Poesía

La vida ama incluso a los que no la ven: tres poemas de Elvio Gandolfo

Reúnen la poesía del autor rosarino 

Tengo ganas de risas raquel de Elvio Gandolfo es la poesía reunida que acaba de lanzar Eduner. De ese tomo compartimos tres piezas.

Foto de Panta Astiazarán.

 

 

 

Tengo ganas de risas raquel reúne por primera vez la obra poética de Elvio E. Gandolfo, desde los poemas aparecidos en los setenta en las obras colectivas De lagrimales y cachimbas, Poesía viva de Rosario y La huella de los pájaros hasta los dos primeros trimestres de El año de Stevenson.

"Como si fuera un arqueólogo de su tiempo, Elvio se permite ser un observador de lo que le pasa, de lo que le ha pasado, de lo íntimo casi inconfesable, y a la vez de los sucesivos estallidos que los libros y las películas pueden producir en la escritura. Todo puede ser: cualquier asunto, por trivial que parezca, por doloroso que sea, pasa por estos poemas. En la lectura, calma o veloz, el asombro recorre estas páginas. El asombro, pero también la sonrisa", escribió Roberto Appratto en el prólogo.

 

 

 

La vida ama incluso a los que no la ven

 

Mientras seres de sienes plateadas por tristezas rigurosas

y exclusivamente poéticas escriben tiradas interminables

sobre la Vida,

la vida resbala por las escaleras y las calles y golpea en

sus ventanas

porque la vida ama incluso a los que no la ven.

 

Llama a sus ventanas

pero ellos no gustan de la sangre

y cierran los postigos.

No cesa de golpear y oleada tras oleada trata de llenarlos

de hojas y caras y manos

pero ellos desprecian los sucios dolores

y siguen aquejados de lánguidas tristezas poéticas

acompañados por mujeres grises

e inmóviles como transatlánticos.

 

La vida no se va y sigue golpeando

riendo a carcajadas

y pegando puñetazos en el roble de la puerta.

Pidiéndoles por favor

que ayuden a defenderla

de la bomba y las personas con gorra y los ascensores.

Ellos bostezan.

Por la noche prenden las estufas

y escriben largas estrofas

sin aire ni pájaros.

Tanto insisten que al fin la muerte

comienza a condecorarlos.

Llueven los premios nacionales, los cócteles,

las conferencias sobre

la mejor manera de morir sin dejar de respirar.

 

La vida deja de reír y llora

porque ama incluso a los que no la ven.

Rasca con su dedo ya flaco la puerta.

Los hombres preparan en sus piezas

muchas ars poéticas.

La vida se calienta y se va al diablo,

a reunirse con los conductores de ómnibus y

las estudiantes violetas enamoradas.

 

 

 

 

Adentro y afuera

 

Sobre todo

salir de la página,

alejarse del escritorio

y la computadora.

Uno mismo en otros lugares,

gente, familiares, paisajes

que desfilan tras una ventanilla

en movimiento,

vidas y muertes, gente que

se muda o exilia, que vuelve

y vuelve a irse.

 

Incluso caer hacia adentro,

eso que empezó a pensarse

hace tres o cuatro días.

O rescatar algún viejo

pensamiento o frase

(«alguien que no sea yo

debería hacer algo»).

 

Y al ir acomodándolo,

de vuelta en la computadora

y el escritorio, meterlo

sobre la página en blanco.

Lograr a veces la lenta

liberación de un peso,

o de un tema que preocupaba,

de un rostro que se repetía

sin decir por qué,

o, en la otra dirección

ir precisándolo, dándole forma

literalmente, viéndolo mejor.

 

 

 

 

Cuando escribías

 

Te acostabas

sobre el vientre,

la grupa doblada,

cómoda.

Mirabas el renglón,

apoyabas la punta

del lápiz

y lo movías

rápido, leve.

 

La punta

debía tener

un grado exacto

de grosor.

La afilabas

con la valijita

de plástico amarillo

que guardaba la madera

molida en su interior.

 

Sin cambiar

de posición

(el vientre,

la grupa,

el codo)

tomabas la goma

de papa

y el trazo gris

en vez de fluir

no estaba.

 

Te miré

escribir

dos o tres veces.

Algo me

nacía:

gratis,

generoso,

regalado.

 

La mirada

no te interrumpía,

hasta podías

mirarme

y después

volver a

caer entera

a las palabras.

 

Mirarte escribir

era para los dos

un dulce agobio

adicional

de aquellos días.

 

2/3/1997

 

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