Ensayos

"Incluso los que no han leído a Proust hablan de él"

Edmund White escribe un perfil extraordinario del francés, que ahora forma parte de la colección "Vidas ajenas", también extraordinaria, de Ediciones UDP.


Por Edmund White.


Una encuesta realizada no hace mucho en Inglaterra entre escritores y críticos reveló que el novelista del siglo XX al que más admiraban –y el que, a su juicio, ejercería una influencia más duradera en el siglo siguiente– era Marcel Proust. Sin duda, la magdalena mojada en el té se ha convertido en el símbolo más célebre de la literatura francesa; todo el mundo llama «experiencias proustianas» a las ráfagas repentinas de recuerdos. Los esnobs se complacen en señalar que si los Proust hubiesen tenido mejores modales y no hubieran sido dados a «mojar» las masas en el té, la literatura mundial habría sido más pobre. Incluso los que no han leído a Proust hablan de él con frecuencia y desparpajo.

Estudiarle, por supuesto, puede causar un efecto desastroso en un escritor joven, que o bien sufrirá el influjo de su peculiar y contagioso estilo, o bien pensará que Proust ya ha hecho todo lo que es posible hacer en la senda de la narrativa. Incluso Walter Benjamin, que tradujo a Proust al alemán, escribió al filósofo Theodor Adorno que no quería leer una palabra más de las necesarias para traducirle, ya que de otro modo contraería una dependencia adictiva que sería un obstáculo para su propia obra.

Graham Greene escribió: «Proust fue el novelista más grande del siglo XX, como Tolstói lo fue del XIX… Para quienes empezaron a escribir a finales de los años veinte o principios de los treinta, hay dos grandes influencias insoslayables: Proust y Freud, que son complementarios». Es indudable que la fama y el prestigio de Proust han eclipsado los de James Joyce, Samuel Beckett, Virginia Woolf y William Faulkner; Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald; André Gide, Paul Valéry y Jean Genet; Thomas Mann y Bertolt Brecht; pues si algunos de estos escritores son más celebrados que Proust en sus propios países, este es el único que goza de una uniforme reputación internacional. El joven Andrew Holleran, que publicaría la más importante novela gay norteamericana de los años setenta, Dancer from the Dance, escribió a un amigo ocho años antes: «Robert, ha ocurrido algo extraordinario: por fin he terminado En busca del tiempo perdido, y no sé qué decir; la idea de que Joyce enterró la novela es un absurdo; es Proust el que la ha enterrado, simplemente haciendo algo tan redondo, monumental y perfecto que ¿qué carajo se puede hacer después?».

Joyce vio a Proust una sola vez y apenas intercambiaron unas palabras, aun cuando compartieron un taxi (ninguno de los dos había leído al otro). Beckett escribió un librito crítico sobre Proust; Woolf le admiraba tan intensamente que se sentía paralizada por su genio. Gide, que había fundado una editorial muy pronto prestigiosa, sufrió el remordimiento de haber rechazado Por el camino de Swann, el primer volumen de la obra maestra proustiana (consideraba a su autor un frívolo y un mero cronista de ecos de la alta sociedad). Genet empezó a escribir su primera novela, Nuestra Señora de las flores, después de haber leído las páginas iniciales de A la sombra de las muchachas en flor. Genet estaba en la cárcel y llegó tarde al patio de recreo para el trueque semanal de libros; en consecuencia, se vio obligado a aceptar el único que todos los demás presos habían rechazado. Pero en cuanto leyó las primeras páginas cerró el libro para saborear cada párrafo el mayor tiempo posible. Se dijo a sí mismo: «Ahora estoy tranquilo, sé que voy a ir de maravilla en maravilla». La lectura le inspiró sus escritos; confiaba en convertirse en el Proust de los marginados.

Sin embargo, Proust no fue siempre tan apreciado, y aun sus principales defensores incurrían en comentarios maliciosos sobre él. Robert de Montesquiou (cuyos modales altaneros y dicción altisonante adoraba imitar Marcel, y cuya vida le proporcionó el modelo principal para su personaje más memorable, el barón de Charlus) dijo que la obra de Proust era «una mezcla de letanías y esperma» (interpretación que él consideraba un cumplido). Gide le acusaba de haber cometido «una ofensa contra la verdad» (a Gide le irritaba que Proust nunca reconociera por escrito su homosexualidad y que no expusiera las inclinaciones homosexuales bajo una luz atrayente). Lucien Daudet, un joven escritor con quien Proust tuvo un amorío (a Marcel le gustaban los jóvenes artistas con bigote y ojos oscuros: es decir, los que se le parecían), en un momento dado le dijo a Cocteau que Proust era «un insecto atroz». El padre de Lucien, Alphonse Daudet, uno de los escritores más famosos de la generación anterior a Proust, aunque actualmente bastante olvidado, proclamó: «¡Marcel Proust es el diablo!». Es muy posible que hubiera adoptado esa actitud debido a que fue la novela en siete volúmenes de Proust, En busca del tiempo perdido, la que se alzó – más bien borró del mapa– sobre toda la narrativa escrita en los dos decenios precedentes. ¿Quién lee hoy a Anatole France, Paul Bourget, Maurice Barrès o al mismo Alphonse Daudet? Paul Claudel, el poeta y dramaturgo católico acérrimo, describió a Marcel como «una vieja judía maquillada». En Nueva York, en los años setenta, se popularizó una camiseta que ostentaba el lema «¡Proust es una yenta!», voz yiddish que alude al chismorreo entre mujeres.

Neutralizó estos insultos (muchos de ellos proferidos por personas que en días alternos adoraban a Proust) un número de La Nouvelle Revue Française, la mejor revista literaria de la época, dedicado por entero a este escritor. Se publicó en 1923, un año después de su muerte, y contenía fotos del difunto maestro, fragmentos inéditos de su obra y valoraciones de críticos franceses y de otros países. Lo más conmovedor eran los numerosos testimonios personales. La poeta Anna de Noailles, que era un monumento al egotismo, alababa a Proust por su… modestia. (El duque de Gramont, uno de los amigos de Proust de más alta alcurnia, comentó en una ocasión que los aristócratas les invitaban a pasar fines de semanas en el campo no debido a su arte, sino porque Proust y Anna de Noailles eran las dos personas más divertidas de París).

Todo el mundo tenía un recuerdo agudo que contar. Jean Cocteau, el poeta, dramaturgo, empresario y cineasta (La bella y la bestia), rememoraba la voz de Proust: «Al igual que la voz de un ventrílocuo sale de su pecho, la de Proust emergía directamente de su alma». El escritor Léon-Paul Fargue recordaba haber visto a Proust hacia el final de su vida «extremadamente pálido, con el pelo caído hasta las cejas y la barba tan negra que parecía azul y le devoraba el rostro…». Fargue se fijó en las mangas largas que le tapaban las manos heladas, y en los ojos persas, casi con forma de almendra: «Parecía un hombre que ya no sale a la calle ni ve la luz del día, un eremita que ha abandonado hace no mucho tiempo su tronco de roble, con una expresión dolorida en la cara, la expresión de un sufrimiento que acababa de empezar a aliviarse. Parecía poseído por una bondad amarga». Una joven aristócrata evocaba que de niña acudió a un baile donde, supuestamente, iba a ser presentada a Proust. Pero el gran escritor, «pálido y con barba», que llevaba alzado el cuello de su abrigo, la miró con tal intensidad que, cuando finalmente fueron presentados, ella se asustó tanto que estuvo a punto de desmayarse.

Uno de los antiguos amantes de Proust y su amigo más fiel, el compositor Reynaldo Hahn, rememoraba que poco después de conocerle estaban paseando por un jardín cuando de pronto Proust se detuvo frente a un rosal y pidió a Hahn que siguiera caminando sin él. Cuando por fin Hahn volvió, tras haber rodeado el castillo, le encontró «en el mismo sitio, mirando fijamente las rozas. Tenía la cabeza inclinada y la cara muy seria, y parpadeó, con las cejas ligeramente fruncidas como en un acto de apasionada atención, mientras que, con un terco gesto de su mano izquierda, se llevaba la guía de su fino bigote negro a los labios y la mordisqueaba… Cuántas veces he observado a Marcel en aquellos misteriosos lapsos en que se comunicaba totalmente con la naturaleza, el arte, la vida, en aquellos “minutos profundos” en que todo su ser estaba concentrado…». Como era de prever, Proust también evocó esta misma escena, pero dijo que convocar el momento no era fructífero; solo los súbitos y espontáneos despertares del recuerdo, activados por algo ilógico e imprevisible (la magdalena, por ejemplo), podían evocar la totalidad del pasado.

La gran Colette no intuyó en absoluto la valía de Proust cuando le conoció (los dos eran muy jóvenes y estaban empezando su carrera de escritores). Ella había llegado al extremo, en una de sus primeras novelas de Claudine, de llamarle yid (youpin, en francés. En español, judío), pero su marido, cortésmente, tachó el insulto y lo sustituyó por «chico» (garçon). Aun expurgado, el pasaje no es agradable de leer. Dice que, en un salón literario, «fui perseguida, galantemente y durante toda la velada por un joven y atractivo chico de letras». Debido al pelo tan corto que lucía Colette, insólito en aquella época, él insistió en compararla con el joven dios Hermes o con un cupido dibujado por Proudhon. «Mi pequeño adulador, excitado por sus propias evocaciones, no me dejaba sola ni un segundo… Me acariciaba con sus ojos, de largas pestañas…». Allá por la misma época, en 1895, escribió a Proust una carta en la que reconocía que él había dado con una verdad crucial: «El mundo no es una representación sino una cosa viva, y no es tanto un signo mnemotécnico cuanto una traducción pictórica».

Tal vez Colette estuviese irritada al principio porque su joven adulador había adivinado su bisexualidad. Hacia 1917, después de que Proust hubiera empezado a publicar En busca del tiempo perdido, ella pudo verle de otra manera. Marcel estaba muy enfermo, pesaba poco más de cuarenta y cinco kilos y rara vez salía de su habitación tapizada de corcho. Se había convertido en un mártir del arte (y ella era uno de los pocos literatos vivos que rivalizaban con él como estilista). Le vio en el hotel Ritz durante la guerra con algunos amigos: «No paraba de hablar, se esforzaba en mostrarse alegre. A causa del frío, y tras disculparse, se calaba su sombrero de copa inclinado hacia atrás, y el flequillo, semejante a un abanico, le cubría las cejas. Vestía uniforme de gala, pero desarreglado por un viento furioso que, soplando a espaldas del sombrero, arrugando el calicó y las puntas sueltas de su fular, espolvoreando de una ceniza gris los surcos de sus mejillas, los huecos de sus cuencas oculares y su boca sin resuello, había reclutado para la muerte a aquel joven tambaleante de cincuenta años».

Estos retratos sugieren ya los perfiles de la personalidad extraordinaria de Proust. Era tan considerado con sus amigos que parecía lisonjero, aunque para él la amistad no tenía valor alguno y pensaba que la conversación era la muerte de la mente, pues creía que solamente la pasión y el sufrimiento podían agudizar las facultades de observación y que la única palabra valiosa era la palabra escrita. Podía mirar extasiado una rosa –o cualquier cosa o persona que se hallase en su singular longitud de onda–, pero aun cuando leía todo lo que caía en sus manos y era cultísimo, se interesaba muy poco por las ideas incorpóreas. No era un intelectual, pero sí sumamente inteligente. Centraba su atención en flores, personas y cuadros, pero no en teorías sobre botánica, psicología o estética. No leyó una sola línea de Freud, por ejemplo (tampoco Freud leyó nada de Proust). Era increíblemente divertido y ameno, pero emanaba una espiritualidad calmosa salvo, quizá, cuando se partía de risa, en un arranque de loca hilaridad (sus famosos accesos de ahogo, su fou rire, que podía prolongarse tanto tiempo que los desconocidos lo consideraban extraño y hasta un poco vesánico). Poseía tal presencia que mucha gente hablaba de él como de un hombre alto, a pesar de que en realidad medía poco más de metro sesenta y cinco.

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Marcel Proust era hijo de padre cristiano y de madre judía. Fue bautizado (el 5 de agosto de 1871, en la iglesia de Saint-Louis d’Antin) y confirmado en la fe católica, pero nunca la practicó, y de adulto se le podría definir como un ateo místico e imbuido de espiritualidad, pero que no creía en un Dios personal, y mucho menos en el concepto de salvación. Aunque los judíos asimilan su religión a través de sus madres, Proust no se consideró nunca judío, y hasta se ofendió cuando en un artículo de periódico se le mencionaba como un autor judío. En una ocasión su padre le previno del riesgo que entrañaba dormir en cierto hotel, ya que albergaba a «demasiados» huéspedes judíos y, desde luego, en En busca del tiempo perdido hay caricaturas poco halagüeñas de los miembros de una familia judía, los Bloch. En Francia, a los judíos se les seguía considerando exóticos, incluso «orientales»; en 1872 había solo ochenta y seis mil en todo el país. En un pasaje típicamente injurioso, Proust escribe que, en un salón francés, «un judío que hace su entrada como si llegara directamente del desierto, con el cuerpo encorvado como el de una hiena, el cuello adelantado y dispensando profundos salams, satisface por completo un cierto gusto por lo oriental».

Proust no habla nunca en sus escritos narrativos de sus orígenes judíos, aunque en una novela juvenil que abandonó, Jean Santeuil (que hubo de ver la luz en 1952, treinta años después de su muerte), hay una referencia muy sorprendente, pero soterrada, al judaísmo. El héroe autobiográfico se ha peleado con sus padres y en un acceso de rabia hace añicos un delicado objeto de cristal veneciano que su madre le ha regalado. Cuando se reconcilia con ella, él le dice lo que ha hecho: «Confiaba en que ella le reprendiera para, de este modo, revivir en su mente el recuerdo de la pelea. Pero ningún nubarrón empañó su ternura de madre. Le dio un beso y le susurró al oído: “Eso será, como en el Templo, el símbolo de una unión indestructible”». Esta alusión al rito de la rotura de un vaso de cristal durante la ceremonia ortodoxa del casamiento judío, sellando en este caso el matrimonio de la madre con el hijo, no solo es espontánea, sino estremecedora. En una semblanza que hizo de su madre, menciona, con peculiar ambigüedad, «las hermosas facciones de su rostro judío, completamente teñido de dulzura cristiana y resignación jansenista, que la convertían en la misma Esther», una referencia significativa a la heroína del Antiguo Testamento (y de la obra de Racine), que ocultó su identidad judía hasta que llegó a ser la esposa del rey Asuero y estuvo en condiciones de salvar a su pueblo. Desde su presunta condición de gentil (había hecho campaña en favor de Dreyfus y había recibido el bautismo católico), Proust era una especie de Esther moderna.

No obstante los silencios y omisiones de Marcel acerca de la religión de su madre, sería injusto decir, sobre todo a la vista del antisemitismo que imperaba en la Francia del cambio de siglo, que su prejuicio contra los judíos fue relevante o incluso extremo. Y, sin embargo, su antisemitismo es más que curioso, habida cuenta del amor que sentía por su madre y considerando que, tras la muerte de esta, él desarrolló algo muy semejante a un culto religioso en torno a ella. Su madre se había mantenido fiel a la religión de sus padres por no faltarles al respeto, y Proust la veneraba a ella tanto como a sus familiares. Muerta su madre, lamentó encontrarse demasiado enfermo para acudir al cementerio judío a visitar su tumba y las de los padres y un tío de ella, y así dejar constancia de sus visitas con cada una de las piedras allí depositadas. Más importante aún es el hecho de que, si bien frecuentaba a muchos amigos de la aristocracia, cuando se vio obligado a tomar partido en el caso Dreyfus, que había comenzado en 1894 y estalló en 1898, optase por firmar una petición en pro de un nuevo juicio, publicada de forma prominente en un periódico.

El caso Dreyfus merece un breve análisis, puesto que dividió a la sociedad francesa durante muchos años y se convirtió en un asunto importante en la vida de Proust y en su obra En busca del tiempo perdido. Alfred Dreyfus (1859-1935) era judío y capitán del ejército francés. En diciembre de 1894 un tribunal militar le condenó a cadena perpetua en la isla del Diablo por haber vendido secretos militares a los alemanes. La acusación esgrimió como pruebas un memorándum robado de la embajada alemana de París (pese a que la letra no se parecía a la de Dreyfus) y un expediente (que el gobierno declaró materia reservada) entregado al tribunal militar por el ministro de Defensa. En 1896, otro soldado francés, el comandante Georges Picquart, demostró que el memorándum no había sido escrito por Dreyfus, sino por un comandante llamado MarieCharles Esterhazy. Pero este fue absuelto y Picquart fue encarcelado. Gran parte de la población reclamó al instante la celebración de un nuevo juicio. El 13 de enero de 1898, el escritor Émile Zola publicó una carta abierta, «J’accuse» («Yo acuso»), dirigida contra el Estado Mayor del ejército; Zola fue juzgado y hallado culpable de mancillar la reputación del estamento castrense. Tuvo que huir a Inglaterra. En septiembre de 1898 quedó demostrado que la única prueba existente contra Dreyfus en el expediente militar secreto había sido falsificada por Joseph Henry, quien confesó su delito y se suicidó. Por último, el gobierno ordenó la revisión del juicio contra Dreyfus. La opinión pública estaba ferozmente dividida entre los izquierdistas partidarios de Dreyfus, que exigían «justicia y verdad», y los antidreyfusistas, que impulsaron una campaña antisemita, defendieron el honor del ejército y rechazaron la solicitud de revisión. El conflicto provocó prácticamente una guerra civil. En 1899 Dreyfus fue de nuevo declarado culpable, si bien esta vez con circunstancias atenuantes, y el presidente le concedió el indulto. Hasta 1906 no fue rehabilitado plenamente, restituido en su condición de oficial y condecorado con la Legión de Honor. Es interesante señalar que Theodor Herzl, corresponsal en París de un periódico vienés, se sintió tan abrumado por el virulento antisemitismo del caso Dreyfus que concibió la idea profética de un estado judío.

Al defender a Dreyfus, Proust no solo enfureció a los conservadores, los católicos y los aristócratas que salieron en defensa del ejército, sino que le enajenó el favor de su propio padre. Cuando escribió acerca de los años noventa en En busca del tiempo perdido, señala que «el caso Dreyfus estuvo a punto de relegar a los judíos al último peldaño de la escala social». A pocos extrañó que el ultraconservador Gustave Schlumberger, un gran erudito sobre Bizancio, trazase en sus memorias póstumas una descripción de su antiguo amigo Charles Haas (modelo del personaje de Swann) tan injuriosa como esta: «El encantador Charles Haas, el más agradable y brillante de los hombres mundanos, no tenía nada de judío salvo sus orígenes, y en nada le afectaban, que yo sepa, los defectos de su raza, lo que le erige en una excepción prácticamente única». Sería engañoso sugerir que Proust adoptó su controvertida posición en favor de Dreyfus simplemente porque era medio judío. Se limitó, más bien, a seguir el dictado de su conciencia, aun cuando al hacerlo perdiera muchos amigos católicos de alcurnia y se expusiera a la insidiosa acusación antisemita de que automáticamente tomaba partido por sus correligionarios.

Marcel Proust nació el 10 de julio de 1871, de padres de clase media acomodada. Su madre, una parisina de veintiún años, se llamaba Jeanne Weil y era hija de Nathé Weil, un rico agente de bolsa. Su tío abuelo, Adolphe Crémieux, era senador y su entierro fue un acontecimiento oficial; era también presidente de la Alianza Israelita Universal. La madre de Jeanne, Adèle (al igual que la abuela del narrador de En busca del tiempo perdido), era una mujer culta que amaba, por encima de cualquier otra literatura, las cartas de madame de Sévigné, una de las cortesanas de Luis XIV que estaba casi románticamente enamorada de su propia hija (la relación unilateral de madre-hija de la Sévigné inspiró a Thornton Wilder cuando escribía El puente de San Luis Rey). Esta intimidad intensa era, de hecho, característica de Marcel y su madre, que eran inseparables y que reñían a menudo (normalmente a causa de la pereza y la falta de voluntad de Marcel), pero que siempre caían el uno en los brazos del otro en cuanto se reconciliaban. Madre e hijo compartían el amor por la música y la literatura; ella hablaba y leía alemán e inglés. Tenía una memoria excelente y sabía de memoria largos pasajes de Racine; en el lecho de muerte, sus últimas palabras fueron una cita, en este caso de La Fontaine: «Si no eres romano, al menos compórtate como si fueras digno de serlo». Marcel heredó su afición por memorizar poesía y aprendió largos fragmentos de Victor Hugo, Racine y Baudelaire. Más importante era que a Marcel y a su madre les encantase reírse –benévola, satíricamente– de la gente de su entorno: en las carta que ella escribía a Marcel parodiaba a los demás huéspedes de un balneario u hotel con el mismo espíritu de observación atenta y malévola y la gracia bondadosa, aunque acerada, que habría de inspirar tantas de las mejores páginas de su hijo.

El padre de Proust, Adrien, que tenía treinta y cinco años cuando nació Marcel, era de extracción mucho más humilde, aunque rayó a gran altura en su profesión médica. Su padre había sido tendero en Illiers (nombre que deriva de San Hilario), un pueblo cercano a la ciudad catedralicia de Chartres, al sur de París; Marcel dio al pueblo el nombre de «Combray»; hoy en día se le conoce oficialmente como Illiers-Combray y se ha convertido en un lugar de peregrinación importante para proustianos de todo el mundo. (Todas las panaderías locales elaboran magdalenas en honor de Proust, y la casa donde él veraneaba con su familia es actualmente un museo. Tal vez dentro de un siglo se haya olvidado el nombre de Illiers, ya que la vida capitula por completo ante la tiranía del arte).

Adrien Proust estaba destinado en principio al sacerdocio, y ejerció con un celo casi religioso su trabajo de médico. Fue el quien hizo famosa –y eficaz– la idea de un cordon sanitaire, un «cordón sanitario» en torno de Europa para preservarla del cólera. Con el fin de poner en práctica sus principios, el doctor Proust viajó a Rusia, Turquía y Persia en 1869 y descubrió las rutas por las que las epidemias anteriores de cólera habían entrado en Rusia y, desde allí, se habían extendido por Europa. El doctor recibió la Legión de Honor por esta fructífera investigación y la subsiguiente y eficaz campaña sanitaria y de cuarentena. Llegó a ser uno de los profesores de medicina y doctores en activo más célebres de su época. Mientras que Marcel sería esbelto, artístico, asmático y se obsesionaría por las damas con título, su padre personificaba al sólido ciudadano de la clase media alta, rollizo, barbudo, solemne y, gracias a su mujer, rico. Fue, asimismo, sin que su hijo lo supiera, un inveterado mujeriego. La madre de Marcel nunca se enteró de sus aventuras extramaritales, o si supo algo de ellas fue demasiado discreta para mencionarlas.

En su novela seudoautobiográfica, Jean Santeuil, escrita cuando sus padres aún vivían, Marcel retrata a su padre como un bruto («Qué hombre más vulgar», piensa Jean Santeuil) cuyos modales de campesino no han sido pulidos por toda una vida de honores. Más tarde, en su correspondencia, Marcel dijo a su editor que su padre había intentado curarle de su afeminamiento y sus neurosis mandándole a una casa de putas. Pero cuando escribió En busca del tiempo perdido, tras la muerte de sus padres, idealizó a ambos y prestó a su padre el disfraz de sabio e indulgente ministro de Estado.

La madre de Proust quedó embarazada de él durante la guerra franco-prusiana y el difícil periodo posterior a la derrota de Francia, en el que Napoleón III fue expulsado del trono y se proclamó en París una efímera comuna socialista, antes de que finalmente se instaurase la Tercera República. Durante los meses de la guerra y las sangrientas peleas callejeras, se agotaron las reservas de carbón y madera y las casas no estaban caldeadas. La población hambrienta de París se alimentó de perros, gatos e incluso de animales del zoo. En consecuencia, Jeanne Proust estaba tan debilitada por el hambre y la inquietud que Marcel nació frágil y enfermizo, hasta el punto de que se temió por su supervivencia.

En este aspecto, como en muchos otros, Marcel era la cara opuesta de su saludable y campechano hermano Robert, nacido dos años después, el 24 de mayo de 1873, en tiempos más prósperos y estables. Los dos hermanos fueron magníficos compañeros en la infancia y siguieron muy unidos a lo largo de sus vidas, aunque era el hermano pequeño y más robusto, Robert, quien a menudo ejercía de protector del asmático Marcel. Al igual que su padre, Robert fue médico –y mujeriego–, pero los dos hermanos nunca riñeron y siempre reinó entre ambos la más perfecta concordia. En los años noventa, ambos fueron partidarios de Dreyfus. Al final de su vida Marcel pidió a Robert que interviniera para que le otorgaran la Legión de Honor y, una vez obtenida, para que se la concediesen también a él.

Robert asistió a Marcel en su lecho de muerte y, fallecido este, supervisó la publicación de los dos últimos volúmenes de su obra maestra y de su correspondencia escogida.

De niño, Marcel no conseguía dormirse sin recibir antes el beso de su madre; esta necesidad se convertiría en uno de los temas más importantes de «Combray», la primera parte de En busca del tiempo perdido. Es muy comprensible que ella estuviese preocupada por estos signos de total dependencia de su hijo y que tratara de curarle negándose a complacer sus caprichos, pero él se ponía tan histérico si su madre le negaba un beso o la décima visita de buenas noches a su dormitorio que normalmente ella acababa cediendo, o bien su marido, menos riguroso, la exhortaba a hacerlo. Marcel no superó su dependencia. Al contrario, ese estado de necesidad se convirtió en la pauta de sus amores adultos, puesto que, para él, la pasión era una necesidad corrosiva que se volvía tanto más apremiante cuanto más se la negaban. De hecho, Proust alejaría a todos sus amantes (tanto en sus escritos como en su vida) con sus draconianas exigencias.

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