Entrevistas

Tomás Downey: "Pienso los cuentos como si fueran pequeñas películas"

Dominique Besanson

El autor de López López prepara nueva novela y las clases para un taller de cuento que comienza en agosto.


Por Valeria Tentoni.


Mientras corrige su segunda novela, el autor de López López dice que igualmente siempre está escribiendo cuentos. En agosto, de hecho, ofrecerá un taller dedicado a ese género en el que fue reconocido con premios y lecturas en el marco del Laboratorio Filba.

El Fondo Nacional de las Artes reconoció Acá el tiempo es otra cosa con un primer lugar en el concurso de cuentos en 2015, con un jurado compuesto por José María Brindisi, Mariana Enriquez y Guillermo Saccomanno. Una década después llegó la novela, con López López, pero en el medio Downey publicó también en Fiordo dos libros de relatos más, El lugar donde mueren los pájaros y Flores que se abren de noche.


¿Qué estás escribiendo ahora?

Mi segunda novela. En realidad, escribí otras antes, pero eran malas. Las escribí a la par de Acá el tiempo es otra cosa; no funcionaban y ahí me decanté por el cuento. El cuento es un laboratorio, podés probar un montón de cosas sin dedicarle dos años de tu vida, como te pide una novela, que después cuando te das cuenta de que no funcionó es un bajón. Después de aquellas primeras experiencias no volví a intentar escribir algo largo durante un buen tiempo, hasta que me puse con López López. Sabía que tenía que salir bien, quería que saliera bien y esa fue una diferencia: a las anteriores las empecé a escribir más como tanteando, para ver a dónde iba. Esta la empecé conociendo exactamente, al menos, el principio y el final. Aunque al recorrido no lo tuviera muy claro, ya con eso podía tensar del hilo. Eso fue clave.

Leí que la escribiste en unos pocos meses, pero luego estuviste mucho tiempo corrigiendo, ¿no?

Sí, la escribí en pandemia. El primer borrador me llevó tres, cuatro meses. Todos los días escribía un capítulo de cinco páginas, y siempre me dejaba la primera línea del capítulo siguiente lista para tener un poquito de envión. Después estuve tres años, más o menos, corrigiéndola. Tuvo varios meses de reposo, lecturas de amigos, etc. Desde el primer borrador hasta la publicación fueron cuatro años.

¿Y en el medio?

En el medio viví un año en España. Hasta ese momento yo trabajaba en una oficina, pero entre las clases, las traducciones y los guiones logré renunciar. Siempre odié ese trabajo, que era más que nada administrativo. Se pagaba bien, tenía vacaciones, todo, pero siempre me quise ir. Se me juntaron un par de cuestiones con el viaje y me dije: bueno, es el momento.

¿Y cómo es ahora estar más libre de ese ruido para escribir?

A veces es más difícil. Soy mucho más productivo cuando tengo una o dos horas libres que cuando tengo todo el día disponible. De todos modos, tengo mis libros, traduzco, doy clases y talleres, escribo guiones. Voy mechando distintos proyectos, depende con que esté, pero en este momento, por ejemplo, a la mañana le dedico dos, tres horas a corregir la novela nueva, después almuerzo, voy a pasear o algo así, y a la tarde me pongo con algún guion. Voy cambiando un poco el chip.

¿La mañana es para la escritura siempre?

Sí. Por ejemplo, López López la escribí era las primeras horas del día. Es cuando suelo estar un poquito más concentrado. Las traducciones suelo encararlas a la tarde; puedo estar medio quemado, cansado, pero se puede hacer un poquito más en automático, aunque depende en qué instancia estés. Obviamente es mucho laburo, pero te involucrás menos, básicamente.

¿Cómo comenzaste a traducir?

Empecé por accidente. Leía mucho en inglés y era muy fan de Kelly Link, a quien después tuve la suerte de traducir, pero en ese momento, para probar, intenté con un cuento suyo. Por esos días yo escribía cuentos todo el tiempo; todos los días estaba con dos, tres cuentos trabajando en simultáneo. Link fue una especie de entrenamiento: traducir algo es como leerlo con lupa, desarmarlo un poco, desmontarlo. Quería ver cómo se podía traducir el humor, por ejemplo. No sé, quería probar. Cuando lo terminé, se lo mandé a Fede Falco, que también leía a Kelly Link. No se conseguía casi nada de ella en español. Al tiempo, a Fede lo llamaron para coordinar una colección de cuentos en CHAI y me preguntó si me animaba a traducir un libro. El primero que traduje fue ahí, el de Jamel Brinkley, Un hombre con suerte. A raíz de eso, me empezaron a proponer traducciones. Es un laburo que me encanta. Es como una artesanía. Cuando escribís lo propio sufrís un montón, a veces estás como luchando a veces, y en la traducción no me pasa. Hay algo de gimnasia del tecleo que está buenísimo. Lo que sí, estoy traduciendo menos porque se paga muy mal y requiere muchísimo tiempo. Me empecé a dedicar un poco más al cine, que se paga muchísimo mejor. Pero me queda la traducción ahí, como para traducir un libro cada tanto. Cosas que me gusten, que me diviertan.


Cuando decidiste estudiar cine, ¿ya escribías?

Yo aprendí a escribir cuando empecé a corregir. Para mí escribir es releer, enfrentarte a la humillación del primer borrador, que suele ser horrible. Superarlo, decir, bueno, hay algo debajo de toda esta basura. Ordenar los textos, corregirlos, reescribirlos. Animarse a compartirlos, aceptar las críticas. Siempre incorporás lo que medio que, en el fondo, ya sabías. Es muy loco, pero en el momento de mandar un archivo por mail, incluso antes de que te respondan, ya ves cosas nuevas, errores. Eso es muy extraño. Lo mismo cuando abrís el libro y encontrás una errata. Por eso yo, una vez publicados, ya no los leo. Pero ante el primer borrador no te queda otra, hay que pasar por ahí. Para mí escribir es atravesar eso. Cuando empecé a estudiar cine. Ya me había aproximado a la escritura, había intentado, pero entendí este laburo cuando empecé a escribir guiones en la carrera de cine. Antes estudié un poco de dirección, y también hacía foto, me gustaba mucho la fotografía. Hay algo de la imagen que me re interesa. Desde chico leí mucho, pero siento que hay mucho cine también, y televisión, en mi formación. Consumía mucha narrativa, mucha ficción en todas sus manifestaciones. Así que primer paso era ese, claramente: en la carrera tenía que escribir guiones todo el tiempo, tenía que recibir las devoluciones de los profesores, leerlos con mis compañeros, negociar con el equipo cuando se iba a filmar... Ese ejercicio fue muy intenso. Ahí me vi forzado a entender qué le puede pasar a otro con un texto, a entender que un texto se tiene que comunicar, que se completa de esa manera, cuando alguien lo lee. Lo importante es lo que pasa en ese encuentro. Y ahí empezaron a aparecer los cuentos, con los primeros guiones de cortometrajes que fui convirtiendo de género. Me entusiasmé más con los cuentos: hacer una película es un quilombo, el cuento es mucho más económico, ¡de repente podés usar efectos especiales, todo gratis! Aparte, me doy cuenta de que, por mi personalidad, funciono mejor trabajando solo. Me gusta armarla historia en mi cabeza, tomarme mi tiempo, pensar. Un libro tarda dos, tres años en salir. El cine tiene otra velocidad. Pero sigo trabajando en cine, ahora estoy con algunos proyectos de terror.

La del terror también es una etiqueta que suelen aplicar a tus cuentos, terror sobrenatural, por ejemplo.

Sí, sobre todo en mis primeros libros. En López también puede haber elementos, hay algo del tono que se puede rastrear. Creo que se fue modificando. Algo que aparece sobre todo en la novela, para mí, es el humor, que en los otros libros estaba, pero que quizás más solapado. Para mí el humor y el terror van de la mano. Son géneros muy cercanos. Los dos apelan al susto o a la risa, como dos emociones muy fuertes. "Terror sobrenatural" me gusta, sería el fantástico, es el que no se define, que queda ahí como en una nebulosa, si esto sucedió o no. Para mí el ejercicio interesante es el de escribirlo como si hubiera sucedido. Tiene mucho que ver con los puntos de vista. Por ahí un lector piensa: no, este personaje está alucinando. Y yo estoy mirándolo desde el punto de vista del personaje, para quien las cosas están pasando de verdad. Eso es lo que me interesa, crear esa especie de acertijo. Creo que es por eso que algunos cuentos en particular te quedan en la cabeza: te lo los apropiás y los querés desarmar, los querés resolver, aún sabiendo que quizá no tienen sentido. El final del cuento muchas veces tiene más que ver con una revelación, no tanto una moraleja sino algo emocional. Aparece algo que es medio amorfo y no se puede poner en palabras. En un texto de Flannery O'Connor, que está en este blog, ella dice que, si se puede resumir un cuento en una línea que tenga la misma potencia que leer el cuento, entonces el cuento no funciona. Lo que hace el cuento es generar algo que no se puede sintetizar en una o dos oraciones. Es una experiencia. El final de un cuento, para mí, condensa todo lo que venís narrando pero no lo resuelve ni lo explica. Entonces es muy difícil parafrasear un cuento, porque muchas veces no pasa nada, o todo pasa en los intersticios, entre líneas.

¿Seguís escribiendo cuentos?

Sí, siempre. Incluso a veces me sigo definiendo como cuentista. O sea, es mi escuela, y siento que aprendí más como cuentista que como guionista, por ejemplo. Ese fue mi laboratorio para entender el ritmo, cómo dirigir la mirada. Pienso los cuentos como si fueran pequeñas películas, y estoy todo el tiempo buscando la manera de decirle al lector a dónde mirar, qué ver, hago cortes, cambios de plano, incluso movimientos de cámara. Para mí el narrador es una cámara en el cuento, entonces tengo que decidir dónde ponerla. Y como lector, hay cuentos que leí hace más de diez años y todavía recuerdo. Las imágenes tienen una contundencia que la novela no va a tener nunca. Es como si el cuento te pusiera delante las piezas para que voz armes la imagen. Siempre uso también esta metáfora, la de esos dibujos que tenés que armar uniendo los puntos. Sos vos el que termina de hacer el dibujo. Por otro lado, la sensación de leer una o dos páginas, terminar un cuento y tener que cerrar el libro para quedarte unos minutos en silencio... Eso es increíble.

Artículos relacionados

Kate Zambreno: “No me interesa la austeridad, sino la abundancia”

Eterna Cadencia Editora publica Historias de animales, con traducción de Cecilia Pavón.

Valeria Luiselli: “No me queda claro dónde está la frontera entre lo vivido y lo leído”

La escritora mexicana pasó por Buenos Aires para presentar Principio, medio, fin, primera novela de la casa Feltrinelli en nuestra lengua.

Isol, la poeta infinita

Editorial Neutrinos rescata los primeros libros de poemas de la ilustradora y ganadora del Premio Astrid Lindgren en Yo no era nadie y estaba bien.

Diego Zúñiga: “Le debo toda mi formación a las bibliotecas públicas”

El escritor chileno está participando de la residencia REM del MALBA . Compartimos algunos destacados de la entrevista de bienvenida realizada en el museo .

Ezequiel Alemian: “La lectura también es una forma de escritura”

El crítico, poeta, narrador y ensayista publica en simultáneo tres libros: sus traducciones de las cartas de Rimbaud en Mansalva, una novedad en editorial Nube Negra y Artpress: una narración personal, por Ripio.

Reeditan los libros infantiles de Sara Gallardo

Editorial Fiordo continúa la tarea de recuperación de la obra de la escritora argentina y estrena su línea de libros ilustrados con ella.

×
Aceptar
×
Producto agregado a carrito
Seguir comprando
Ver carrito
0 item(s) agregado tu carrito
×
MUTMA
Seguir comprando
Checkout
×
Se va a agregar 1 ítem a tu carrito
¿Es para un colectivo?
No
Aceptar