Pálido caballo, pálido jinete: así comienza la novela de Katherine Anne Porter
Lunes 09 de febrero de 2026
Publicada por la joven editorial Palmeras Salvajes, es una de las obras claves de la escritora estadounidense.
Por Katherine Anne Porter. Traducción de Matías Battistón.
En sueños ella sabía que estaba en su cama, pero no la cama donde se había acostado unas horas antes, y el cuarto tampoco era el mismo, aunque lo reconocía de algún lado. Su corazón era una piedra encima de su pecho y fuera de su cuerpo; sus latidos se demoraban y se detenían, y sabía que iba a pasar algo extraño, aunque por la celosía se filtraba una brisa fresca, los rayos de luz eran de un azul oscuro y toda la casa estaba sumida en una profunda somnolencia.
Ahora tengo que levantarme e irme mientras los demás duermen. ¿Dónde están mis cosas? Las cosas tienen voluntad propia en este lugar y se esconden donde quieren. La luz del día va a golpear de súbito el techo, haciendo que se levanten sobresaltados; se les van a iluminar los rostros con preguntas: ¿Adónde vas? ¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás pensando? ¿Cómo estás? ¿Por qué dices esas cosas? ¿Qué quieres decir con eso? Basta de dormir. ¿Dónde están mis botas y qué caballo voy a montar? ¿Fiddler o Graylie o Miss Lucy, con el hocico largo y la mirada torva? Qué bien lo he pasado en esta casa por la madrugada, antes de que todos despierten y se enmarañen como tanzas de pescar arrojadas con torpeza al agua. Aquí ha nacido demasiada gente, han llorado demasiado, han reído demasiado, y se han enojado y excedido demasiado los unos con los otros. Demasiada gente ha muerto ya en esta cama, hay demasiados huesos ancestrales en las repisas de las chimeneas, demasiados de esos malditos ornamentos de antaño en esta casa, dijo ella en voz alta, y ¡ay! cuánto polvo legendario se ha ido acumulando sin que nadie lo deje asentarse en paz ni un momento.
¿Y el forastero? ¿Dónde está ese desconocido alto y de piel verdosa que recuerdo merodeando por aquí, tan bien recibido por mi abuelo, mi tía abuela, mi primo quinto, mi perro decrépito y mi gato plateado? ¿Por qué les cae tan bien, me pregunto? ¿Y dónde están ahora? Y sin embargo, lo vi pasar por la ventana al anochecer. ¿Qué otra cosa tenía yo en el mundo que no fueran ellos? Nada. Nada me pertenece, pero esa nada es suficiente, es hermosa y es toda mía. ¿La piel que me cubre el cuerpo es mía o es algo que tomé prestado para cubrirme y guardar el decoro? ¿Qué caballo tomaré prestado para este viaje que no pienso hacer, Graylie o Miss Lucy o Fiddler, que puede saltar zanjas en la oscuridad y llevar sus propias riendas? La madrugada me gusta más porque los árboles son árboles esbozados con un único trazo, las piedras son piedras que sobresalen de unas sombras que ya sé que son pasto, no hay formas o siluetas falsas, el camino sigue dormido bajo una capa intacta de rocío. Voy a llevar a Graylie porque no les tiene miedo a los puentes.
Vamos, Graylie, dijo ella, tomándolo de la brida, tenemos que correr más rápido que la Muerte y el Diablo. Ustedes no sirven para esto, les dijo a los otros caballos ya ensillados frente a la puerta del establo, entre los cuales estaba el caballo del forastero, gris también, con nariz y orejas descoloridas. El desconocido se montó al lado suyo, se inclinó de un modo pronunciado hacia ella y la observó impávido, con una mirada fija e inexpresiva, cargada de una malicia despreocupada, una malicia que no hace amenazas y sabe esperar. Ella hizo girar bruscamente a Graylie, instándolo a correr. El caballo saltó el seto bajo de rosas y la zanja estrecha más allá y levantó pesadas nubes de polvo del camino bajo sus cascos. El desconocido cabalgaba a la par de ella, relajado, ligero, con las riendas flojas en la mano entrecerrada, erguido y elegante, mientras su ropa gastada y oscura flameaba sobre sus huesos; su cara pálida sonreía en un trance maléfico, sin dirigirle la mirada. Ah, a este hombre ya lo he visto antes, lo conozco pero no puedo ubicarlo. No es ningún desconocido para mí.
Sofrenó a Graylie, se irguió sobre los estribos y gritó: ¡No voy a acompañarte esta vez, será mejor que sigas de largo! Sin detenerse o girar la cabeza, el extraño siguió de largo. Ay, por qué estoy tan cansada, tengo que despertarme. “Pero primero un buen bostezo”, dijo, abriendo los ojos y desperezándose, “y un poco de agua fría en la cara, porque otra vez estuve hablando dormida,me oí, ¿pero qué es lo que decía?”.
Poco a poco, de mala gana, Miranda se fue alzando centímetro a centímetro del pozo del sueño y esperó, confundida, a que la vida retomara su curso. Una sola palabra sonó en su mente, un gong de advertencia, recordándole para el resto del día lo que ella con gusto había olvidado en sueños, y en sueños solamente. La guerra, dijo el gong, y ella sacudió la cabeza. Tener los pies en el aire con las sandalias colgando le recordó todas las diferentes personas que se sentaban en el escritorio de ella en la redacción del diario. Todos los días encontraba a alguien ahí, sentado en su escritorio en vez de la silla, que para eso estaba, con los pies en el aire, mirándolo todo, cargado de asuntos importantes, esperando el momento de abalanzarse sobre ella por esto o aquello. “¿Por qué no se sientan en la silla? ¿Debería poner un cartelito que diga: ‘Por el amor de Dios, siéntese aquí’?”.