Columnas

Cabeza gacha

Alejandra López

Esteban Echeverría en la mirada de Martín Kohan: alrededor del gesto del autor de “El matadero".


Por Martín Kohan.


No deja de cautivarme, cada vez que paso por ese borde torneado de la Plaza San Martín, la cabeza gacha de la estatua de Esteban Echeverría que ahí se encuentra. Porque lo propio de las estatuas es erigir, es elevar, es encumbrar (de hecho, justo enfrente, en plena plaza, un pedestal levanta un caballo, que a su vez levanta a un héroe, que a su vez levanta un brazo, que a la vez levanta un dedo: es la sólita estatua de José de San Martín). Echeverría está de pie, sí; pero con la cabeza gacha. ¿Cavila? ¿Se apesadumbra? Cavila y se apesadumbra, o se apesadumbra porque cavila. Y anda por el mundo con el semblante adusto de su cabeza gacha (para una consideración integral de la Plaza San Martín en Buenos Aires, me remito al notable ensayo de Álvaro Abós: Plaza mágica; para un abordaje también notable del mundo de las estatuas, al documental de Matías Capelli: Recordá esto).

Entre tantas y tantas efigies dedicadas a los hombres de acción (de la guerra y de la conducción del Estado), complace esta otra que se destina al homenaje del hombre de ideas: el que pensó, leyó, escribió, el que dijo. Y complace que se lo dé a ver ni más ni menos que así, mientras piensa, entregado al propio pensar. No a la manera establecida con el célebre Pensador de Rodin (sentado y quieto, con el puño bajo el mentón), sino andando, caminando, en movimiento.

Cabeza gacha: Echeverría va ensimismado en sus pensamientos. Pero en eso que acaso entusiasma en la visión del pensador en acto, puede que surja también algo que a la vez nos inquiete. Porque, ¿qué otra cosa, sino eso, fue lo que trajo la perdición del unitario en “El matadero”? Andar, como andaba, abstraído por demás, muy metido en sus pensamientos, al punto de no darse cuenta de que se metía donde se metía: en territorio ajeno, impropio, enemigo; en el espacio de una violencia que no estaba sujeta a control, violencia de desborde y exceso que pronto haría de él su víctima.

Y ocurre que ahí va, en su estatua, Esteban Echeverría, el autor de “El matadero”, mirando el piso, solamente el piso, esto es, sin fijarse bien por dónde anda, con ese aire de distracción tan propio del que barrunta dilemas. No hay, empero, en este caso, en este sitio, ya nada que temer. La historia de “El matadero” se ubicaba en los tiempos de don Juan Manuel de Rosas, en la zona de Barracas, del lado sur de la ciudad. Y la estatua de Echeverría fue emplazada, como por precaución, justamente del lado opuesto. Y si de resonancias históricas se trata, no ya en el espacio de la violencia desatada (desatada en lo literal, tal y como se desató el toro), sino frente al lugar donde se inició la larga tarea de ordenar, regular, sistematizar esa violencia, volverla manejable, sujeta a direccionamiento, pasible de verse activada pero también desactivada. Ahí en Retiro, donde hoy se encuentra la Plaza San Martín, se instaló en su momento el Regimiento de Granaderos a Caballo. El lugar donde José de San Martín, el Padre de la Patria, principió el arduo proceso de sujetar a método la violencia que ya existía.

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