Personajes masculinos: una lección de Alberto Laiseca
Jueves 18 de junio de 2026
La Biblioteca Nacional publica el tomo Textos akáshicos, recopilación de Mariano Buscaglia que recupera artículos perdidos en revistas del maestro del realismo delirante. Compartimos uno de ellos.
Por Alberto Laiseca.
Cuando un autor no diseña bien a las mujeres siempre hay una falla en el diseño de los hombres. Parece que a un escritor le resulta más fácil fabricar un personaje de su propio sexo que del opuesto. Acceder al otro, al complementado existencial y ontológico, es la parte más ardua del viaje y del crecimiento. En este sentido los artistas no se diferencian de los que no lo son. Misóginos masculinos y femeninos abundan en el mundo. “Los hombres son unos egoístas canallas. Solo piensan en ellos mismos. No te miran en tus necesidades de mujer. No tienen idea de qué es el cuidado”. O, por el contrario: “Todas las mujeres son iguales. Nunca están conformes. Solo les interesa la plata. Reclaman mirada pero ellas no te miran ni te valoran”. Todo esto, que campea en la vida de relación, se refleja en la literatura. Decía Pavese: “Las mujeres son una raza enemiga. Como el pueblo alemán”. No dudo que debe existir una frase equivalente, escrita por una mujer, contra los hombres: “Detrás de todo gran hombre hay una gran víctima”, etcétera. O algo parecido.
Ahora bien, hablando como persona y como literato, creo que no hay aventura más grande y difícil que llegar al otro y comprenderlo. No sé si siempre fue así. Pero desde hace siglos esta empresa es como atravesar Gobi sin camello.
Para un escritor no ser capaz de crear un personaje femenino (o para una escritora uno masculino) significa empobrecer también, de una u otra manera, a los personajes del propio sexo. Soy el primero en reconocer y amar el genio de Edgar Allan Poe, pero el hecho de que no haya podido diseñar un solo personaje femenino (Ligeia es, en verdad, un hombre) disminuye sus posibilidades de expresión ficcional masculina. Roderick Usher tiene buena factura pero es maniático, loco y enfermo. Aclaro que me encantan los personajes excéntricos (Usher en particular). El drama recién comienza cuando yo, como escritor, solo puedo hacer, creíbles, a esa clase de criaturas. Si el Rufián Melancólico de Los siete locos, con su misoginia absoluta, nos obliga a reconocerlo como ser real es porque Elsa, la mujer de Erdosain, no existe. Ella disminuye y el otro (el que vive de las mujeres) aumenta. Su clase de realidad es, en Arlt, a costa del otro personaje.
Si la cosmovisión del autor es distinta, más completa y cercana a su contraparte, superará la etapa de construir solo fenotipos perfectos (generalmente de su propio sexo).
Los personajes masculinos de Arlt monologan bien pero dialogan mal. Casi siempre. Y esto se debe a que antes que nada cumplen una función: tienen que hacer y decir cosas para expresar la cosmovisión del autor. La energía creadora de este artista está puesta fundamentalmente aquí.
Pese a todo, sus locos conversan bien entre ellos. Pero no con los cuerdos, claro está. Allí fallan como personajes masculinos. Erdosain no puede hablar con Elsa, cuando esta lo deja. Ella, como mujer, está mal diseñada. A su ex le brinda respuestas fantásticas en el momento de abandonarlo. Y si lo señalo es porque no es posible analizar al personaje masculino (Erdosain, en este caso) sin mirar a su contraparte femenina. Mucho más real es el diálogo entre Erdosain y el farmacéutico Ergueta, el loco de la Biblia. Pero ello ocurre porque Ergueta es demente: las bases de un entendimiento de ficción están dadas.
En realidad es tan difícil crear personajes masculinos como femeninos, solo que en el primer caso la estructura irreal se disimula mediante la locura o el delirio, el tic o las manías. Por alguna extraña razón los escritores piensan que solo los hombres pueden tener tales desfasajes: las mujeres no. En verdad podrían crearse personajes femeninos con tan poca realidad (pero convincentes como estos).
Soriano es un especialista en perdidos en la noche. Sus personajes, masculinos o femeninos, siempre tienen un toque de absurdo y delirio. Como en la vida. Por eso puede confundírselo con un autor realista. Ciertamente los diálogos de sus criaturas no son reales buena parte de las veces, pero ello no les quita existencia. Son seres que existen. Que sus personajes vivan es lo único que puede exigírsele a un autor. Después, la manera de hacerlo, es suya. Responderán a un orden interno, como en el caso de Soriano. Allí hay arte.
“Me volví y descubrí un tipo que arrastraba una valija enorme mientras juntaba algo entre los yuyos. Llevaba una manguera enrollada a la cintura, un prendedor con la cara de Perón y a medida que se acercaba cargaba el aire con un olor de perfume ordinario. Todo él era un error y allí, en el descampado, se notaba enseguida” (Una sombra ya pronto serás). En este libro (más que en otras obras suyas), la tragedia de los personajes muestra la caída y disolución de la Patria. El diseño tiene realidad y delirio. Hasta los militares del final (dos viejos locos a quienes la langosta les comió la bandera) están tratados con compresión y ternura.
Borges no se preocupa demasiado por el diseño de sus personajes masculinos (y aún menos por los femeninos). A su talento uno lo busca y lo encuentra en la invención, en la trama y en la máquina literaria. “El acercamiento a Almotásim” (él, con modestia, no lo llama cuento sino “nota”) es una de mis narraciones favoritas. Casi todo se encuentra aquí en estado virtual. Un erudito comenta la novela que jamás ha sido escrita. Una pena. Borges debió escribirla. Ya la insinúa la misma narración: de existir no podría funcionar sin personajes cabalmente diseñados y completos. En el cuento solo vemos desde lejos a unos rufianes y malvados maravillosos (tanto o más interesantes que los héroes, sabios y buenos).
“Hombre de la esquina rosada” es mejor en cuanto a lo que tratamos. Apenas unos toques le bastan al escritor para diseñarlo a Francisco Real. Sabemos poco de la Lujanera, en cambio: solo que le gusta el coraje en el hombre. Pero esto no basta para estructurar a una mujer. El que mata a Real y cuenta la historia también es creíble.
Muchas veces con grandes obras, de autores mayúsculos que son de nuestra predilección, ocurre que uno no utiliza su espíritu crítico en los detalles. Amamos a una obra en bloque y si el diseño de tal o cual personaje podría ser más perfecto lo pasamos por alto. ¿Por qué no? Tomamos de un artista lo que este quiso o pudo darnos. Una excesiva severidad de nuestra parte se nos volvería en contra: disminuiría nuestro placer.
En El beso de la mujer araña, Puig hace dos diseños masculinos perfectos. Sobre todo el del homosexual, que a mi entender está mejor logrado que el otro. Pero el revolucionario no es despreciable como personaje. La tarea de seducción es creíble, muy lógica, y si lo señalo es porque hace al diseño del personaje seducido: estructurado, falsamente blindado, resquebrajable. La seducción —la reacción de la criatura ficcional— se vuelve inevitable en el estado límite planteado.
Los personajes masculinos de Marechal son teatrales. El lenguaje es por momentos ampuloso, de artificio. Pero si creemos en la existencia de Erdosain o del farmacéutico Ergueta, no veo por qué vamos a sentir menos reales a Samuel Tesler, a Adán Buenosayres o al mismísimo metalúrgico Ergueta (fundidor, asesino y antológicamente pretencioso) Severo Arcángelo. Los personajes de Marechal tienen vida. Están allí para algo más que expresar la metafísica del autor. Sus campos gravitatorios son lo bastante poderosos como para curvar nuestro espacio-tiempo y obligarnos así a reconocerlos. En el descenso a Cacodelphia, Marechal fabrica una criatura de tipo completamente fantástica: un enorme cocinero cíclope que dirige la cocción de viandas infernales. Solo dice: “¡Trincha! ¡Súbito! ¡Presto! ¡Avanti! ¡A tavela!” (y muy poco más). Sin embargo, toda la descripción previa de las gigantescas hornallas, los pollos, chanchos, codornices, liebres y centollas que se doran lentamente hace que el monstruo sea creíble.
Esto significa que los personajes masculinos existen en la literatura argentina, pero no hay ley para crearlos. Realismo, realismo delirante, novela teatral, exotismo, todos son procedimientos válidos. Talento y respeto por el mundo, el mirar al otro, son suficientes para crear personajes inolvidables.