Matías Battistón: "Quería que se leyera como una novela"
Viernes 11 de setiembre de 2026
Con su primer libro, La madre de Beckett tenía un burro (Emecé), compite por el Premio de Novela Fundación Medifé - Filba.
Por Valeria Tentoni.
"Cabría preguntarse qué vías ofrece no la escritura, sino la traducción para aprovechar o recuperar los estragos que ella misma provoca", escribe Matías Battistón en La madre de Beckett tenía un burro (Emecé), que acaba de quedar finalista en la lista larga del Premio de Novela Fundación Medifé - Filba.
Nacido en Buenos Aires en 1986, Battistón es escritor y traductor. Ha vertido al castellano a Samuel Beckett, Édouard Levé, John Cage, Roland Barthes, Virginia Woolf, Fernando Pessoa, Gertrude Stein y Ed Wood, entre muchos otros, y ha sido becado por Trinity College Dublin en Irlanda, Übersetzerhaus Looren y la Fundación Jan Michalski en Suiza, ALCA en Francia, y el Fondo Nacional de las Artes en Argentina.
Este, su primer libro, comienza con el dato curioso que le da nombre, y con la decisión del narrador de escribir "con lo que queda afuera al traducir", con lo que anota en cuadernos que después no abre nunca más mientras está haciendo su trabajo. Cruza de ensayo y diario de traducción de la trilogía de Beckett que se publicara en Ediciones Godot, el resultado es un artefacto inclasificable que podría bien leerse como novela y ahora, de hecho, compite con otras nueve por el galardón.
Competís por un premio de novela con tu primer libro, ¿de traducción hay premios acá?
No, acá no hay premio de traducción, ahora está en Córdoba el Paula de Roma, es honorífico. En su momento se quiso armar algo con la Ley de traducción autoral, para que hubiera premio a la traducción en el Fondo Nacional de las Artes, pero es mucho más complicado porque te llega una traducción buenísima del bielorruso, del checo, por ejemplo, y es mucho más difícil conseguir jurado. Tenés que tener espalda económica para eso, para pagar los jurados, y además tenés que ver bien cómo lo organizas, con qué criterios.
Claro, la pregunta que también queda flotando en tu libro es cómo identificar una buena traducción.
Con el libro quería correrme un poco del "bueno" o "malo" en la traducción. Ese es el gran fantasma, mucho más que en la escritura, donde hay casos en los que se dice "escribe con los pies, pero es una obra maestra". En traducción es muchísimo más difícil ver eso, se supone que es un trabajo de orfebrería, se supone que estás en los matices. Es difícil pensar en grandes ideas de un traductor, en el sentido de que si hay grandes ideas en una novela, no vas a una traducción a buscar ideas que no sean las del autor. Sin embargo hay ejemplos, como el de Salas Subirat, donde se reemplaza quizá la destreza, la erudición, la precisión y demás, por otros valores como lo intrépido, lo arriesgado, lo influyente, lo contagioso, casi lo disparatado del caso biográfico. Hay casos que logran recuperar cualquier defecto que se le pueda señalar a la misma traducción con otras virtudes, pero la traducción es el ámbito de la responsabilidad. Entonces, en mi libro lo que trataba es de puentear un poco esa discusión, o abordarla de otro lado. Pensarlo como si fuera no tanto una prueba, un examen a rendir, sino ver qué te da esa lectura, qué te ofrece tal traducción por encima de otras, qué historia hay detrás de la traducción. A mí me encantan las biografías. No soy biografista en el sentido de alguien que cree que un libro se debe entender a través de la historia de la persona que lo escribió y especula que tal personaje en realidad es la mamá disfrazada y bla, bla, bla. Ese tipo de cuestiones no me interesa tanto, pero me interesa la biografía como una especie de narración suplementaria. Y lo mismo pasa, me parece, con las traducciones. Una traducción puede tener más valor, menos valor, no intrínsecamente por las decisiones que se toman sino por el interés que irradia, si se quiere, lo que estaba haciendo el traductor en esa época.
¿En qué momento te diste cuenta de que tenías material como para un libro?
Tenía la impresión de que podía hacer algo, pero no tenía idea qué. Muchas de las cosas que descubro durante la traducción las descubrí en realidad durante la redacción del libro, que simula ser un diario de traducción. Hay una construcción ahí retrospectiva de algunas cuestiones. En cierto momento me invitan a dar una conferencia en Irlanda, estaba en una beca en Suiza y en realidad propuse yo ir a dar una conferencia sobre Beckett. Quería salir un poco, porque esa residencia es más monacal, estás encerrado en un pueblito, está nevando por todos lados, no podés salir muy alegremente. Y se me ocurre hablar de las maneras en las que no traduje a Beckett -se podrían traducir las dos versiones mechándolas, tomar de las dos lo más corto, porque Beckett es un minimalista, sumar todo y hacerlo más largo, porque más Beckett es mejor Beckett, etcétera, etcétera-, discutir las maneras en que se puede hacer y cómo publicarlas. Entonces, después de la conferencia, me pidieron que se las pase por escrito, y yo no tenía apuntes, nada; armé algo y quedó un montón de lo que había hecho afuera. Ahí me dije bueno, con esto se podría armar un libro. Lo presenté al Fondo Nacional de las Artes. Pensé que ya estaba casi todo escrito pero no funcionaba; o sea, eso no era un libro. Podía ser un ensayo, un divertimento, pero tenía muchas cosas que decir y la forma todavía no me lo permitía decir. Entonces me quedé ahí trabado, hasta que en pandemia hice un archivo de desechos de todo lo que no iba a ir en el libro. Y precisamente eso se transformó en el libro.

¿Qué cosas te preocupaban al emprenderlo?
No quería que fuera un libro microscópico, es decir, un libro solo para traductores. He leído bastantes libros sobre traducción y se cae muy fácilmente en un academicismo que a mí no me interesa, o en una defensa medio sindical, romántica, de lo que es la traducción. Una especie de engolamiento de lo maravilloso que es traducir, qué magia que uno lee una palabra y sale en otra, todo un arrobamiento que yo, como alguien que se gana la vida traduciendo, siento quizás ya menos. No quería un libro que hablara de Beckett como gran escritor. Y de esas prohibiciones fue saliendo esto.
Elegiste un registro también bastante humorístico, hay escenas desopilantes.
Sí, pero es accidental. Es la manera que tengo de pensar, de abordar las cosas. A veces me pasa que el chiste me sirve como para empujar, y quizá lo saco después, pero eso me dio una punta para avanzar.
¿Cómo armaste al personaje del narrador? ¿Cómo pensar a este alter ego como personaje?
Eran las anécdotas que traje del viaje, son todas cosas que pasaron. Es verdad que sin querer rompí un contrato de Borges cuando fui a ver el Archivo Sur, que inundé mi departamento... Esas cosas pasaron. Me gustó contarlas, me daban una manera de hilar las ideas para que no fuera puramente intelectual o abstracto, y me gustaba que lo bajaba tierra, al libro. Si no, es difícil hilar estas ideas de una manera que sea más llevadera, me parece. Las transiciones, me pareció, eran un buen lugar para que apareciera yo, no necesariamente él yo, sino yo como personaje que hace la transición.
Por momentos, parece un libro hecho de notas al pie.
Sí, y también me cuidé mucho de usar notas al pie. Quería un libro que no las tuviera, pero que fuera como una sucesión de notas al pie, porque me encanta escribirlas y leerlas. Pero cuando escribo yo no me gusta tanto usar una nota al pie, no sé por qué siento que debería encontrar la manera de infiltrarlo adentro del texto. Es una tara personal, una especie de restricción.
Por momentos me recuerda a las cartas de Kafka, a ese tono de queja de que no puede escribir mientras escribe; aquí el narrador se queja de que no puede traducir tanto como quisiera, que no tiene tiempo.
Es algo que me parece que funcionaba conceptualmente, es la idea de la postergación y la procrastinación como motor narrativo. El libro continúa porque yo continúo pateando la tarea y eso me permitía a mí aprovechar esta costumbre de no hacer lo que digo que voy a hacer, o de dilatarme y extenderme. Pero no me interesaba el gesto tipo blanchotiano, la importancia casi mística de escribir sobre no escribir y demás; de eso se ha hecho muchísimo y muy bien. Lo que sí me interesa es la queja como género. La forma de la queja era propicia para contar cosas, porque es graciosa. O sea, los diarios íntimos que son celebratorios, son horribles, son malísimos. Pero las cartas de lectores, de gente que se está quejando, son buenísimas. Las quejas para mí son mucho más provechosas en ese sentido. Pienso en el diario de Rosa Chacel, por ejemplo, que tiene esta especie de vocación de quejosa profesional, quinto dan en neurosis, y es muy divertido de leer. La queja era un buen mecanismo para escribir, me resultaba práctica. Leer cómo se queja Beckett de las cosas, que es muy buen quejoso en su correspondencia, también me gustó mucho. Tiene como gran dispositivos narrativos la queja y el insulto, esas son las dos armas de su neurosis para armar escritura.
¿Y lo pensaste como novela? ¿Cómo te llevas con eso?
No me molesta tanto que se vea como novela porque yo mismo no sé cómo verlo, entonces acepto la opinión de que sea una novela. Sí quería que fuera algo narrativo. En general identifican narración con pura ficción, a pesar de que hoy por hoy una parte muy importante de la narrativa pasa por lo que no es ficción, la no ficción trabajada o lo real trabajado. Todo lo que hago trato de agarrarlo por el lado de la narración, de algún modo u otro. A mí me parece que incluso la teoría debería encontrar la manera de que una idea sea una anécdota, de poder abordar una teoría o una idea como si fuera un chisme, no necesariamente infiltrando chismes y anécdotas, sino contarla de esa manera. Que te encuentres con una especie de remate, entrar y seguir un hilo que te lleve más o menos por los recodos de una historia. No porque sea súper narratológico, esa idea de que somos animales narrativos. No sé si necesariamente mi postura es tan firme, pero para escribir me interesa eso. Y la idea de que sea una narración va muy de la mano con que se lo lea como una novela. Desde el vamos quería que se leyera como una novela, no sé si necesariamente que se catalogara como una, pero realmente quería que se leyera con ese pulso.