Columnas

Literatura y política

"Suele ser el periodismo, antes que la literatura, lo que puede llegar a propiciar el contacto entre escritores y políticos. La literatura, como tal, tiende a resultar un tanto remota, a resultar un tanto opaca, incluso para políticos ilustrados", escribe el autor de Bahía Blanca.

Por Martín Kohan.

 

Suele ser el periodismo, antes que la literatura, lo que puede llegar a propiciar el contacto entre escritores y políticos. La literatura, como tal, tiende a resultar un tanto remota, a resultar un tanto opaca, incluso para políticos ilustrados. Sin el poder amplificador de la prensa, por lo tanto, lo más probable es que los escritores queden relegados al reducto de lo mayormente imperceptible para aquellos que habitan en cambio las altas esferas de la vida pública. Se diría que para la literatura, que es más que nada impotencia, se vuelve muy dificultoso acceder al ámbito del poder político sin esa mediación, la del así llamado “cuarto poder” (que es cuarto pero es poder al fin).

En Memorias de un provinciano, Carlos Mastronardi refiere dos encuentros de importancia que una circunstancial tarea de prensa le procuró: una entrevista con Lisandro De la Torre y otra con Marcelo T. de Alvear (un año antes de su suicidio, el primero; diez años después de su presidencia, el segundo). Con Lisandro De la Torre, se presentó un obstáculo insalvable: la renuencia del entrevistado a ocuparse de temas políticos. Consigna Mastronardi: “El visitado se abstuvo de formular declaraciones políticas”. Pero entonces, ¿de qué hablar? ¿Cómo salvar ese encuentro de un silencio inopinado, tan inexorable como insostenible? Sigue Mastronardi: “Recuerdo que en aquella ocasión, como si los dos quisiéramos salir del paso, hablamos de versos. Mi reservado interlocutor, no bien tomamos ese camino, mencionó con entusiasmo a Verlaine y a Regnier, de quienes había traducido algunos poemas”.

En cuanto a la entrevista con Marcelo Alvear, Mastronardi evoca: “Como todos los hombres que tienden a ganar voluntades, Alvear simuló conocerme, no recuerdo si como periodista o como poeta”. Mastronardi descree: “La suya fue una personal gentileza sin respaldo”, dado que ni sus crónicas de diario ni sus libros de poemas habían obtenido demasiada repercusión social, más allá de los siempre restringidos circuitos literarios. No obstante, dicho preludio les permitió a los dos entrar en tema, ya que a poco de conversar Alvear se despachaba contra las reformas introducidas por el presidente Ortiz en su gabinete ministerial.

La literatura como umbral (a lo Blanchot): sirve para entrar en tema (Alvear) o sirve para salir de un tema (De la Torre) y no tener que hablar de política; sirve para pasar a la política (Alvear) o para salir del paso (De La Torre); un lugar de paso o de escape, antes que un lugar de permanencia.

Las escenas en las que se encuentran los políticos y los literatos, las escenas de un encuentro entre literatura y política, tal vez sean las que mejor revelan lo que siempre habrá allí de desencuentro: un resto de desfasamiento, de desacompasamiento, de malentendido, de descolocación.

 

 

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