Ezequiel Pérez: “Intento no inmiscuirme entre los personajes"
Lunes 24 de agosto de 2026
Eterna Cadencia Editora renueva su apuesta por el autor de Mandarino con la reedición de su novela anterior, Hay que llegar a las casas.
Por Valeria Tentoni.
“El río se traga la costa, las puertas y las persianas del pueblo": así comienza Hay que llegar a las casas, novela de Ezequiel Pérez que fuera publicada originalmente por Libros de UNAHUR y reconocido como finalista del Premio de Novela Fundacion Medife-Filba. Ahora, el libro se reedita por Eterna Cadencia, donde ya se había publicado Mandarino.
¿Qué podés contarnos de este recorrido, cómo es para vos asistir a la historia de este libro?
Tiendo a desentenderme de los libros una vez que se publican, así que te diría que este libro llega de ese recorrido como un viejo conocido que se fue de viaje y ahora volvió para contarme cómo le fue. Me gustó encontrarme con esta novela a raíz de su nueva edición porque tengo curiosidad por escuchar qué tiene para decir.
Hay un elemento clave que se repite en ambos libros, las mandarinas: ¿qué podés decirnos, a partir de esta coincidencia, de la construcción de tu imaginario? ¿Cómo creés que se ha ido solidificando a través de los años?
Últimamente siento todo lo contrario. Nunca sé desde dónde parto a la hora de escribir ni qué es lo que espero de un texto. Nada. Parto de un imaginario cada vez menos sólido, menos pesado. Un imaginario acuoso.
¿Y de lo que sucede con los objetos inanimados en tus historias? ¿Qué papel juegan?
Los objetos me interesan porque contienen la historia de cómo llegaron ahí, qué se proyectó sobre ellos, en qué anécdotas estuvieron involucrados. Y a la vez son objetos, cosas que por sí solas no dicen nada. Me gusta mucho cuando alguien me cuenta qué tenía tal persona en la mesita de luz el día que se murió o de dónde llegó tal cosa que, si no fuera por tal circunstancia que lo convierte en parte de la vida y la historia de alguien, podría ser basura.
Hay que llegar a las casas avanza desde un tono realista que Gabriela Cabezón Cámara asocia al ritmo saeriano, probablemente también por el escenario litoral. ¿De qué modo te relacionaste con este autor argentino y qué otros autores nacionales te han interesado?
Me relaciono como lector. Yo creo que de Saer lo que más me interesa es el gesto: es un escritor que lleva la lengua hasta un extremo en el que el texto se le desarma, una escritura en picada y a los manotazos y muy precisa en su derrumbe. Y la gran sensibilidad que tiene para hundirse en ese gesto. Como si la escritura se impusiera siempre al proyecto. Me gusta su humor sutil y melancólico, a veces absurdo. Sobre todo porque suelo aburrirme con los escritores que cuentan chistes. Cuando escribí esta novela estaría leyendo Cómico de la lengua de Néstor Sánchez. Y también andaría fascinado con Los santos inocentes. Algo del ambiente de esa novela se me pegó en la escritura. Imagino que estaría Calveyra, por supuesto, siempre Calveyra, José Ángel Valente…Me atraen mucho los escritores que juegan muy seriamente hasta romper el juguete.

¿Qué podés decirnos de la geografía de tu novela? ¿Por qué la elegiste y cómo decidiste trabajar con este elemento, con la escala pueblerina?
Lo curioso es que no estaba pensando en un pueblo, sino en una ciudad. Una ciudad de provincia con sus zanellitas dando vueltas por el centro, sus bares, su lógica de ciudad pequeña, su canal de televisión local donde dan el noticiero, sus industrias en la periferia, su cercanía con las grandes ciudades. Un lugar que no está aislado, pero que podría aislarse si fuera necesario. Algo intermedio que me permitiera dar cuenta del ida y vuelta entre vecinos que se conocen a medias.
Hay una historia de duelo por la muerte de un hermano pero también un reencuentro del narrador con su pasado, con su padre. ¿Cómo decidiste abordar este universo masculino?
Intento no inmiscuirme entre los personajes. Cuando me veía aparecer con el dedito levantado para explicarlos o justificarlo, borraba. Sobre todo porque siento que hay algo hipócrita en el subrayado cuando uno asume la escritura como un control y se pretende mejor que sus personajes. Son un grupo de tipos sufriendo, evidentemente, violentos y violentados, como muchos de mis amigos y como yo mismo en algunos momentos, que se comunican entre sí de la manera en que se han comunicado toda la vida: a medias. Cada uno hace su duelo como puede.
Hay componentes de terror, de thriller, de policial. ¿Cómo trabajaste con los géneros, de qué modo decidiste aprovecharlos?
Nunca pensé en la idea de “género”. De hecho, desconozco bastante sobre ciertos géneros como la ciencia ficción o el terror. Lo que no implica que no haya leído a escritores que entran dentro del terror o la ciencia ficción, solo que no me acerqué a ellos desde esas categorías. Yo quería escribir una novela sobre dos hermanos que salían a cazar a mitad de la madrugada.
"Un estilo austero y sugerente", dice la contratapa: ¿qué podés decirnos acerca de la importancia que le das al estilo y de qué modo has ido puliéndolo a través de los años?
El estilo como una relación “corporal” con la escritura, con esa dimensión íntima, para mí es fundamental. Me trabo cuando siento que solo estoy llenando la página. En cuanto al tono del texto, es muy importante para mí, pero no es acumulativo como para poder echar mano de lo que hice anteriormente. Con cada uno de los textos hay una búsqueda que empieza casi de cero. Lo que sí he ido trabajando es la paciencia: saber que escribir lleva tiempo y hay que buscar el tono hasta que aparezca.