Prólogos

Ricardo Piglia presenta la novela clave de Sylvia Molloy

En breve cárcel

"No se trata del estilo –de la elegancia en la disposicion de las palabras que es un sello de la autora–, sino de la cadencia y los sentimientos del relato": En breve cárcel fue publicada en la gran colección dirigida por el autor de Respiración artificial, quien la presentaba con estas palabras.  

Por Ricardo Piglia.


 


 


Leí por primera vez En breve cárcel hace años en un viaje a Entre Ríos. Nos detuvimos en un parador antes de cruzar el río y seguí leyendo la novela en un banco, bajo los árboles, y casi dejo escapar el ómnibus, capturado por la voz que narraba la historia. Cuando decimos que no podemos dejar de leer una novela es porque queremos seguir escuchando la voz que narra. Más allá de la intriga y de las peripecias, hay un tono que define el modo en que la historia se mueve y fluye. No se trata del estilo –de la elegancia en la disposicion de las palabras que es un sello de la autora–, sino de la cadencia y los sentimientos del relato. En definitiva, el tono define la relacion emocional que el narrador mantiene con la historia que está contando.


La novela de Sylvia Molloy, sabiamente narrada en presente y en tercera persona, produce un efecto de intimidad que es único y es inolvidable. La historia se construye desde tan cerca que nos da la sensación de estar espiando una escena prohibida, y el efecto de verdad –la certeza de que la historia es cierta y ha sucedido tal cual se cuenta– es tan nítido que leemos En breve cárcel como si fuera una autobiografía.


El relato reproduce los movimientos de la pasión amorosa: hay algo a la vez controlado y furioso en el detallismo delirante que analiza los cuerpos fragmentados y los sentimientos turbios con la serenidad de un entomólogo. Como elude –junto con la facilidad de la primera persona– cualquier forma de autocomplacencia, el texto adquiere la objetividad inquietante de un informe a lo Kafka.


La novela se instala en el presente porque el presente es el tiempo de la pasión, y trata de no salir del cuarto donde se espera –o se desea– que vuelva a suceder lo que ya ha sucedido. Hay unidad de tiempo y de lugar entonces, pero no hay tragedia porque las mujeres de la novela son amigas o amantes, rivales o cómplices pero construyen sus intrigas alejadas del mundo masculino y de la lógica conyugal. Parecen vivir –o querer vivir– una nueva forma del amor cortés, sin propiedad y sin ley, en el que sólo persiste la luminosa inmediatez del deseo.


Del otro lado –en un tiempo incierto– están las memorias de la infancia, de los amigos, de los trabajos, de la vida familiar. Parecen estar ahí para marcar todavía con más nitidez la irrealidad de todo lo que no sea la inminencia del cuerpo deseado. Hay algo de locura en el relato –de locura anhelada, podría decirse–, no importan el futuro ni los riesgos, ni las consecuencias, y el pasado sirve para percibir –como en Proust– que sólo se recuerda lo que se ha perdido.


Conozco pocas novelas que hayan narrado con tanta intensidad y belleza la historia de una pasión. La escena en que la protagonista escucha a su amada hacer el amor con otra mujer en el cuarto de al lado tiene la intensidad y la fascinación de un sueño que no terminamos de recordar.


Cada vez que regreso a En breve cárcel recuerdo el cruce del río. El rumor del agua, y la imagen de la otra orilla que se acerca, fijan e ilustran o encubren y desplazan –como en un sueño– la experiencia de una lectura inolvidable.



 

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