Entrevistas

Malena Higashi: la ceremonia de la escritura

Acaba de publicar el breve ensayo La voz del incienso en Objetos personales: "La ceremonia del té y la del incienso podían ser pasatiempos, pero también vías de exploración de la naturaleza humana", dice.

Por Valeria Tentoni.

Nacida en Buenos Aires en 1984, Malena Higashi se formó en Letras y en la sede argentina de la escuela Urasenke. En 2017 viajó durante un año a Kioto para profundizar sus estudios orientales y convertirse en practicante de Chadō, la ceremonia japonesa del té, además de Presidenta de Urasenke Argentina. Además de escribir, se dedica a difundir el Chadō a través de clases, encuentros de té, talleres y artículos periodísticos, y es titular de la materia Literatura japonesa clásica y del Taller Artes del Dō en el Instituto Superior de Estudios Japoneses.

En 2022 publicó su primer libro, El viento entre los pinos: un ensayo acerca del camino del té (Fiordo), con ilustraciones de Nicolás Stimolo, y La voz del incienso (Ubu ediciones), que acaba de ser reeditado en la colección “Souvenir” de Objetos personales, un sello joven que tiene títulos de Mauro Libertella, Leticia Obeid y Eduardo Muslip, entre otros.


En El viento entre los pinos contás que te formaste en Letras pero en cierto momento decidiste abandonar tu vida para viajar al Japón y formarte en la ceremonia del té. ¿De qué modo creés que la literatura te preparó para ese contacto?

Hace un par de años Cynthia Edul me invitó junto a otros colegas a un ciclo que se llamaba Los oficios de lxs humanistas. La idea era ver de qué maneras las humanidades nos preparan para intervenir en la realidad, activar proyectos, crear nuevos territorios y desplegar profesiones innovadoras. Yo tenía que contar mi experiencia como Licenciada en Letras que se dedica a la ceremonia del té (y todo lo que hice en el medio de esa “mutación”). Hoy me parece natural que se haya dado así, aunque en ese momento sentía que era como saltar al vacío. Ahora puedo ver que ese tiempo suspendido, ese año en el que me dediqué a estudiar la ceremonia del té en Japón, en realidad era el motor de todas las cosas porque tenía que ver con el deseo. Eso fue lo que me dio la literatura, la posibilidad de conectar con el deseo.

Hay un gran protagonismo de lo poético en ese libro y también en la práctica retratada. ¿De qué modo entendés que se vinculan?

Es que el chanoyu en sí es un artefacto poético. Lo veo en cada detalle: hay un dulce que se llama hatsushimo (la primera helada), un procedimiento para preparar el té en donde se usa una hoja con gotas de agua en su superficie para dar una sensación de frescura al invitado; los textiles en el mundo del té, por sus dibujos, texturas y colores me resultan poesía visual. Y estas son tan solo algunas, la lista es inagotable.

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Trabajás entre el ensayo y la crónica, es interesante señalar que tenés formación también como periodista y mantenés un newsletter, Un japón propio. ¿Qué podés contarnos de tu búsqueda de herramientas a la hora de escribir?

Creo que mi herramienta es la lectura y lo que más disfruto leer son diarios íntimos, correspondencias, ensayos y crónicas. Son todos géneros muy ligados al relato personal, a cierta búsqueda introspectiva. Y también al diálogo. Los textos que más me interesan son los que logran mezclar un poco todo y que son difíciles de encasillar, entonces a la hora de escribir no pienso de manera tan marcada en un género sino en la posibilidad de jugar con distintos géneros.

¿Y qué obras de literatura japonesa te han marcado? Pienso, rápidamente, en Tanizaki y el Elogio de la sombra, pero debe haber más…

El elogio de la sombra es uno de mis ensayos favoritos sin dudas… Me gusta mucho El libro de la almohada de Sei Shonagon, también es un libro en el que aparecen una multiplicidad de géneros, tiene mucho humor y sarcasmo. ¡Sei Shonagon es bitchy! Pero de una manera tan sutil y refinada que da gusto leer. Disfruto mucho leer también a autoras vivas y actuales. Banana Yoshimoto es una de mis preferidas, su libro de ensayos Un viaje llamado vida y Sueño profundo son mis elegidos… Y otra más reciente para mí es Ryoko Sekiguchi que es japonesa pero lleva más de veinte años viviendo en París. Me atrapa su mirada, su sensibilidad y los temas que toca en sus ensayos: la voz, la nostalgia, la comida japonesa.

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En La voz del incienso se retrata otra práctica, menos conocida en Argentina, también proveniente de Japón. ¿Qué podés contarnos de este ensayo? ¿Lo pensás como una continuidad? ¿Marca una senda para tu obra futura?

Escribí La voz del incienso inmediatamente después de terminar El viento entre los pinos, así que siempre sentí que era como una extensión del libro. Pero tiene otro tono y luego se va por otro camino, que es el de los aromas y los olores de Japón. La dimensión olfativa es un tema que me interesa mucho. El olfato es uno de los sentidos que tenemos más relegados pero es el más primitivo e instintivo. Por eso siento que reivindicarlo y disfrutarlo es un arma que tenemos a favor, como especie.

¿En qué dirías se parecen las ceremonias del té y del incienso a la escritura, a la lectura? ¿Por qué creés que floreció esta afinidad en tu literatura?

Cuando en una sola línea leo todos esos universos juntos en mi cabeza se arma inmediatamente una escena de El libro de la almohada o de La historia de Genji, es decir, una escena cortesana de ocio en el período Heian. Se trataba de una corte letrada en donde la poesía y las habilidades para componer y recitar te aseguraban un buen estatus. El refinamiento y la inteligencia eran muy valorados. La ceremonia del té y la del incienso podían ser pasatiempos pero también vías de exploración de la naturaleza humana. En ese sentido creo que todos estos caminos se encuentran en mi escritura: son los espacios que me interesa habitar.

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