo.

Haber querido y querer son una sola cosa

en el tronchado junco con que agito el aire

retoño de bayas, vivo ramo de hojas

en el que hay todavía olor a sangre.

 

 

 

 

Defraudando la vana gloria de doblarlas

en arquitos de triunfo, parten hacia lo alto,

sin freno, las ramitas libres de los espinos blancos.

Lo dijo un jardinero que pasó casualmente.

Rama atada no crece, brega por amor

no muda su forma accidental.

A su tiempo bastarán las hojas de la tijera

para moderar el orgullo que no cambia de modo

en primavera, desde los muñones

podados con arte, como segura lozanía

¡como populosa familia de nuevos brotes!

 

 

Lentos son en estos huertos los progresos

y a veces incorregibles

como allá el lejano hilo de las montañas

o el crecimiento anómalo de los zapallos

que se propagan en desorden de serpientes.

También ustedes, perdidos en el curso sordo de las cosas

deberán darse vuelta en el sueño.

No se duerme del lado del corazón.

 

 

 

 

 

 

De Poemas para Giovanna

 

 

Blanco estrellado de la luz azul

que no te veo ver, me queda

en los ojos la voz cuando dices:

piénsame, voz remota de paraíso.

Cuánto hemos reído

serena idolatría del día

y por ese mérito en el infierno

finalmente cuenta solo aquello que nunca se cuenta.

Errores como caminos, amores como grietas

poesías para quemarse los dedos

todo lo que dura una vida.

Pero me dices: piénsame.

Y ya del después hablabas

¿o para curar, pensabas?

 

Se detiene en el espejo gentil

solo el rostro. Al norte de la herida.

No quiero darte otra cosa

sino esta tregua

de cremas, de jabones

de olvido.

A tus espaldas, el instante

atolondrado del animal

delante de mí, la puerta

cerrada, delante de ti.

 

 

 

 

 

 

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