Máscaras femeninas: así comienza la novela de Fumiko Enchi
Jueves 05 de marzo de 2026
Chai Editora publica el regreso de una autora japonesa fundamental, una atrapante historia sobre la tradición y la sensualidad oriental.
Por Fumiko Enchi. Traducción de Matías Chiappe Ippolito.
Tsuneo Ibuki y Toyoki Mikame fumaban sentados uno frente al otro en una cafetería del primer piso de la estación de Kioto.
A juzgar por la cantidad de colillas en el cenicero sobre la angosta mesa de fórmica, al lado del cual había un florero con un único crisantemo, llevaban charlando un largo rato. Amigos desde la universidad, hacía varios días que estaban en la región de Kansai cuando Mikame entró a esa cafetería por casualidad y cruzó miradas con Ibuki.
Tras intercambiar saludos, que brotaron de sus gargantas como sonidos animalescos, Mikame se dejó caer sobre el asiento frente de Ibuki, quien hasta entonces había estado solo, bebiendo café.
—¿A qué hora llegaste? —preguntó Ibuki en un tono suave, entre parpadeos intensos y nerviosos, frecuentes en él. Tenía los pómulos marcados y las mejillas hundidas, lo que le daba una expresión de cierto desánimo. Su nariz alta y delgada, sin embargo, hacía que la contextura ósea de su rostro luciera menos vulgar, y sus dedos largos y huesudos denotaban una suerte de elegancia.
Cada vez que Ibuki agarraba el cigarrillo con esos dedos delgados y hablaba con su tono pausado y agradable, Mikame sentía una especie de opresión placentera, como si estuviera frente a una mujer bella y cruel.
—Hubo un congreso en Osaka… llegué el día 2. ¿Y tú?
—Me pidieron que diera un curso intensivo en la Universidad S. que terminé ayer. Llevo acá una semana… Me estoy hospedando en un hotel aquí en la estación.
—Ah, ¿sí? Qué conveniente para encontrarnos. Tengo boleto de vuelta a Osaka para el tren nocturno. Vine a Kioto a ver qué encontraba, pero ya no sabía qué más hacer.
—Qué oportuno —acordó Ibuki con su amigo—. Justo estoy acá esperando a alguien. Va a llegar como a las dos. Es una persona que conoces.
—¿Quién? —Mieko Toganō-san.
—¿Qué? ¿Ella también vino a Kioto?
—Así es. Irguieron un monolito en conmemoración al poeta Junryō Kawabe cerca del templo Koetsu y ella va a descubrirlo durante la ceremonia de inauguración.
—O sea que Toganō-san es discípula de Kawabe…
—Sí. Ella es parte del grupo Arroyo cristalino… —Ibuki miró hacia un costado y soltó cuidadosamente la ceniza de su cigarrillo—. Yasuko vino con ella.
—Ah… ¿y dónde se están quedando? —preguntó Mikame como si nada.
Yasuko era la viuda de Akio, el difunto hijo de Mieko Toganō. Su matrimonio llevaba apenas un año cuando Akio murió en una avalancha en el monte Fuji. Tras el funeral, Yasuko no regresó a casa de sus padres, sino que se quedó a vivir en la residencia Toganō, ayudando a su suegra a editar una revista de poesía y asistiendo como oyente a las clases de literatura japonesa clásica que Ibuki impartía en la universidad donde era profesor adjunto. Además, investigaba sobre la posesión espiritual durante los períodos Nara y Heian, una indagación que Akio había dejado inconclusa al momento de su muerte. Ibuki y otros suponían que ella había elegido ese tema de estudio como forma de mantenerse conectada a la memoria de su marido.
Ibuki iba dos años por delante del difunto Akio cuando estudiaban en la universidad y ambos se habían especializado en literatura japonesa clásica, así que lo conocía bien. Sin embargo, tras la muerte de Akio, solo había mantenido contacto con Yasuko y Mieko luego de que ellas le pidieran asesoramiento sobre espíritus vengativos.
Mikame también tenía interés en la posesión espiritual, pero desde la perspectiva de su evidencia empírica. Era psiquiatra y aficionado a la etnografía, y luego de investigar sobre la posesión demoníaca en varios países de Europa desde los tiempos de la Biblia hasta la Edad Media se había enfocado en la posesión por parte de espíritus de zorros en la región de San’in, de espíritus de perros malignos o inugami en Shikoku, de serpientes deificadas en Kyūshū, entre otros casos sobre los que había publicado varios artículos académicos. Recientemente había desarrollado un interés por la posesión espiritual en la literatura clásica japonesa, como el fenómeno de la posesión por parte de shiryō, espíritus de muertos, y de ikiryō, espíritus de personas vivas proyectados fuera del cuerpo. Su vínculo con Yasuko y Mieko se había establecido a través de Ibuki. Junto a otros investigadores se reunían en la residencia Toganō cada mes o cada dos meses para intercambiar opiniones sobre la posesión espiritual.
El epicentro de ese grupo era naturalmente Yasuko, pero detrás de ella estaba siempre Mieko Toganō, quien aportaba a las reuniones una elegancia a la antigua y un encanto refinado. Yasuko resultaba en todo momento cautivadora, tanto por su inteligencia como por su belleza, pero Ibuki sabía que su vitalidad dependía de forma absoluta de la presencia de Mieko, sentada en calma.
Sea como fuere, Mikame se entusiasmó al escuchar que Yasuko y Mieko estaban en Kioto.
—Se están quedando en la Casa de las Camelias de la calle Fuya —dijo Ibuki—. Hoy Toganō-san irá a casa de Yorihito Yakushiji, el maestro de teatro Nō. Él va a mostrarle máscaras y trajes antiguos. Ella me invitó a acompañarla…
—¿Toganō-san lo conoce desde hace mucho?
—Escuché que la hija de Yakushiji aprende poesía waka con Toganō-san. Justo están ventilando el almacén, ya que es otoño. Al parecer algunas máscaras y algunos trajes son del período Keichō, del siglo XVII. ¿No quieres venir también?
—La verdad es que no tengo un particular interés por las máscaras y los trajes del teatro Nō, pero sí quisiera ver a las mujeres Toganō. Tenía pensado hacer una pausa acá y después ir a ver a un amigo de la facultad de medicina… pero bueno, vayamos juntos. Aunque supongo que ya tenían un plan armado.
—No te preocupes. Mira, esperemos juntos a que venga Yasuko. Todavía falta más de media hora para que llegue. —¿Y por qué diablos llegaste tan temprano entonces? Ibuki no respondió la pregunta.
—La última vez que nos vimos fue durante aquella sesión de espiritismo, ¿no? —Así es, no nos vimos desde entonces. Creo que fue como a mitad del mes pasado.
—El 17. Yasuko dijo que era el mismo día en que murió Akio, y se me grabó en la cabeza.
—Qué extraña resultó esa sesión. Si fue algún tipo de truco era imposible darse cuenta.
Saeki-san estaba maravillado. Saeki-san era profesor de ciencia aplicada y creyente en el Sutra del Loto del budismo Mahayana. Estaba convencido de que la ciencia y la religión se darían la mano en un futuro próximo, y le interesaban particularmente el espiritismo y las prácticas afines. El mes pasado había organizado una sesión con una médium en su oficina de la universidad. Mieko Toganō no había asistido, pero Yasuko, Ikuki y Mikame sí.

La médium era una mujer de unos treinta años, vestida con un traje negro con distintos tipos de tela. Se decía que se había criado en Manchuria, pero su contextura robusta y huesuda le daba más bien la apariencia de una campesina. No había en su rostro las sombras que cualquiera esperaría en una mujer capaz de comunicarse con el más allá. Hablaba de forma lenta, como si su lengua fuera más corta de lo normal. Estaba sentada en una silla en el medio de la habitación que había colocado para ella el espiritista, un hombre delgado y de labios finos que se mantuvo de pie a su lado en todo momento. Él daba explicaciones a unas veinte personas allí reunidas acerca de la comunicación entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Según él, los espíritus que se escinden de lo material continúan flotando por nuestro universo, de modo que siempre nos acompañarán en los caminos que transitamos y en las habitaciones que ocupamos; por supuesto, son invisibles e inaudibles para los sentidos humanos. En los tiempos antiguos del príncipe Genji, las personas podían detectar presencias sobrenaturales, pero con el avance de la civilización y la tecnificación, la capacidad de interactuar con ellos se había ido diluyendo gradualmente. La médium allí presente era una de las pocas elegidas que aún tenían esas facultades.
—Para que no queden dudas sobre la autenticidad del procedimiento, voy a atar a la médium a esta silla aquí frente a ustedes —explicó el espiritista—. Observen con atención lo que ocurre en la oscuridad alrededor de ella.
Los ojos del espiritista, tras sus gafas, no parpadearon ni una sola vez. Mostró a todos el nudo de la cuerda con que había atado las manos de la médium y rodeó su cuerpo con una extensa rejilla metálica. Cuando apagaron las luces de la habitación, lo único que resplandeció en la oscuridad fueron los bordes de un megáfono y algunos anotadores y lápices, que estaban cubiertos con pintura fluorescente. La melodía de El Danubio azul empezó a fluir suavemente desde un fonógrafo. Ibuki y Mikame estaban sentados lado a lado de Yasuko y mantenían la mirada fija en la silla donde estaba atada la médium. A Ibuki, sin embargo, le causaba idéntica curiosidad la médium que Yasuko, sentada junto a él, y lo desconcertaba la sensación animal que le generaban su cuello y la piel suave de su brazo derecho, ligeramente inclinado hacia abajo. Está mirando fijamente todo lo que ocurre en la oscuridad. Seguro quiere tomar notas para informarle a Mieko, tal y como hace siempre, pero en la penumbra eso es imposible, así que debe estar registrando cada cosa en su memoria. Ibuki sintió varias veces el impulso de rodear con el brazo la pequeña cabeza de Yasuko y acercarla hacia él. Parecía que el ambiente misterioso y ajeno a la realidad de la sesión de espiritismo lo había liberado de las cadenas de su lujuria domesticada, avivándola.
Entonces comenzó a escucharse en medio de la oscuridad un sonido que parecía ser el de alguien palmeando el escritorio. —¡Ah! Los golpeteos, empezaron los golpeteos —dijo el espiritista.
Un haz blanco, demasiado fino como para llamarlo rayo de luz, trazó un arco en las sombras y se desvaneció. En ese instante, el megáfono sobre el escritorio salió proyectado como si alguien lo hubiera arrojado.
La médium parecía estar temblando, porque se oía el repiqueteo de las patas de la silla contra el suelo. Cada uno de estos ruidos, similares también a palmadas, hacía que el haz blanco se acelerara en la oscuridad, que los anotadores cayeran del escritorio como empujados por el viento y que los lápices salieran volando de un lado a otro. Unos sonidos incomprensibles, entre gemidos y plegarias, empezaron a brotar de los labios de la médium.
El espiritista detuvo el fonógrafo y retomó su postura erguida.
—El espíritu ha establecido contacto. Intentemos hacerle preguntas… Hola… hola… ¿quién es usted? En ese preciso momento, como si alguien hubiese presionado de pronto un interruptor, una profunda voz masculina manó de los labios de la médium.
—Je suis descendu de la montagne, je m’en vais à la montagne.
—¿Qué dice? ¿Qué lengua es esa? —preguntó el espiritista.
—Francés —respondió un estudiante que participaba de la sesión—. Está diciendo: “Vine de la montaña y desaparecí en la montaña”.
—Escuchemos… Seguro es el espíritu de alguien de Francia. Quizás un alpinista.
—Vine de la montaña… desaparecí en la montaña —repitió Yasuko con una voz tenue y firme que pareció un suspiro, tras lo cual estiró su mano hasta posarla en la rodilla de Ibuki. Él aferró esa mano pequeña entre las suyas para retenerla. Sin pensar en lo extraño del gesto de Yasuko, sencillamente continuó escuchando aquella voz masculina que transmitían los labios de la médium.
Inmerso en la oscuridad, el estudiante que sabía francés comenzó a interrogar a la voz que salía de la médium. Después dijo que parecía tratarse del espíritu de un alpinista que había muerto al caer en una grieta en el monte Matterhorn.
—¿Sabes dónde te encuentras? —preguntó.
—No lo sé. Es un lugar sombrío y lleno de polvo —fue la respuesta que transmitió la médium.
—¿Cuándo moriste?
—En 1912.
—¿Sabes cuántos meses y días pasaron desde ese momento?
—Lo ignoro. Camino por un lugar con hielo, nieve y poca luz, donde sopla un viento fuerte... Parece un lugar alto, a más de cinco mil metros sobre el nivel del mar...
—¿Tenías esposa e hijos?
—Esposa, sí... hijos, no recuerdo...
—¿No tenías? —Supongo que no.
—Instantes atrás escuchamos unos ruidos parecidos a golpes en el suelo, tras lo cual algunos anotadores se cayeron y un megáfono salió proyectado. ¿Tú hiciste eso?
—No los he movido... pero estaban obstaculizando mi paso y se apartaron por sí solos...
—¿Cuál es tu nombre? —Jean Matois.
—¿A qué edad moriste?
—¡Deje de hacerme esas preguntas! Ya lo he olvidado...
La médium pronunció estas últimas palabras con voz enojada.
—El espíritu se ha ido, lo hemos irritado —dijo el espiritista y encendió la luz.
La médium, rodeada por la rejilla metálica y atada a la silla, mantenía su mirada en alto y lucía extenuada, como si la hubieran torturado. Sus ojos se habían cerrado hasta convertirse en delgadas líneas de caligrafía, su garganta se estremecía como un pez y sus brazos y piernas soltaban los espasmos de alguien a quien han electrocutado. Toda la habitación estaba desordenada, como si hubiera pasado por allí un torbellino. Dos sillas se habían dado vuelta, sus patas miraban ahora hacia arriba, y un macetero se había caído desde lo alto de una esquina sobre otra silla. El suelo estaba cubierto, no solo por el megáfono, los anotadores y los lápices, sino también por un sinfín de hojas de cuaderno revueltas.