Poesía

Oda a las cosas, de Pablo Neruda

De Navegaciones y regresos

Uno de los poemas del Premio Nobel de Literatura chileno, autor de libros indelebles como Residencia en la Tierra, Tentativa del hombre infinito, Canto general
y Odas elementales.

Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto: así se llamó cuando nació en Parral, Región del Maule, en Chile, un 12 de julio de 1904, hijo único del matrimonio formado por el conductor de ferrocarril José del Carmen Reyes Morales y la maestra Rosa Basoalto.

Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971 (recibido dos años antes de morir en Santiago), es sinónimo de poesía en castellano en todo el mundo y figura capital de la poesía de su país -país en el que llegó incluso a postularse como candidato para Presidente.

La Fundación Pablo Neruda mantiene vivas tres casas museos del poeta: La Sebastiana, La Chascona e Isla Negra.

El poema que sigue está tomado de Navegaciones y regresos (1959), el último libro del ciclo de las odas elementales.

 

 

 

ODA A LAS COSAS

 

AMO las cosas loca,

locamente.

Me gustan las tenazas,

las tijeras,

adoro las tazas,

las argollas,

las soperas,

sin hablar, por supuesto,

del sombrero.

 

Amo

todas las cosas,

no sólo las supremas,

sino las infinita-

mente chicas,

el dedal,

las espuelas,

los platos,

los floreros.

 

Ay, alma mía,

hermoso

es el planeta,

lleno

de pipas

por la mano

conducidas

en el humo,

de llaves,

de saleros,

en fin,

todo

lo que se hizo

por la mano del hombre, toda cosa:

las curvas del zapato,

el tejido,

el nuevo nacimiento

del oro

sin la sangre,

los anteojos,

los clavos,

las escobas,

los relojes, las brújulas,

las monedas, la suave

suavidad de las sillas.

 

Ay cuántas

cosas

puras

ha construido

el hombre:

de lana,

de madera,

de cristal,

de cordeles,

mesas

maravillosas,

navíos, escaleras.

 

Amo

todas

las cosas,

no porque sean

ardientes

o fragantes,

sino porque

no sé,

porque este océano es el tuyo,

es el mío:

los botones,

las ruedas,

los pequeños

tesoros

olvidados,

los abanicos

en cuyos plumajes

desvaneció el amor

sus azahares,

las copas, los cuchillos,

las tijeras,

todo tiene

en el mango, en el contorno,

la huella

de unos dedos,

de una remota mano

perdida

en lo más olvidado del olvido.

 

Yo voy por casas,

calles,

ascensores,

tocando cosas,

divisando objetos

que en secreto ambiciono:

uno porque repica,

otro porque

es tan suave

como la suavidad de una cadera,

otro por su color de agua profunda,

otro por su espesor de terciopelo.

 

Oh río

irrevocable

de las cosas,

no se dirá

que sólo

amé

los peces,

o las plantas de selva y de pradera,

que no sólo

amé

lo que salta, sube, sobrevive, suspira.

No es verdad:

muchas cosas

me lo dijeron todo.

No sólo me tocaron

o las tocó mi mano,

sino que acompañaron

de tal modo

mi existencia

que conmigo existieron

y fueron para mí tan existentes

que vivieron conmigo media vida

y morirán conmigo media muerte.

 

 

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