Epigramas de Chitarroni
Lunes 13 de julio de 2026
Walter Romero recuerda sus encuentros con el editor y crítico argentino, fallecido en 2023, y recupera sus grandes frases, como "la escritura es una experiencia especulativa".
Por Walter Romero.
Tomé dos o tres veces café con Chitarroni en un bar anodino en las inmediaciones de Santa Fe y Callao, y lo leí siempre en revistas y libros que mi biblioteca acusa. Lo vi innumerables veces en encuentros literarios (por vez primera en los lejanos noventa en la explanada del Centro Cultural San Martín) y siempre me llevé la impresión de alguien que hablaba de escritores que yo no conocía o de interpretaciones y autores que mi formación universitaria “ordenadita” impedía mezclar. Digámoslo de una: Chitarroni me creaba sospechas.
Hablé con él, largo y tendido, por primera vez, luego de la presentación de un libro de María Negroni, y siempre fui yo, con cierta pícara malignidad, el que con atrevimiento lo indagaba sobre literatura francesa, por una sospecha in pectore: deseaba probar, ¡Ay mísero de mí, y ay infelice!, si sus saberes supernumerarios y heteróclitos incluían las letras de Francia por fuera de algunos autores fetiche que siempre nombraba. Para epifanía, basta una prueba no fehaciente. Aquella vez me asestó una cita de la Recherche parafraseada que sonaba demasiado a Proust, era pertinente para la ocasión y acaso fuera una perífrasis de una idea de Marcel que era imposible probar o buscar en la masa compacta de páginas del Narrador Perdido en el Tiempo. Desistí, y tomé esa frase letal pero irresoluta como una estocada certera. La primera de muchas.
Chitarroni podía hablar de toda la literatura: muy iluso de parte mía pedirle escolarmente un certificado de lecturas. Chitarroni armaba en el aire la voluta ornamentada de lo vastamente leído y le agregaba un bucle personal, que no tenía nada de falsario, pues hasta hoy sigue sonando —en susescritos y en su voz ahora acusmática— una veracidad apabullante que me enseñó a no buscar en los libros lo meramente textual, sino la experiencia misma de lectura que es capaz de reponer una frase “a como sea”: probando acaso que leer nunca estuvo del lado de la letra sino del discurso y sus derivas.
Ante Chitarroni, el chico engreído de Letras que se ufanaba de haberlo leído todo, el joven formado, no tanto en la burbuja de Puan sino en las aulas “hospitalarias” de la vieja facultad de la calle Marcelo T., se ha sentido intimidado por una vergonzante condición que a todo sempiterno lector que se precie de tal le cabe: asumir todo lo que no se ha leído.
Con loco afán, como quien va en busca del Chitarroni perdido, como quien va en busca de ese saber despilfarrado, me lancé, a pedido para estas páginas, a rescatar y abstraer —del Chitarroni oral (en múltiples entrevistas y diálogos en YouTube) y del Chitarroni escrito— una suerte de diccionario de sus frases, aforismos y apotegmas que se me volvió imposible armar y que excedía también el acotado espacio de este homenaje letrado. Pero volví a leer a Luis, volví a escucharlo, volví a recuperar sus obsesiones y sus manías, sus autores recurrentes.
Me topé de nuevo con la monstruosa sabiduría de un lector total.
Cuando alguien muere, una biblioteca arde.
La última vez que vi a Chitarroni llevaba bajo el brazo un libro hermoso y destartalado, que acaso todavía sobrevive: las Reflexiones, sentencias y máximas morales de La Rochefoucauld, precedidas de un retrato literario firmado por Sainte-Beuve, en versión de Manuel Machado, editado en París por la Casa Garnier Hermanos. En honor a ese libro y a la denegación honrosa de mis torpes sospechas, vayan estos epigramas que extraje de Luis, el inefable.
Todo sea a su memoria, à toute la mémoire du monde.
Las contratapas son un género de despedida que siempre practiqué con los lectores.
En gran medida escribir es una convicción. Pero no todos los días uno se despierta con el ego tan alto como para seguir escribiendo.
“Desvarío empobrecedor escribir novelas”, decía Borges.
Una cosa es escribir novelas y otra es enseñar cómo las hacen los otros.
Nadie parece prestar atención al estilo. Y, sin embargo, es casi lo único que importa.
Hay que leer muy bien no solo las frases, sino también los entrelineados.
La escritura es una experiencia especulativa.
Uno nunca llega a ser el escritor que uno es. Siempre somos otro.
Ningún gran escritor puede privarse de escribir un mal libro. Cada tanto, los buenos escritores producen un libro malo.
Repasamos nuestras lecturas pretéritas como si fueran la infancia.

Un lector argentino que lee literaturas extranjeras es siempre un ejercicio no exento de jactancias.
Un lector extraordinario tiene tan poco que ver con un crítico como con un lector común.
Los lectores se hacen solo con pasión y paciencia, como las salamandras.
Tomo como lema la declaración de Cabrera Infante:
“Literatura es todo lo que se lea como tal”.
La lectura es un juego de atenciones parciales.
Gran parte del placer de la lectura ha sido interrumpido por la educación.
Leer no es descifrar. Leo más bien por cadena de inferencias.
El acto de leer es muchas veces más creativo que el de escribir.
La literatura es la superficie estable de un engaño.
Más que nunca, en los dominios de la literatura, el espíritu sopla donde quiere.
No hay que tener miedo aunque uno no entienda lo que lee.
Quiero decir: si hay algo que es víctima de la moda es la literatura.
Mi conocimiento de la literatura no es tan oceánico como se supone.
Porque el estilo, como informa Borges en “La supersticiosa ética del lector”, no reposa en el párrafo.
La lectura es una pasión que solo pierdo cuando me leo a mí mismo.
Se suele hablar de la lectura como placer. Yo no sé si es tan recomendable. Es un placer tan íntimo que hasta puede parecer obsceno.
La poesía es como una gran experiencia vocal para uno.
Para ser sinceros, solo entre los poetas existe ese extraordinario circuito en que se leen unos con otros.
Y lo hacen seriamente.
Las preguntas retóricas, como decía Pepe Bianco, son indecentes.
El prólogo es una práctica crítica, ni más ni menos.
Yo parezco un propagandista de editoriales.
Yo creo en los buenos modales de la prosa. La riqueza de una buena prosa narrativa consiste en eliminar aquellas cosas que distraen la atención del lector.
El subrayado es un modo de compactar.
¿Quién no ha sentido —y la pregunta dista mucho de ser retórica— ante los subrayados de la juventud, ante los subrayados de una década anterior, vergüenza y compasión?
El talento literario resulta algo verdaderamente indescifrable para gran parte de la gente relacionada con el negocio del libro.
Todas las literaturas con una tradición editorial envidiable guardan tesoros ocultos.
La traducción es un traslado ilícito hecho con toda la pompa.
Hay una frase de Valéry que lo expresa bien, y lo dijo antes de tiempo, con un talante profético: “Nadie quiere leer algo que no pueda escribir él mismo”.
¿Mi práctica preferida? La caza textual.