Entrevistas

La última entrevista de Leopoldo Brizuela

Así comienza Tuve días peores (Cía. Naviera), de Guido Herzovich, biografía coral del escritor argentino.

Por Guido Herzovich.


En 1999 mis abuelos me regalaron Inglaterra. Una fábula, una novela de Leopoldo Brizuela. El autor era desconocido pero acababa de ganar el premio Clarín, en una época en que la marca Clarín podía representar, incluso para mis abuelos que se decían comunistas y se creían cultos, el periodismo independiente, la lucha contra la corrupción y aun la calidad literaria.

La leí enseguida y me encantó. Era una novela larga, ambiciosa y delirante pero al mismo tiempo se sentía amable; aunque me daba cuenta de que estaba repleta de referencias que no entendía, me resultó entretenida, y el final me impactó y me conmovió. También a mí esa me parecía entonces la clave del arte de nuestro tiempo, porque pensaba que la literatura, para cumplir una función transformadora, tenía que llegar a mucha gente.

En el 2000 empecé la carrera de Letras y lo primero que aprendí fue que esa, en realidad, era la fórmula del arte pequeñoburgués: su virtud residía en adecuarse a las necesidades del Capital, y a eso se debía su éxito. En 2004 Damián Tabarovsky publicó Literatura de izquierda, un libro de ensayos donde dividía la literatura argentina entre buenos y malos. Los buenos eran los escritores que violentaban el lenguaje y empujaban la literatura a una experiencia límite, que eran los que también se elogiaba en los pasillos de la facultad. Entre los malos estaba Leopoldo Brizuela, que pertenecía a una especie de conspiración conservadora dedicada a escribir novelas convencionales para contrarrestar la peligrosidad de los otros.

Como en la facultad y entre mis amigos nadie leía a Brizuela, conservé de Inglaterra ese balance agridulce, sin resolver, casi imperturbado por nada nuevo ni de su obra ni sobre él.

Veinte años después de leer la novela vi a su autor en persona por primera vez. Llegó por la avenida Las Heras con pasos extraordinariamente pequeños. Pareció que no le iba a alcanzar el semáforo de la esquina de Austria para cruzar. Cuando estuvimos en la cola del Starbucks donde me había citado a las seis de la tarde de un miércoles, y mientras mirábamos a lo alto y a lo lejos el menú, Brizuela se apuró a tranquilizarme. Me explicó que había reaccionado mal a una quimio y por eso había bajado de peso, pero tenía un cáncer menor y el problema con el tratamiento ya estaba resuelto.

Le pregunté qué quería y me dijo té con leche. En general no tomaba café. Esa tarde tampoco tomó su té, que encima le pedí venti cuando él fue a buscar una mesa —venti es gigante— y apenas le dio unos sorbos a lo largo de la conversación. Lo imaginaba más alto: era bajito y menudo. En la cara se le notaba enseguida que estaba mucho más flaco que en sus fotos conocidas. La barba al ras y el bigote prominente porque el mentón encanecía más rápido, en esa cara que ya no era redonda sino angulosa y larga, le daban un aspecto quijotesco, de niño envejecido prematuramente. Tenía una sonrisa tímida y astuta, muy seductora, como de quien te mide con calidez para conocerte pero también para saber con qué bueyes ara.

Me ofreció su explicación en un tono displicente y persuasivo. Después supe que lo había ido perfeccionando no solo con conocidos ocasionales como yo, a los que no les debía ninguna explicación, sino también con la mayoría de sus amigos y familiares. Me dijeron que Leopoldo había sido siempre muy discreto; lo decían con amargura y también con incredulidad por haber aceptado esa discreción final, tal vez por eso con algo de culpa. “Eligió esconderse para morir. Y nosotros vimos que se moría y no hicimos nada”, me dijo un amigo suyo. ¿Pero qué había para hacer? La enfermedad y el tránsito hacia la muerte son unos de los pocos escenarios de la vida que hacen legítimo el secreto y hasta la mentira.

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Varias personas lo describieron con un adjetivo curioso: dijeron que era muy “victoriano”. Esa discreción suya era un poco la del arribista que oculta su origen —porque nació en un hogar humilde y desde chico le tocó y supo moverse en ambientes acomodados—, pero también la de muchos homosexuales de su generación, para quienes hablar poco o nada sobre su vida íntima fue una estrategia para vivirla con más libertad. “Nunca quise que mi intimidad fuera visible”, escribió para concluir un cuestionario que le hicieron sobre su experiencia gay. “Yo construí un castillo bien visible: el castillo está ahí, todo el mundo ve cómo es, y saben que yo vivo adentro. Pero de ahí a que los deje entrar, hay un larguísimo camino”.

En el Starbucks, durante la última entrevista que dio en su vida, Brizuela me habló largamente sobre su origen. Me contó que llevaba diez años investigando la historia familiar de su papá —sobre la que él había impuesto un silencio absoluto— y tratando de escribirla. Le pregunté si iba a ser una novela. Me dijo que seguía sin saber. “Estoy tomando apuntes”, me explicó. Llevaba diez años tomando apuntes. “De momento no sé cómo encararla. Pero me doy cuenta de que tengo como un…”. Lo pensó. “Un mandato. Un mandato de no hablar de eso”.

Y enseguida empezó a hablar.

—Yo tenía cuatro años y medio, porque me acuerdo de que fue en enero, en Mar del Plata. Teníamos una casita en el barrio del puerto donde íbamos a veranear y, como éramos demasiados, teníamos que dormir en una habitación las mujeres y en la otra los varones. En ese momento estábamos solos mi papá y yo. Mi papá estaba acostado. Leyendo una revista. No leía mucho mi papá: había ido hasta segundo grado nomás. Y yo estaba en una cuna alargada, me acuerdo bien del dibujito que tenía. Y en un momento pasó algo que no recuerdo, tal vez un primo que cerró la ducha y se disponía a venir a dormir, o la voz de mi vieja que venía a decirnos buenas noches, y me dio como un susto, como un apuro, y me dije: “Ahora o nunca”. Y le digo a mi viejo, como quien no quiere la cosa: “¿Cómo se llamaba tu papá?”. Mi viejo cerró la revista —Brizuela golpeó las palmas para teatralizar el sonido—, se dio vuelta para darme la espalda, suspiró con infinito cansancio y me dijo: “Yo qué sé”.

Hizo una pausa dramática.

—Porque mi papá era hijo natural. Había nacido en La Rioja en 1916, hoy tendría 103 años. En esa época ser hijo natural era ser una lacra. Daba mucha vergüenza, así que nunca quiso hablar de eso. Y yo nunca más en mi vida, y mirá que me he peleado con mi viejo y le he reprochado las boludeces más grandes, nunca más le pregunté. Hasta que se murió. En el velorio, cuando estaba frente al cajón…

—¿Cuándo murió tu viejo? —lo interrumpí.

—¿Cuándo asumió Néstor? —preguntó él.

¿Era posible que no recordara en qué año había muerto su papá?

—¿2003? —me consultó—. Sí —resolvió solo—, entonces mi papá murió en 2004. Y cuando estaba frente al cajón, lo primero que se me vino a la cabeza fue: “Nunca me dijiste quién fue tu padre”. En fin. Ahí hice las paces. ¿Viste cuando tapás algunas cosas porque no te queda otra? Hasta que un día, alrededor del año 2010, estaba buscándole un libro en Prometeo a una amiga muy viejita, Elvira Orphée, que era tucumana, y me encontré con uno sobre la quema de brujas en Tucumán en la época de la colonia. Pensé que a ella como era medio bruja le iba a encantar. Y me encantó a mí también, porque el viejo Tucumán colonial era todas esas provincias: Santiago, La Rioja… Y lo abro y encuentro un inquisidor de apellido Brizuela. Entonces se me ocurrió escribirle a la autora para hacerle la pregunta más básica que se me ocurría: por qué había tantos Brizuelas en La Rioja. Y ella me comunicó con otra historiadora, que es especialista en Brizuelas… —dijo Brizuela con énfasis.

—La academia es así —lo interrumpí entre risas, para mostrarle que yo también podía reírme de los académicos—, hay que especializarse en algo…

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—… y ella me dice —siguió—: “Te estaba por llamar yo a vos”. “¿Vos a mí?”. “Sí, porque el otro día entré a una librería y vi tu nombre en un lomo y pensé: Este debe ser pariente del inquisidor”. “Pero no”, le dije yo, “mi papá era muy pobre, era hijo natural, no sabía nada, no me dijo nada, no puede ser”. Viste cómo es, ¿no? Uno piensa que solo los ricos y los nobles tienen árbol genealógico. Y ella me dice: “No, son todos parientes, está muy estudiado eso”. “¿Cómo que está estudiado?”. “Sí, es un caso muy paradigmático”, me dice: “como son tan poca gente, los académicos se precipitan porque pueden hacer un montón de investigaciones sobre qué es un hijo natural, qué es un hijo legítimo, etcétera. ¡Si hasta hay un pueblito indio donde son todos Brizuela! ¡Y todos albinos, por la endogamia! Todos morochos, con pelo blanco, contra un cerro rojo. Y Pedro Nicolás, el inquisidor, era un personaje increíble. Llega a Chilecito alrededor de 1700 y sofoca las guerras calchaquíes, que duraron mucho. Le escribe al Rey y le miente que hizo sacrificios que no había hecho. Y tuvo dos esposas. Una de apellido Doria, que era rica, y de hecho todavía hoy los Brizuelas ricos se llaman Brizuela y Doria. Pero su verdadero amor era una india, también princesa: María Chantán. De ella descienden todos los pobres”. Qué curioso, me dije yo. Qué simpático. Y nada más. Pero igual fue raro pasar de no saber nada de mi historia a tener este pilón de monografías, ¿no? Cuestión que un día se me ocurrió llamarla a mi prima. Por el lado de mi papá yo tengo dos hermanos mayores, hijos de un matrimonio anterior, y a esta prima que vive también en La Plata. “¡No te puedo creer!”, me dijo mi prima, “¡con lo que le hubiera gustado leer todo eso a mi mamá!”. Porque su mamá, mi tía Francisca, la hermana de mi viejo, se había criado con una familia muy literaria, que pertenecía a un círculo de poetas. En ese círculo estaba López Merino, un amigo de Borges…

—Ay, me suena… —dije yo.

—Sí, un montón —confirmó Brizuela para no interrumpirse—. En esa casa donde trabajaba mi abuela, la habían acercado a mi tía a la lectura. “Era la familia Campo”, me dice mi prima. “Che, Alicia, ¿no sería Ocampo?”, le digo yo. “Ah, sí”, dice, “me parece que sí”. “Ah, pero Ocampo es un compañero mío del colegio”, digo yo. Entonces corto…

—¿A qué colegio fuiste?

—A un colegio de mierda, de los hermanos maristas. Los mismos del Champagnat, pero menos paquete —resumió—. Y lo llamo a mi amigo y le digo: “¿Vos no tendrás un tío viejo como de noventa y pico de años que se pueda acordar de mi abuela la cocinera?”. “Sí, sí”, me dice. Y lo llamó. Y el viejo encantado, porque él también escribía y yo acababa de ganar el premio Alfaguara. Como mi amigo es también hijo de belgas, rubio, alto, enorme, ojos verdes, blanquísimo, no esperaba lo que me iba a encontrar. La familia tiene otra veta, justamente por ser riojanos. Entonces, entro al Patio Bullrich donde me había citado, porque son de una familia muy rica, y lo veo a este tío viejo de atrás: ¡y era la cabeza de mi viejo! Idéntica. Me siento, muy canchero, como si fuera un encuentro más, aunque por dentro se me jugaban una cantidad de cosas que ni te cuento, y le digo: “Usted debe haber conocido a mi tía”. “¿Cómo se llamaba?”, “Francisca”, le digo. “¡Ahhh….! —Brizuela abrió los ojos y aspiró con ruido en un gesto de sorpresa y vértigo difícil de transcribir—: ¡Pancha!”, me dice. Y mirá el recuerdo de un nene. Me dice: “Me servía el café con leche desde arriba para que se enfriara y no llegara tarde a la escuela”. Por supuesto, a partir de entonces sospeché quién había sido el padre de mi viejo y de sus dos hermanas mayores. Y empecé como en una especie de frenesí a investigar e investigar e investigar qué había sido esa relación. Cosa que te lleva no solo a Pedro Nicolás de Brizuela sino al derecho de pernada, por ejemplo, algo que está muy en boga ahora pero que es fascinante analizar desde un punto de vista totalmente desprejuiciado. Una periodista muy feminista me decía: “Tu abuela fue violada”. Pero nadie es violado durante diez años. Salvo que te tengan encerrado. Evidentemente hay una relación de poder, pero uno no la puede ver como un caso de violación. Así que me puse a investigar. Y estoy tomando apuntes. Pero me doy cuenta de que tengo como un… mandato. Un mandato de no hablar de eso.

Cuando Brizuela hacía una pausa resultaba más evidente el esfuerzo de oírlo en ese ambiente hostil, de trajinar y ruido, sin ninguna materia blanda que absorbiera el sonido salvo nuestros cuerpos; y el suyo podía absorber muy poco ese 20 de marzo de 2019. Las sillas estaban desordenadas, los pisos sucios. La máquina de café era una turbina ronca que interrumpía todo. La voz de Brizuela era grave y cadenciosa, pero también esforzada. El ánimo del fin del día pesaba sobre las cosas.

Llevábamos un mes y medio en contacto para armar un dossier que íbamos a dedicarle en la revista de literatura El Ansia. Hasta la mañana en que murió, a los 55 años, a pesar de que los mensajes y los tonos se habían ido poniendo alarmantes, en ningún momento se me cruzó por la cabeza que pudiera quedarme sin la crónica que me tocaba escribir. Ni siquiera los audios que me grabó el día anterior desde la cama del hospital con un hilo de voz me indujeron a sospecha. Menos aún se me hubiera ocurrido que la crónica iba a convertirse en otra cosa. Si alguien me hubiera dicho entonces que pasaría cinco años buscando y levantando obsesivamente cada piedra que Leopoldo Brizuela movió de lugar en vida, lo hubiera juzgado tan improbable como una pandemia global.

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