Ficción

Todavía una fábula política

Hobbes vía Thom Yorke

"Es la venganza histórica de la literatura: cuando el poder entra en ella, es siempre un bufón, es siempre un poco ridículo". Una lectura de La suma de los ceros, del mexicano Eduardo Rabasa, en la versión argentina por Ediciones Godot, por Edgardo Scott.

Por Edgardo Scott.


Todavía una canción de amor, todavía una fábula política. En La suma de los ceros, del mexicano Eduardo Rabasa, afortunadamente parece volver la vieja y orwelliana e imprescindible novela política.
La suma de los ceros posee pleno alcance latinoamericano (el poder es omnívoro, imperial, y por sobre todas las cosas, bruto: no sabe, no entiende, no distingue geografías). En la novela de Rabasa, esa primera dimensión, esa primera, rudimentaria y primera abstracción del poder político que es la ideología, se deja ver, se despliega en una trama farsesca y dinámica. Es la venganza histórica de la literatura: cuando el poder entra en ella, es siempre un bufón, es siempre un poco ridículo.
Entonces, ¿capitalismo, capitalismo salvaje, capitalismo tardío? ¿Crisis de representación, burla democrática? De seguro alguien pueda bostezar o mofarse. Cinismo igual cobardía. Pero sí, Rabasa retrata y critica a través de la fábula de Villa Miserias (con un memorable villano, Selon Perdumes, con un antihéroe del todo alicaído y posmoderno, Max Michels) los usos y costumbres, la moral, las prácticas de cualquier comunidad occidental capitalista latinoamericana; comunidades sin fe, atontadas por la lógica financiera, la propiedad privada, la acumulación, la compulsión, la corrupción y la desigualdad. A su vez, Rabasa incluye, pero subordina sin golpes bajos, el gran tema mexicano del narcotráfico y de los espectaculares crímenes que provoca a diario.
Y no sólo eso. “Es el mismo sabor que ha tenido desde siempre. El truco está simplemente en presentarlo a cada vuelta de una nueva forma”, dice y comprende hacia el final uno de los personajes, y enseguida reconocemos, reelaborado, el adagio de Tancredi en el Gatopardo, de Lampedusa, aquello de cambiarlo todo para que nada cambie. Porque el poder es conservador y miedoso.
Por último, el comienzo, el epígrafe. El epígrafe de La suma de los ceros es una larga cita de una canción de Radiohead. No cualquier canción: “A wolf at the door” (un lobo en la puerta, un lobo en la entrada). Hobbes vía Thom Yorke. Rabasa subraya, recorta de esa bellísima y para variar triste canción de Radiohead, que “someone else is gonna come and clean it up / born and raised for the job / someone always does”. No habría poder sin servilismo. Como no habría amo sin esclavos. Y por otro lado –y el final de la novela también lo sugiere– hay algo de la lógica de las baobabs de El principito: siempre volverán a crecer. Lo que nunca se podrá erradicar.
La decisión de Godot de editar esta novela, dentro de un catálogo que privilegia textos clásicos de la gran tradición moderna (Joyce, Woolf, Proust, Schowb, Beckett, etc.) y crítica y ensayo contemporáneo de refinada originalidad (Ferrer, Zizek, Gusmán, Jameson, Kohan, Benjamin, etc.) inaugura e intuye la posibilidad de una serie de novela política latinoamericana. De un modo disperso, a lo largo de los últimos años, eso ha ido gestándose. Ya debe ser el momento de la reunión. Volver a usar un lenguaje muerto, asesinado. Volver a poder decir –escribirse– lo que durante tantos años fue un páramo de discurso: poder volver a tomar las armas.

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