Columnas

Hacia una teoría del ejemplar perdido

Alejandra López

Jorge Consiglio y una nueva entrega de sus columnas, esta vez alrededor de la lectura y quienes la ejercitan: “T oda biografía de lector debería escribirse como una sucesión de apariciones", escribe.


Por Jorge Consiglio.


Existe una pregunta que vuelve cada tanto, como si no terminara de encontrar una respuesta adecuada: ¿qué es un lector? Hay una dimensión de la lectura que depende menos de los libros leídos que del relato de cómo esos libros llegaron a cada lector. En esa zona, definitivamente, nace la mitología personal. Cada lector conserva una colección de escenas fundadoras: el volumen encontrado en una biblioteca ajena, el heredado, el comprado con el primer sueldo, el que apareció por azar en una mesa de saldos, el robado. No recordamos únicamente las lecturas, recordamos las circunstancias que las hicieron posibles. La procedencia de los libros, antes incluso que su contenido, forma parte de nuestra identidad como lectores.

Ricardo Piglia entendió bien esta dimensión de la lectura. En El último lector se pregunta cómo leen los lectores (ficcionales y reales) y, además, desde dónde y en qué condiciones lo hacen. Cada lector memorable inventa una escena para la lectura. En ese libro, Piglia narra un episodio extraordinario que condensa, con la precisión de una parábola, el vínculo entre azar, destino y lectura. El protagonista es el coronel Manuel Baigorria, el célebre "cacique blanco". Después de cruzar la frontera, hacia mediados del siglo XIX, vivió durante años entre los ranqueles. Existen dos versiones de esa experiencia: la que el propio Baigorria dejó en sus memorias y la que recogieron los cronistas. Piglia cuenta que, de los malones, los indios volvían con diversos objetos saqueados; de un malón en particular, trajeron un libro. Era una edición chilena del Facundo, de Sarmiento, con varias páginas perdidas. Nadie hubiera podido imaginar un lector para ese ejemplar mutilado en medio del desierto. Sin embargo, el libro encontró al suyo. Baigorria se apasionó con la lectura (lo imagino afiebrado con el texto) y decidió construir una pequeña choza de barro y paja, apartada de la toldería, únicamente para leer el Facundo. Se alejó de lo cotidiano, se aisló, evitó las interrupciones. Diseñó un espacio en el que la lectura podía ocurrir. La escena tiene algo de legendario, responde a una lógica distinta de la historia de la lectura. Ese ejemplar del Facundo no llegó a Baigorria por medios tradicionales, apareció a través de un malón. Este pormenor resulta excepcional. La violencia de la historia produce, de manera lateral e inesperada, una escena de lectura. El origen del libro modifica el sentido del libro mismo. Es imposible separar una cosa de la otra. Pienso seguido que toda biografía de lector debería escribirse como una sucesión de apariciones. ¿Cómo llegó ese libro hasta esas manos? ¿Qué recorrido hizo antes? ¿Qué accidentes, pérdidas, olvidos o casualidades permitieron el encuentro? Las respuestas a esos interrogantes, probablemente, digan mucho sobre un lector, tanto como el mismo inventario de su biblioteca.

Hace poco preparé una clase sobre las novelas de Aira. Inevitablemente el recorrido desembocó en la cuestión de la vanguardia. Volví sobre un desplazamiento crítico que siempre me pareció fértil. Julio Premat propone reemplazar una pregunta manifiesta: ¿qué es la vanguardia?, por otra: ¿qué será la vanguardia? El cambio del tiempo verbal altera por completo la perspectiva, transforma la vanguardia en una posibilidad permanente. Es, concretamente, presunción de futuro.

La hipótesis de Premat me vino al pelo para pensar Aira. Si su literatura sigue siendo vanguardia es porque reactiva un modo de producir literatura. Esa constatación me llevó directo a uno de sus precursores: Raymond Roussel. Aira nunca ocultó la admiración que siente por él. De Roussel toma, entre otras cosas, un programa radicalmente antiexpresionista y antipsicologista, pero también la confianza en la improvisación, en el azar, en la invención como puesta en abismo. Con esas ideas en la cabeza me encontré, como cada semana, con mi amigo Pérez Guzmán. Le hablé de Aira, de Premat, de Roussel, de la secreta genealogía que trasciende las fechas con las que suele ordenarse la literatura. Pérez Guzmán escuchó atento. Después hablamos de otras cosas y nos despedimos. Algunos días más tarde volvimos a vernos. Traía un libro para regalarme. Era un ejemplar viejo, muy deteriorado, que publicó Siglo XXI en 1973: Raymond Roussel, de Michel Foucault.

Antes de dármelo me contó cómo había llegado a sus manos. Manejaba su Sandero gris por Elcano cuando vio un libro abierto sobre el asfalto, exactamente en el medio de la calzada. Lo descubrió un segundo antes de que otro auto le pasara por encima. El volumen se cerró por el golpe, giró sobre sí mismo y quedó unos metros más adelante. Pérez Gusmán hizo una maniobra riesgosa. Estacionó, volvió caminando y levantó el libro. Estaba maltrecho, con la primera hoja cruzada por la huella de la rueda. Recién entonces leyó el título. No podía creerlo. Vuelvo a esa escena y me pregunto cuál es la verdadera historia de ese ejemplar. ¿Quién lo llevaba? ¿Cómo terminó en medio de una avenida? ¿Se cayó de un bolso? Nunca lo voy a saber, pero tampoco importa. Lo decisivo ocurrió después, cuando el ensayo de Foucault sobre Roussel encontró un lector indirecto antes de llegar al lector al que, por una cadena de asociaciones, parecía destinado.

No creo especialmente en las señales ni en las misteriosas armonías del universo; sin embargo, tampoco me convence la idea de que todo sea una simple coincidencia. Entre el azar absoluto y la providencia existe una zona más interesante: la que construyen los propios lectores cuando organizan la historia de sus libros. Porque un lector interpreta textos, pero también descifra los caminos que recorrieron hasta llegar a él.

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