Ficción

Escribir

"¿Escribir no es hacerse a sí mismo sombra?": compartimos un extracto de La encendida silenciosa (Alfaguara), el nuevo libro de Marina Closs.

Pero ahora ¿ya no estoy ocultándome? O mejor, saliendo torpemente por entre mi carne, ¿ya no estoy demasiado manchada de un color que es casi sombra?

Sombra sobre mí de

¿quiénes?

¿Escribir no es hacerse a sí mismo 

sombra?

O echar la propia sombra —abierta, extraña, inmensa— sobre todo. Pero no. Hay otra cosa más: escribir es el único modo de volver al comienzo.

El comienzo, en donde estaba el tigre, los colores por los que yo caminaba como por habitaciones. Cada color, un cuarto en el que yo moría y, en un sueño, finalmente entraba. Como a todos esos cuartos a los que, en mis sueños, se entraba por una pequeña ventana. Una ventana alta, alargada, horizontal: como un cajón de muerto. Pero un hueco. Un cajón de muerto para entrar al hueco 


de una habitación.

Ahí, todo el día el tigre hablaba, el tigre aún me habla.

El diablo pasa, el diablo quema, el diablo se detiene y canta. La colcha negra me recubre el rostro, la cabeza como un velo y veo 


los sauces sedosos, los pétalos frescos y rojos: mi propia casa en donde vivo y muero… como por un caleidoscopio.

Allí, en ese rincón, quise poner un día una llama de fuego. Abrir la boca y lamer (con una lengua de fuego)todo fuera de mi persona. Ahí, quise terminar con todo. Olvidarlo. Transformarlo en mí.

Allí, merecería estar sentada para siempre, castigadapor todo lo que me imaginé que podía hacer en silencio.

Hundida, hecha una sombra de mi casa, yo era igual a todo lo que no quería. Yo sí que me detestaba. Podía haberme prendido fuego a mí misma. No quería ese cuerpo, ese sueño muerto adentro de los ojos. Veía sola todo lo que me indignaba. Y era, quizá, odio. De todo lo que aún me producía un extático 


temblor-en-el-cerebro.

Qué triste es odiar tanto un lugar al que uno tiene (siempre y paradójicamente) que volver. Por la ventana en forma de ataúd, subir una escalera y luego pasar horizontal, caer al otro lado de pie como desde un techo. Adonde todo se conserva 


triste y mágico.

Qué triste es estar esperando un fuego y tener solo manos para buscar, manos para preferir no actuar. Sonunas manos de dedos finos, pero no demasiado diestros ni demasiado largos. Dedos que siempre oculto (como si no fueran míos). De esos dedos, cae como cintas la memoria. Es 


mi corona de hojas negras.

De un color más negro que un hueco, las palabras se sacuden negras sobre mi cabeza, como esa colcha a través de la que un día vi. Las palabras, corriendo como si recién vibraran por primera vez. Yo no las estoy escuchando: las estoy escribiendo. Pero sé que son centrífugas y oscuras, porque sé que flotan ¡comosombras!

Entonces, esta es la sombra que hago ahora: un manto, un cuerpo en otra parte, un árbol, una naturaleza. Esta es una sombra fría que dejo tercamente caer. Porque, cuando escribo, enfrío: doy un corazón. Lo enfrío y lo saco. Lo devuelvo afuera, a la marea inerte. Quizá ahora pienso así: lo enfrasco. Porque no es suficiente con enfriarlo. Tengo que encerrarlo. Guardar todo eso en guirnaldas, al dolor de cabeza, al dolor, en el frasco, junto al tigre, junto al diablo. Junto al silencio del corazón latiendo.

¿En qué sentido uno es escritor? En el sentido de que piensa que todo lo demás (la realidad) está en pasado. Lo único en presente es escribir. Y está en el mejor presente: el indetenible. El único presente verdaderamente sublime.

No sé si, echando sombra, también, por casualidad, podría caer en verdad un poco de luz sobre algo. Es más bien, otra vez, la hora de encender. De hablar del diablo, quizá, como si yo fuera Él. Es más bien: dos ojos por los que la sombra pasa (luz roja del diablo, el tigre amarillo). Todos están sentados en la sombra de la ronda. En la oscuridad del sueño, todos están hundidos. Allí, me revuelco como la mujer de la playa. Los veo venir hacia mí y salvarme. O venir hacia mí y tirarme aún mucho más lejos.

Y escribo con el revés de la mano, la otra parte del cerebro, la memoria demacrada, como un sonámbulo bebiendo de la copa en la que algún día se podría ahogar. Desaparecerá, sonámbulo y perdido, como todos los tigres y los diablos. Por el hueco de una copa, en su bebida. En la propia gracia de su boca abriéndose.

Escribir fue, desde el principio, no aceptar quedarme en el principio. Fue, desde el principio, poder llegar a algún otro lugar. Soltar lentamente la carne, la propia casa como un destino viejo. El amor había sido una obediencia. Era y es por mucho tiempo una sumisión.

La escritura es otro Dios. Uno que sopla y alborota. La escritura era el hilo con el que iba saliendo de mi casa. Mi pasado: un hilo que yo misma fui soltando. Fui, también, tejiendo.

El pasado era entonces como un dios diminuto, hundido en el trabajo de mis dedos. Así también: el dolor que venía de la cabeza (a veces la cabeza me estallaba, a veces la cabeza se me caía rodando, a veces la cabeza se me marchitaba, se me moría grande y negra como una enorme flor). A veces el dolor dejaba quieto todo el cuerpo y me hacía explotar por los ojos. Hasta recuerdo que entonces comenzaron a temblarme los dedos. Los ojos

me dolían tanto que, antes de dormir, los cerraba solo para no sentir la espina adentro, y luego, para despertarme, tenía que forzármelos, abrírmelos de nuevo.

Entonces, 

solo me aferraba a la escritura como si fuese una puerta mágica: una herida tibia, abriéndose en lo oscuro de mi cabeza.

Cuando, arrodillada en el borde de la cama, decía:

Por favor, por favor, Dios,

¡dioses!,

¡lo que fuera!

Aunque sea, solo quiero

¡escribir bien!

Porque con escribir parecía alcanzar. Para quemarlo todo en una pira que arda y viva y viva y arda y siga y ría y siga riendo.

Por favor, escribir hasta el cansancio.

Hasta la adoración.

Escribir como un esclavo de algo que se están llevando, algo que se están robando… pero 

¿quién?

En mis ojos, por ejemplo, yo veía y perdía. En mis manos, en cambio, tenía y anotaba. En mis ojos, yo soltaba y dormía. En mis manos, quería todo el tiempo aferrar. Crearme un sigilo para entrar en una… persistencia. La belleza —casi esmerilada— de la forma.

Escribir es como el hueso de vivir, pensaba entonces.

No tenía nada que ver con la seriedad, tenía que ver con una cierta parte del cuerpo.


Una que me faltaba.

Con esa quizá aún podría escapar.

Y podía ¡sí!

O quizá

¡ya lo estaba logrando!

Escapar o empezar. Escribir no es distinto. Trae todo al inicio. Y desde el inicio permite ir hacia afuera. A partir de entonces, vuelve a traer todo al principio, una y otra vez. El movimiento de la prisa del escape y el sobresalto del principio. Son, para la escritura, una naturaleza.

Por eso, escribir también se siente como una encendida lenta.

Encender y abrir la propia carne: cambiar la propia piel, para escaparse, para poder entender. No para encontrar (porque ¿dónde?). Con buscarse, con buscar, 

¡alcanza!

Volver a aquella casa en donde uno no tenía cuerpo, no tenía tiempo (llevaba apenas de aquí para allá, como un amuleto, ¡su propia sangre a cuestas!). Llevaba de aquí para allá su deseo, su empeño, sus enseñas, su testarudez.

Un encerrar, entonces, y enfrascarse. Un encerrar, un encender un fuego y un hacerlo adentro. Hacerlo adentro de mí hasta dormir. A la valquiria, sobre todas las guirnaldas… ¡por mucho tiempo!, ¡para que viva una vida eterna de valquiria, aunque sea en sus sueños!

A la prisión de la casa abandonada, ponerle una ventana en forma de ataúd, nacer allí y morir, nacer allí y morir. Infinitas veces.

Escribir, entonces, como el acto más prolijo, más sencillo, más concreto de encerrarse (en el encierro está lagracia de poder empezar otra vez). Tanto más sumiso, cuanto más centrífugo. El acto sin final. El acto en el que uno, al fin, se crea a sí mismo. Un gesto frío y poderoso.

Un cuerpo de valquiria. Inmenso. Un cuerpo de amante trágica. Un cuerpo sin carne. Un cuerpo de sombra. De memoria, de fe.

Como en las notas pequeñísimas de Robert Walser, en la escritura se puede perder el sentido del propio tamaño. Hacer el propio hilo con el que uno va a salvarse: entre los dedos —fino— más-más-más fino. Y más-más-largo. Hasta cortar la respiración (porque respirar nos vuelve anchos y el hilo necesita que… seamos finísimos). Finos para ser intrépidos. Y finos para ser exactos.

Salir del laberinto de la propia pequeñez. Con un hilo inesperadamente largo. Y encontrar un lugar por el que desplazarse libre y vivamente. Desplazarse como sobre el cabello de un ángel. Gracias a la propia (abominable) sombra. Sombra de la vieja ansiedad. Gracias a la propia nueva sangre y nueva carne. Gracias al amor ya hecho.

En el acto de escribir, se vive doble. Se vive y se enciende. No para decir nada extraordinario. Sino para existir. Recomponer lo que nunca (de otra manera) hubiera podido decirse. Lo que estaría perdido (no existiría en ninguna parte, si uno no lo obligara). Esa es la tarea infame: repetir, redoblar, resignificar. Recomponer quiere decir resignarse. Y retornar. Y rematar. Y renegar. Y revolcarse. Hacerse pobre. Viuda. Amante. Mínima. Virgen, una vez más. Muchas veces.

Yo quería, con mi hilo silencioso, mi hilo casi sedicioso, con mi hilo en la garganta, atarme a mí misma a alguna parte. Quería una memoria propia, para una carne propia, para una sangre propia. Para una garganta. Para mí. Un cuerpo únicamente mío. Un cielo secreto e intensísimo que a mí misma me quitase mi temblor de vergüenza (o, quizá, de venganza).

Entonces escribía y escribo todavía haciendo muecas.

El esfuerzo me encierra. Me hace retroceder. Ese gesto de moverme (me río mucho mientras escribo, me río y me estiro). Soy al fin ese algo lírico: un pensamiento mágico.

Pero también algo danzante, que siempre quiere irse, puede irse, y viene. Viene. Y danza.

No quiero estar al frente, ni en el medio, ni al costado.

Quiero estar atrás. Atrás, que es donde hablo fríamente con el diablo. En donde ya no me estoy retorciendo. Estoy oyendo y respondiendo. Tengo en mí su propia carne.

Una risa demasiado larga, posiblemente tan feliz como sarcástica. La escritura es una risa que nadie jamás escuchó. No sé si fue Él, si fue el diablo o el tigre o la mujer. O ellos solo lo encarnaron. Yo me quedé muy atrás y ahí oí el hechizo de la profundidad. La escritura y la fragua: todo se puede hacer de prisa, claro, pero no está listo todavía, hasta que ¡empiece a quemarse!

En la escritura hay una puerta, una suerte de grieta.

Una llama blanca en la que todo desaparece y, afortunadamente, vuelve a aparecer. La escritura es una puerta por la que siempre ha de volverse. Aunque sea, al peor lugar, en el peor momento. Pero se volverá, habiéndose vuelto uno menos cuerpo, menos miedo, menos quieto. Se volverá siendo (sobrenaturalmente) fuerte.

En la escritura hay un dios que, vivo, pasa. Aquí es entonces la esperanza, el ritmo, el amor. Y la gracia: hacer de la propia piel la propia red, la propia —humilde— danza. Es y no es un cuerpo. La escritura es la visión (cada vez más cerrada y pura) ¡de una nueva carne

Artículos relacionados

Máscaras femeninas: así comienza la novela de Fumiko Enchi

Chai Editora publica el regreso de una autora japonesa fundamental, una atrapante historia sobre la tradición y la sensualidad oriental.

La gran noche de los trenes

"Los trenes puestos a morir, imaginemos": compartimos uno de los relatos de El país del humo, de Sara Gallardo, reeditado por Fiordo.

Pálido caballo, pálido jinete: así comienza la novela de Katherine Anne Porter

Publicada por la joven editorial Palmeras Salvajes, es una de las obras claves de la escritora estadounidense.

Mi madre: un cuento temprano de Jamaica Kincaid

Con traducción de Inés Garland, La parte maldita publica el primer libro de Jamaica Kincaid, donde se reunen cuentos salidos originalmente en The New Yorker y The Paris Review entre 1978 y 1982.

Los nombres del agua: un cuento de Kij Johnson

China Editora publica Al final de un río de abejas, conjunto de cuentos de la autora estadounidense, ganadora de los premios Hugo y Nebula, entre otros.

Brember: un cuento de Dylan Thomas

Con selección y traducción de Pablo Gianera, Edhasa publica cuentos y poemas selectos del escritor británico. Nos asomamos a una de sus piezas.

×
Aceptar
×
Seguir comprando
Ver carrito
0 item(s) agregado tu carrito
×
MUTMA
Seguir comprando
Checkout
×
Se va a agregar 1 ítem a tu carrito
¿Es para un colectivo?
No
Aceptar