Entrevistas

“Marcelo Cohen era un visionario”

Conversamos con Maximiliano Papandrea, amigo y editor del autor de Donde yo no estaba, alrededor de las reediciones de este escritor imprescindible, fallecido en 2022.


Por Valeria Tentoni. Fotos gentileza Maximiliano Papandrea.


Donde yo no estaba se destaca en una torre de la mesa de novedades, una voluminosa reedición que acaba de publicar Sigilo y continúa el camino de Marcelo Cohen en el sello, donde ya habían aparecido Algo más, La calle de los cines, Llanto verde y sus magníficas traducciones de M. John Harrison o J. A. Baker. La apuesta es grande, un libro de mil páginas en la era de la dispersión, pero su editor, Maximiliano Papandrea, no tuvo ninguna duda: “Somos varios los que consideramos que Donde yo no estaba es la obra cumbre de Cohen, no solo por su extensión sino también por su ambición. Está en el centro de una obra mayor que se desarrolló a lo largo de más de veinte años y tiene que ver con la creación del Delta Panorámico, que arranca con su libro Los acuáticos. Es una zona imaginaria de posibilidades ilimitadas para su literatura. Hay una búsqueda desde la construcción del mundo y una exploración de las capacidades expresivas que le habilita ese lugar imaginario. Es bastante distinta de toda la obra anterior, que es un poco más distópica y oscura, donde encontramos un diagnóstico de cómo funciona el sujeto en las sociedades contemporáneas. Si bien hay un montón de continuidades, en el Delta ya se empiezan a cruzar los elementos, el futuro con el pasado. Es una especie de retrofuturismo donde todo es posible. Hay una cantidad de libertades temáticas y de guiños que le dan un rango expresivo e imaginativo descomunal y mucho mayor que el que venía teniendo hasta entonces, que no era poco", asegura. Allí nos encontraremos con el diario íntimo de un personaje de ficción, un protagonista que cuenta minuciosamente su vida cotidiana y va configurando un entramado vincular y social, laboral y familiar que se despliega en una isla con su flora, su fauna, su gobierno, su religión y hasta su propia lengua. “Es la construcción de un mundo totalmente imaginario que tiene un transcurrir realista”, apunta Papandrea. “Hay inventos de tecnología y personajes misteriosos, del orden de lo fantástico, pero se lee como la novela de un hombre de mediana edad al que le pasan cosas de todos los días, la relación con la esposa, la crianza de sus dos hijos, el trato con los empleados, las cenas con amigos, apoyar o no a un gobierno, etc. En suma, es una obra total”.

Publicada originalmente en editorial Norma, su editora fue Leonora Djament: “Cuando entré a la editorial en 1999, Marcelo Cohen ya venía publicando ahí con Fernando Fagnani. Cuando Fernando se fue, tuve el enorme placer de seguir publicando sus libros, tanto novelas, cuentos como ensayo. Y además continuamos con el ambicioso proyecto que dirigió Marcelo de volver a traducir toda la obra de Shakespeare a manos de traductores/escritores contemporáneos”, narra. Y agrega: “Fue un lujo trabajar con Marcelo. Creo que es uno de los escritores más inteligentes de la literatura argentina, que inventó todo un mundo -con idioma propio- para ayudarnos a entender este”.

Escritor, traductor y crítico, Cohen nació en 1951 y falleció a los 71 años, en 2022. Había publicado libros de relatos, de ensayos y novelas, entre los que se destacan El país de la dama eléctrica (1984), El fin de lo mismo (1992), El testamento de O’Jaral (1995), Hombres amables (1998), Casa de Ottro (2009), Balada (2011) y Música prosaica (2014). Su labor como traductor lo llevó a entregar versiones de autores como Nathaniel Hawthorne, William Shakespeare, Raymond Roussel, Machado de Assis y William Burroughs, y desde 2003 hasta su muerte codirigió, junto con su compañera Graciela Speranza, la revista Otra Parte. Su obra está terminada, en el sentido de que no podremos esperar más libros nuevos de Cohen, recién escritos, pero la posteridad le depara nuevos y nuevas lectoras. Esa es también la esperanza en la que trabaja Papandrea, quien diseña por estos días continuidades para un catálogo que le está dedicado.


¿Cómo comenzó el vínculo de Cohen con el sello y qué se proponen con respecto a su obra?

Cohen nos parece uno de los escritores más importantes de las últimas décadas de habla hispana. Lo publicamos por la originalidad y la ambición de su obra, por el alcance y la búsqueda incesante por pensar el mundo desde lo formal como desde lo literario, lo político y lo filosófico. También por su relación con el humor, la imaginación y la tradición fantástica. Me parece una obra extraordinariamente rica e innovadora. Cohen era, sin dudas, un virtuoso de la lengua, alguien con un conocimiento de la tradición no solamente argentina e hispanoamericana sino también estadounidense y europea. Él empieza a publicar en simultáneo a grandes escritores del siglo XX como Burroughs, Pynchon, Ballard, Beckett, Calvino o los oulipanos Queneau y Perec. O Pessoa, a quien tradujo; de hecho, hay momentos en Donde yo no estaba que recuerdan a El libro del desasosiego. En la literatura de Cohen, que es tan rica, uno empieza a identificar la resonancia de sus lecturas. Uno puede rastrear cómo procesaba y tomaba las literaturas de los grandes escritores que estaban publicando, sus contemporáneos. Es un caso bastante singular en español y convierte a la narrativa de Cohen en una que es muy diferente de todo lo que se puede leer en sus contemporáneos nacionales. Es esto lo que le da cierta originalidad dentro del concierto de originalidades que son los grandes talentos de los escritores y escritoras de habla hispana de su generación.

La literatura de Cohen, además, no está compuesta solo de su ficción. ¿Cómo ves el diálogo con el resto de su obra?

Sí, también está compuesta por sus ensayos, su periodismo cultural y sus más de cien traducciones. . En conjunto, como legado es bastante extraordinario. Y es en ese sentido que pienso que la originalidad de su ficción está dada por el cruce entre la tradición rioplatense y las literaturas de otras partes, tanto narrativa como poesía. Esa variedad de resonancias tiene su reflejo en su obra como traductor, donde todo el tiempo está estableciendo puentes, trayendo a la tradición hispanoamericana literaturas contemporáneas extranjeras, como fue el caso de Burroughs y Harrison, más recientemente. Y lo mismo con los ensayos: hay un eclecticismo en la zona de intereses de Cohen que a mí me parece muy alumbrador. En un libro de ensayos de se puede encontrar toda la tradición fantástica, pero también está Peter Handke, Clarice Lispector, Cormac McCarthy, Larkin, Vallejo, y así. Para Marcelo, la literatura podía ser muchas cosas. Es un horizonte de posibilidades, y yo creo que los lectores de Cohen lo que sentimos es que es una literatura muy ambiciosa y exigente pero que a la vez te transforma como lector y te expande. No solo expande la experiencia de lo posible, en la literatura, sino también la mirada respecto de qué es y qué no es la ficción.

Con el equipo de la revista Otra Parte

¿Cómo comenzaste a vincularte con él?

Me acerqué a él hace unos veintiocho años. Yo era lector suyo, y tenía una pareja de amigos a los que había contagiado el entusiasmo por la obra de Cohen. En ese momento, él venia publicando libros de cuentos y novelas desde España, acababa de volver de Barcelona. Era fines de los noventa. Con Vera [Giaconi], mi pareja, y con esta pareja de amigos, se nos ocurrió escribirle para conocerlo y él nos citó en un café un mediodía. Estuvimos hablando como dos horas y media. Fue muy generoso, nos hizo muchas preguntas y se interesó por nosotros, que terminamos hablando incluso más que él. A medida que pasaban los años, si él tenía una presentación o alguna actividad pública, yo iba y lo saludaba. Fue un lento acercamiento. Para mí, haberlo conocido fue absolutamente determinante en varios aspectos de mi vida. Cuando funda la revista Otra Parte, hacia el año 2003 con Graciela [Speranza], yo ya trabajaba como corrector para editoriales y me llamó para formar parte del proyecto. La revista fue uno de los espacios de formación intelectual más importantes de mi vida, por la cantidad de gente talentosísima que participaba de ella, por cómo la pensábamos. Todavía sigo ahí, en su versión digital, pero durante los años de la revista en papel fue muy importante también por cómo me formó en disciplinas que no manejaba, el arte, la música, el teatro, no solo la literatura. Por otro lado, cuando Marcelo empieza a dirigir “Línea C”, un proyecto de colección de literatura fantástica que él propuso a InterZona en la primera época, me llamó para trabajar como editor junior. Él no solo dirigía la colección sino que además hacía casi todas las traducciones, y a mí me pedía que revisara las traducciones y corrigiera los libros. Yo tenía una profunda admiración por su literatura pero al mismo tiempo me interesaba mucho la literatura fantástica, y eso tenía un tronco común que era la obra de Paco Porrúa en Minotauro. Porrúa había sido el primero en darle un encargo de traducción a Cohen. Fue uno de sus maestros. Cohen, a su vez, publicó un libro en Minotauro. Para mí era muy emocionante estar trabajando ahí, participando de ese proyecto editorial. De hecho, “Línea C” arrancó con Preparativos de viaje de M. John Harrison, de quien yo era fanático, y mi primer trabajo para el sello fue revisar la traducción de Cohen de ese libro. Si bien yo venía trabajando hacía varios años en la industria editorial como corrector y editor freelance, el hecho de haber trabajado con Marcelo en InterZona me puso en el carril que termina directamente en la fundación de Sigilo. InterZona fue mi primera experiencia laboral en una editorial independiente. Me gusta pensar que Marcelo, a quien considero mi maestro, de algún modo me señaló el rumbo. Hasta ese momento yo quería ser escritor y así fui encontrando el camino hasta convertirme en editor.

¿Y cómo llegan los libros de Cohen a Sigilo?

De la frecuentación en la revista y en “Línea C” se fue armando una amistad. Cuando decido fundar Sigilo, lo llamé para proponerle reeditar un librito que él había sacado en Norma, una biografía de Buda, un libro chiquito y divino. No me animaba a pedirle otra cosa, pero él me dijo que prefería no reeditarlo. Al año siguiente, me llamó para contarme que había terminado una novela, que fue Algo más, y que si a mí me interesaba él me la podía dar para publicarla. Fue uno de los primeros libros de Sigilo, un acto de generosidad enorme que él tuvo con la editorial y conmigo. Hay previo a eso otra anécdota muy hermosa: cuando él termina de escribir Donde yo no estaba, publicaba en el grupo editorial Norma, que dirigía Leonora Djament. Había estado como cinco o seis años escribiéndola, y me llamó para preguntarme si yo quería leer el manuscrito; ese fue uno de los primeros trabajos de edición con un escritor importante que tuve. Me lo mandó, lo imprimí, lo leí, se lo comenté en un café de Chacarita, estuvimos charlando un rato largo sobre la novela y después de eso, en agradecimiento, le pidió a la editorial que yo fuera su corrector. Y ahora la sacamos en Sigilo. Cuando Marcelo llega a Sigilo, venía de publicar sus últimos libros en Alfaguara, con Julia Saltzmann, pero ella se estaba yendo y él se quedaba sin editora. Ya estaba empezando a publicar sus ensayos en Entropía, y ahí decidió publicar la ficción en Sigilo. Dos editoriales independientes.

¿Hablaron antes de su muerte de los libros por venir?

Antes de que muriera, él estaba escribiendo un libro. Se había salido del Delta panorámico y estaba escribiendo un libro de cuentos muy cortitos. Mientras esperaba que terminara eso, ya le había propuesto armar una estrategia de reedición de su obra de ficción. La idea que tenemos hoy con la obra de Cohen es no solo reeditar Donde yo no estaba sino también empezar a reeditar parte de su obra que hace rato no se consigue. En principio sería El fin de lo mismo, otro de sus grandes libros, Balada e Impureza, una novelita muy linda que se recuerda poco.


Donde yo no estaba avanza en universos fantásticos y lo ubica en el elenco de escritores que han renovado el género en nuestra región, como Angélica Gorodischer. ¿Qué valor le das a esta búsqueda?

Cohen es un gran continuador de la hermosa tradición fantástica rioplatense que cuenta con Cortázar, Borges, Felisberto, Silvina Ocampo, Bioy, etcétera. Pero, además, es quizás el mayor innovador de la tradición fantástica en lengua hispana. En un ensayo, él dice que no se puede pensar el futuro como se pensó en el siglo XX desde la ciencia ficción ni como lo piensan desde los países hegemónicos, desde el norte. En su obra hay una actualización y reflexión constante del pensamiento político post dictadura, con ecos y huellas de Ballard, Burroughs, Pynchon, grandes diagnosticadores del siglo XX.

Ricardo Romero dice que la obra de Cohen no habla del futuro sino que viene del futuro.

La frase de Ricardo es muy simpática pero además es un lindo y paradójico modo de decir algo que los lectores de Cohen sentimos: que leerlo es una experiencia de lectura que expande muchísimo y por eso somos tan entusiastas. Para la generación de Romero, que es la mía también, él era una figura tutelar; lo teníamos como un referente que nos hablaba de muchas maneras. Yo creo que si hay una palabra que muy rápidamente puede codificar la sensación que los que lo admiramos tanto tenemos es que Cohen era un visionario. En un artículo de Matilde Sánchez ella hace una asociación muy iluminadora y lo relaciona con la obra de Arlt y la de Xul Solar, empezando por sus paisajes utópicos. La inscripción que hace Sánchez te hace pensar en la cantidad de relaciones que hay entre la obra de Cohen y Xul Solar, de puentes que se pueden establecer. Por ejemplo, los dos eran inventores –Cohen era inventor en la ficción, se la pasa inventando cosas–, la relación con el Delta, el juego, el humor, lo interdisciplinario, la panlengua de Xul con la panconciencia de Cohen, el hecho de llevar lo rioplatense a una zona de la imaginación donde se inventan palabras que se incorporan a la lengua. La obra de Cohen es visionaria también en sus juegos de anticipación, que están muy a la vista: era alguien que en su imaginación se ponía a jugar con ideas narrativas que veinte años después se terminaban verificando en la realidad. Por ejemplo, en Donde yo no estaba uno de los personajes es una especie de mayordomo de inteligencia artificial, y el modo en que habla es el mismo modo complaciente y de excesiva cordialidad con el que hablan las IA hoy en día. Ese es uno de los tantos artefactos anticipatorios que tiene la obra de Cohen. No creo que sea lo más importante, ni lo que más le interesaba, pero sí me parece que ahora que Cohen murió y se cerró su obra, la gran pregunta que yo me hago es cómo se va a empezar a leer en toda su potencia latente y en toda su riqueza. Existe la posibilidad de que su valor se empiece a poner en evidencia desde otros lugares. A mí mismo me pasó en la relectura reciente que la obra de Cohen me empezó a hablar de otras maneras. Cuando Ricardo dice eso, pienso que hay una zona misteriosa en la obra de Cohen que puede que se vaya iluminando con el paso del tiempo. Lo más importante es que vuelva a estar a disposición.

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