Poesía

Primitiva americana: tres poemas de Mary Oliver

Caleta Olivia publica, con traducción de Natalia Leiderman y Patricio Foglia, poemas de la gran poeta estadounidense.




Por Mary Oliver.  










John Chapman



Usaba una lata como sombrero, en donde


también cocinaba la cena


cuando anochecía


en los bosques de Ohio. Su remera


era una bolsa y caminaba


descalzo sobre sus pies torcidos como raíces. Y adonde fuera


manzanos brotaban detrás suyo, encantados


como adolescentes.


No hubo indio ni colono ni bestia salvaje


que lo lastimara, y por su parte, él celebraba


todo, ¡todas las criaturas de Dios! Apenas dudó,


una noche de lluvia,


en compartir su refugio, un tronco hueco, piel a piel


con todas las criaturas presentes: serpientes,


un mapache, tal vez, o hasta un gran oso.


La señora Price, oriunda del condado de Richland,


quien solía verlo merodear alrededor de la casa de sus padres,


recordaba: él habló


solo una vez de mujeres y sus ojos grises


se quebraron como hielo. “Algunas


engañan”, susurró, y ella percibió


el dolor, que aún recordaba


ya de vieja.



Bueno, los árboles que él plantó o regaló


prosperaron, y se convirtió


en una buena leyenda, haz


lo que puedas mientras puedas; cualquiera sea



el secreto, y el dolor,


hay que tomar una decisión: morir


o vivir, persistir en cuidar


algo que te importe. En primavera, en Ohio,


en los bosques que aún quedan podés encontrar


signos: parches


de un frío fuego blanco.









Relámpago



Los robles destellaron


un pálido dorado


sobre el filo


de la tormenta antes


de que el viento se levantara,


su boca sin forma


se abriera y comenzara


su aullido de horas y horas;


las luces


se apagaron de pronto, las ramas


se escondieron bajo


los techos inclinados, agitados


del campo


que se hizo de noche


de repente, excepto por


el relámpago – paisaje


encendido como inmediata


lección de creación, que ya


se fuga. Por dentro,


como siempre,


qué difícil distinguir


deseo y temor:


¡qué sensual


del relámpago su


golpe derramado! y sin embargo


¡qué fuego, y qué riesgo!


Como siempre el cuerpo


anhela esconderse,


anhela ir – lucha


por contenerse mientras


grita su miedo,


su entusiasmo, va


y viene – cada


rayo un río que arde


como quien


huye a través del oscuro


territorio del otro.









Los topos



Bajo las hojas, bajo


las primeras capas


livianas de tierra


ahí están – rápidos


como escarabajos, ciegos


como murciélagos, tímidos


como liebres pero más


escurridizos –


viajando entre


las pálidas raíces


del manzano, como por vigas,


estanterías de roca, nidos


de insectos y oscuros


campos de pimpollos


picantes y colmados


del alimento más dulce: las flores


de primavera.


Campo tras campo


podés seguir la trama


de sus largos


solitarios recorridos, y después


la lluvia borra


también ese frágil indicio –


tan exaltados,


como de felpa,


deseosos de insistir


generación tras generación


sin conquistar nada


más que una breve vida física


mientras viven y mueren,


empujando y empujando


con hocicos obstinados contra


la tierra entera,


que encuentran


deliciosa.

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