Giorgio Agamben y la voz como problema filosófico
Jueves 23 de julio de 2026
El italiano reflexiona alrededor de lenguaje, voz y palabra en su nuevo libro, publicado por Adriana Hidalgo con el título La voz humana .
Por Giorgio Agamben.
La consustancialidad entre la lengua y la escritura en la cultura occidental se encuentra en el centro de las últimas lecciones de Benveniste en el Collège de France. Invirtiendo la opinión común, compartida también por Saussure, conforme la cual la lengua sería independiente de la escritura, que no es más que un signo de la palabra, Benveniste afirma, al contrario, que precisamente la escritura y solo ella ha permitido que la lengua se constituya como un sistema de signos. La relación entre graphía y phōnía no es la relación de un significante con un significado, sino la de un relais, una sustitución y una recuperación que, al desplazar la voz desde el oído hacia la mirada, ha permitido que la lengua se represente a sí misma y que se transforme así en un organismo significante. Este operación –la escritura– es un auténtico acte fondateur, que “transformó por completo la configuración de las civilizaciones, que fue el instrumento de la revolución más profunda que la humanidad haya conocido desde el fuego” (Benveniste 3, p. 121). Es gracias a la escritura que el lenguaje, que esencialmente es “una actividad, un comportamiento en el cual siempre se está en situación de diálogo”, se fija en una lengua y adopta una realidad autónoma (ibíd., p. 93), que, como tal, puede ser analizada y conocida. La escritura –en particular la escritura alfabética– es, en este sentido, el instrumento de una operación compleja que Benveniste define como l’autosémiotisation de la langue (ibíd., p. 113). Esto significa, por un lado, que el hablante ya no se detiene solo en las cosas enunciadas en el flujo continuo del discurso en acto, sino en la lengua en cuanto tal, en la que ahora reconoce identidades y partes recurrentes; por otro lado, que la lengua de este modo se convierte en “el único sistema significante capaz de describirse a sí mismo en sus propios términos” (ibíd.), constituyéndose metalingüísticamente como el intérprete de todos los demás sistemas.
Esta operación decisiva se cumple a través de un desplazamiento y de un relais desde un sistema sensorial (voz-oído) nacia otro (mano-ojo): “el sistema primario voz (boca) oído es reemplazado y retomado por el sistema secundario mano (inscripción) ojo. La mano lleva a cabo la función de emisor trazando las letras y el ojo se convierte en el receptor que recoge las huellas escritas” (ibíd., p. 132). La escritura es, por tanto, un dispositivo que, al desplazar el lenguaje desde el oído hacia el ojo, permite ver la voz y, de este modo, “leer” (legere significa ante todo “recoger”) los elementos que lo componen. Escribir es al hablar lo que leer es al oír. Este desplazamiento sensorial sin precedentes implica la convención tácitamente aceptada de que la escritura es el signo de algo que ya está en la lengua y que ahora se trata de “leer”.
El relais de la voz a través de la mano y del ojo es, como había sugerido Hegel al comienzo de la Fenomenología del espíritu, una Aufhebung, una abolición y una preservación. La voz se excluye y se quita del lenguaje, solo en la medida en que la escritura la ha captado y la ha incluido en las letras.
Como en el tratado de Guido d’Arezzo, la voz es el “canto desconocido” que las notae escritas permiten comprender y descifrar.