Entrevistas

Gabriela Cabezón Cámara: “Tenemos derecho a la belleza”

Iván Terzo

Galardonada recientemente con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y el National Book Award, fue entrevistada en vivo en el primer Festival Raizal.


Por Damián Huergo. Fotos de Iván Terzo.


Presentar a Gabi, hablar de Gabriela Cabezón Cámara, es como nombrar al sol, como nombrar a un rayo de sol. Todos los que estamos acá, y los que están allá y más allá también, tenemos y tienen una idea de ella; de sus libros, de sus opiniones, de sus agites, de sus ternuras, de sus trabajos, de sus “chau caretas”, que enorgullecen cuando los arroja como bombas pequeñitas, tanto en un escenario local como en uno internacional.

Gabi siempre estuvo ahí. Cuando nos despertamos a la literatura argentina, ya estaba ahí; incluso antes de escribir La virgen cabeza, antes de ser una autora que todos conocíamos, antes de asomarse por la terraza de esa bendita antología que armó Florencia Abatte a principios de este siglo, que roguemos y trabajemos para que no sea el último.

Gabi ya estaba ahí porque lleva las huellas de la literatura argentina; de Thenón, de Pizarnik, de Demitrópulos, de Gallardo, de Copi, de Perlongher, de Moreno, de Guzmán, de Medina, de los Lamborghini, de Quiroga. Gabi estaba ahí, no como el dinosaurio de Monterroso, sino como un sol. Y como el sol viene iluminando zonas desde su trilogía oscura; una virtud que consolidó y amplió en su díptico luminoso, como me gusta llamar a sus últimos dos libros, que componen Las aventuras de la China Iron y Las niñas del naranjel.

Es difícil ponerle palabras a sus libros, reducirlos a unas pocas líneas, a un sintagma que los totalice. A sus libros les pasó lo mejor que le puede pasar a un libro: son comentados, charlados, discutidos, valorados. Se destaca su lirismo, el trabajo con el lenguaje, la musicalidad de la prosa, las escenas queer, la disputa de narrativas fundacionales de la patria, la crítica al extractivismo. También podemos sumar la creación de utopías psicodélicas, la armonía de sus mundos con utopías zapatistas -corre por cuenta mía-, la invención de familias como utopía colectivista, y por último, pero no menos importante, el amor como cuidado, deseo y movilidad ascendente.



Hace unos años te mudaste a la orilla de la ciudad, a un entorno rural, más cercano a la naturaleza. ¿Cómo fue ese pasaje de una vida tan urbana a ese otro modo de vida?

Tenía el deseo de hacer eso. Después, viste cómo es, llegas a algún punto, mirás para atrás y te aparecen imágenes que vos podés organizar en algo que parece un camino. Las retrospectivas son buenas para la narrativa. Organizás todo lo que te pasó, que pudo haber sido cualquier delirio, pero de golpe le das un sentido, le das una dirección. Y me acordé de mí misma siendo una nenita, en la casa de mi abuelo, mirando unas flores muy diminutas, violetas. Eran diminutas para mí cuando era chiquita, así que serían de esas nanoflores. Y me recuerdo asombrándome, estando muy maravillada porque en ese momento supe que las flores crecían sin que nadie las sembrara, crecían por sí mismas. O sea, había un montón de cosas en la tierra que nacían, crecían y vivían por ellas mismas sin intervención humana. Había plantas que crecían sin que mi abuelo las sembrara. Fue un descubrimiento alucinante.

Después, unos años después, cuando tenía 18, me habían regalado una moto. Una moto Minsk, no sé si alguien la recuerda, ya era vieja, era muy linda, se quedaba todo el tiempo, había que patearla muy fuerte, no me daba la fuerza para la patada. Siempre tenía que esperar que alguien aparezca, le diera una patada y arrancaba. Me acordé de la moto y un día me fui al Tigre. La moto se me quedó arriba del puente que cruza al río Tigre y bueno, me quedé ahí mirando. Vi que pasaba gente remando, gente que era muy mayor, muy mayor para mí que tenía 18, por ahí tenían 40 años, ahora diría unos jóvenes remando. Y pensé que yo quería hacer eso y lo logré. Fui a remar y me encontré con este universo de gloria, que es el mundo natural. Hace unos 40 años el Tigre estaba menos colonizado que ahora. De todas maneras sigue siendo una maravilla. Me acuerdo, por ejemplo, un día estaba volviendo, agotada y sentía que no iba a llegar al puerto. Eso que pasa siempre cuando uno vuelve agotado, haciendo tracción a sangre con la sangre. Y en un momento miré para arriba y vi las copas de los árboles y miré para abajo y vi las raíces de los árboles sosteniendo la tierra y pasó un pájaro y era todo tan glorioso que me encontré diciendo gracias y yo no soy creyente, o sea, que no sabía ni a quién ni a quién le estaba diciendo gracias. Fue como un momento muy mágico y tengo asociado ese momento a un poema de Juanele que nunca más volví a encontrar, espero no estar inventándomelo, que dice algo así. No supe a quién agradecer tanta gracia. Ahora tengo más idea de a quién agradecerle tanta gracia y diría, "Gracias, madre tierra, gracias árboles, gracias insectos, gracias a biósfera, gracias a todo este tejido de la vida."

Después me mudé al Abasto, en las afueras de La Plata. Fue una gran felicidad porque me encuentro mirando, observando detenidamente qué hace un insecto y viendo pasar a las comadrejas. También hice un estanque. Ahora ahí viven un montón de ranitas, de sapos, vienen los pajaritos a bañarse. Bueno, me da mucha felicidad. Un jardincito mínimo, pero hice un quilombo de vida. En mi jardín vive todo lo que puede vivir. Si hay acá gente con jardines, piensen que ese diseño de grama brasilera es muerte. Tratemos de construir pequeños refugios para los otros seres en cada cosa que podamos. Una maceta incluso.

En estos días volví a leer tu obra completa. Me pasó algo físico mientras te volvía a leer, sentí en el cuerpo el pasaje de la trilogía de la oscuridad -que en su momento me había impresionado mucho- a la parte de tu obra más luminosa. En ese camino fui encontrando varios pasajes. Por ejemplo, de la merca a las plantas maestras, de la soledad a la ceremonia con otros, de la animalidad a la perspectiva animal, de la velocidad a la contemplación, de los bajos fondos del AMBA a los bajos fondos de la historia de la patria. Te quería preguntar si esa ruptura en tu obra está asociada a este cambio de vida, de escenario, de hábitos.

De alguna manera, sí, pero también el cambio de escenario, por así llamarlo, está asociado al deseo de cambio. Pude aprender a sentir. Porque algo que nos pasa con la vida hiperurbana es que toda una parte de nuestra sensibilidad tiene que anestesiarse, si no, no la podés soportar. Aprendí a “desanestesiarme” en una medida importante para mí y con su costo también. Es como que el dolor de lo que estamos padeciendo tanto los seres humanos, como los otros seres no humanos, es un montón y a veces es insoportable. Pero para sentir la belleza también hay que sentir el dolor, no se puede evitar, viste que la sensibilidad no se puede interrumpir exactamente.

En tu Instagram te presentabas primero como socioambientalista y después como escritora. ¿Había algo del orden de la arbitrariedad en esa decisión, teniendo en cuenta que todos te conocemos como escritora?

Ahora no me presento como nada, pero en ese momento me parecía más urgente activar, disfrutar de la causa socioambientalista que hablar de mis propios libros y de mi propia profesión, oficio, como se llame ser escritor. En ese momento estaba con eso.


¿Y ahora qué lugar ocupa el activismo en tu vida?

Ahora está todo el tiempo. Es una manera de vivir, de sentir. De pensar el mundo. Hay algo del yo cuando estás escribiendo que cae y es como si te atravesara un río. Eso que te atraviesa es algo más grande que vos, mucho más diverso y rico en el sentido de la diversidad, más interesante ni hablar. Y uno va manoteando de ahí lo que puede, porque lo tocás y se desvanece. Y por ahí el arte de escribir es poder agarrar algo antes que se desvanezca y plasmarlo. Tal vez ese mero tratar de agarrar algo del río ya es una activación. Tener la humildad suficiente para dejar que eso aparezca y no tratar de imponerle a priori ninguna forma, ningún plan.

Esa urgencia que nombrás, ese llamado, ese grito de la naturaleza, en Las niñas del naranjel Antonio, el protagonista, lo escucha de la escritura. Esta disociación entre escribir y tu actividad como socioambientalista están muy unidas. ¿Cómo conviven en tus libros?

Me parece que hay una sensibilidad que me permite agarrar alguna de esas cosas del río que me atraviesa. La misma sensibilidad que a veces me arroja a activar un poco, tampoco soy el Che del ambientalismo, o mejor la Rosa Luxemburgo. Me parece que hay una sensibilidad que se activa cuando se nos quita algo enorme y hermoso. Tenemos no sé cuántos millones de personas viviendo ahí, de las cuales dos tercios no se pueden pagar vacaciones a ningún lado. ¿Por qué no podemos ir a la playa en el río? ¿Qué cuesta dejarlo un poco en paz para que se vaya limpiando? ¿Por qué nos privan de eso? Nos privan porque eso también significa que el agua que sale de las canillas está envenenadísima. ¿Por qué? ¿Qué necesidad hay? ¿Por qué es inevitable? ¿Por qué no se puede cambiar? Están matando a un montón de seres, están privándonos de la belleza. ¿Ustedes fueron alguna vez a una minera, vieron lo que es eso, vieron los ríos muertos? Nos privan, nos roban el agua que es la vida. Tenemos derecho a la belleza. Y ni hablar que los otros seres tienen derecho a vivir. Nosotros también tenemos derecho a vivir, que eso es algo que parece que está bastante en entredicho hoy, ¿no? ¿Quién tiene derecho a vivir? ¿Quién tiene derecho a matar?

Te escucho y pienso en Marina Garcés, cuando dice que asumir la condición póstuma del planeta como inevitable es un posicionamiento ideológico. Ella dice que si la mirada posmoderna nos decía que estábamos a la deriva, la actual que impera nos dice que el planeta es insostenible. Esta condición póstuma se lee en el auge de las narrativas apocalípticas, de las narrativas distópicas, incluso hasta en los comentarios cotidianos cuando analizamos nuestra la realidad diaria. Por lo contrario, en tu literatura aparecen varias utopías: festivas, baruyeras, psicodélicas, familiares, amorosas, feministas, zapatistas incluso. ¿Es posible la utopía en el mundo actual?

Casi toda la gente que conozco acá y en muchos lugares del mundo, se hace esa pregunta: ¿qué hacemos o qué vamos a hacer o qué podemos hacer? Yo no tengo la respuesta, pero la pregunta es un fantasma que está recorriendo el mundo. Lo que me preguntas me recuerda a Margaret Tatcher, cuando les quería imponer a los británicos su horrible política y les decía no hay alternativa. Siempre hay alternativa, siempre. Ahora también queda una ventana de oportunidad, un tiempo corto para reducir el uso de combustibles fósiles y que nuestros hijos, nietos y bisnietos tengan oportunidad de vivir. Se puede, todavía hay tiempo y nunca es inevitable el desastre. No es inevitable la guerra, no es inevitable un mundo distópico en el que estemos enganchados a máquinas solos de una soledad que te pulveriza los huesos, hablando con una inteligencia artificial que te dice que sos un genio. Siempre hay una alternativa y en el momento de la escritura, que ya te digo no es tan consciente lo que acontece, lo que me acontece a mí, hasta un cierto punto, aparece este deseo de utopía. Todo se puede hacer de otra manera, pero supongo que deprimidos y pensando que no se puede hacer nada, somos más más fáciles de manejar. El pulso utópico es un pulso antiguo, es un pulso ancestral. Algo de nosotros sabe que también somos capaces de eso. Y a la hora de la escritura, en estas dos últimas novelas, me surgió con mucha fuerza.

En tu obra identifico tres utopías o, quizás, es una sola que se bifurca. Una psicodélica, otra que relaciono con la cosmovisión del zapatismo y por eso la llamo zapatista (una utopía feminista, ideal, justa, armoniosa con la naturaleza), y otra la utopía del amor. El amor al parecer siempre llega de afuera: la suiza transforma a la Negra al punto de darle su cara; la Inglesa transforma el devenir de la colorada; Quitty se asoma al universo de Cleo desde los confines de acá a la vuelta; incluso el amor de Antonio por las niñas, también viene de afuera. ¿Por qué el amor suele venir desde afuera?

Creo que siempre me gustaron las telenovelas en las que estaba el niño rico y la muchacha, no sé, de algún lugar me quedó esa matriz. Por otro lado me gusta pensar en mundos que no deberían juntarse y que se juntan. Me gusta pensar esos choques de mundos, de maneras de vivir, de concepciones. Me gusta pensar esas diferencias permeando, generando algo nuevo. Más en este momento geopolítico, ese rasgo de casi telenovela me resulta muy interesante. Me estuve metiendo en Twitter un poco, cosa que no hacía hace mucho. Estoy viendo que la gente se empieza a definir a sí misma como cristiana o musulmana o judía de una manera que suena casi medieval. Porque todos podemos ser cristianos, musulmanes o judíos, lo que se nos ocurra, pero que eso nos defina en un sentido de oposición a los otros es tremendo. Entonces, que vivan los romances entre cristianos, musulmanes y judíos. Juntémonos, hagámonos permeables los unos a los otros.


Tu obra también se puede leer como una gran novela familiar. En tus libros hay muchos tipos de familias. Incluso la última que forma Antonio y las niñas con los animales que las rodean me parece algo maravilloso. Te quería preguntar de qué está hecha una familia y de qué están hechas las familias de tus novelas.

No sé de qué está hecha una familia, sé de qué está hecho el deseo de familia, de una red de relaciones con personas a las que querés mucho, que te quieren, que cuidas, que te cuidan y con la que podés compartir la vida. A mí me gusta pensar ese deseo y sentirlo y ampliar las posibilidades de conexión entre las personas, porque si no nos quedamos muy solos.

Me gusta pensar que todo lo que se pudre no forma una familia. Al menos, no todo, al menos no en estas familias ampliadas.

En la familia antigua vivía un montón de gente toda junta. Los tíos, los abuelos, los primos, los vecinos en casas gigantescas, y si pensamos en la familia contemporánea, dos personas y un niño, es un bajón. Además las dos personas se ven forzadas a trabajar hasta 12 horas por día por salarios que rondan la línea de pobreza. ¿Quién cuida a las niñas y los niños? ¿Por qué nos obligan a dejar a los chicos solos? Los chicos solos con el teléfono es un desastre. Es un desastre. Su psiquismo no se forma. Si tuviéramos estas familias ampliadas, por lo menos los pibes no se quedarían solos. Hay algo que pasa que es mejor en las familias ampliadas. A mí no se me escapa que la familia puede ser un horror, puede ser una cárcel, puede ser un lugar casi de tortura. Una familia alberga emociones muy diversas, pero yo en general escribo sobre familias que se van consolidando a lo largo de la vida, que de alguna manera vas eligiendo la gente que se te va cruzando, vas sintiendo esas afinidades, se van armando estos puentes y me gusta pensar eso, ese tipo de reunión más dado por el deseo compartido de compartir el tiempo juntas y juntos.

Glauber Rocha, en su famoso manifiesto de la estética del hambre, dice que la pobreza y el hambre no son impedimentos para buscar nuevas formas y lenguajes. ¿Compartís esta reflexión?

Sí, absolutamente. ¿Dónde está más viva la lengua? ¿Dónde se inventan palabras, modos de decir nuevos? ¿En Recoleta o en los cuartos cordones de los conurbanos de todas nuestras ciudades? Nosotros muy universitarios, muy comiendo todos los días y con prepaga, pero no tenemos esa capacidad, ese ejercicio del neologismo constante. Cuando yo era adolescente tuve unas amigas, un grupo de amigas travestis. Imagínense lo que era ser travesti hace 40 años en este país. Bueno, se quedan cortas. Eran pibas que tenían 15, 16 años, las habían echado de la casa a los 12, 13. Llevaban una vida durísima. Dedicadas a la prostitución, prostituidas por pedófilos. La cana las llevaba presas solo por salir a la calle, era un delito ser travesti. Una vida durísima. Y así todo yo nunca en mi vida me reí tanto como con ellas y nunca escuché tanta poesía espontánea como la que salía de sus bocas. Inventaban una palabra detrás de otra. Era algo impresionante.

Para ir cerrando, cada vez que escribís un libro entrás en un proceso de cuatro o cinco años más o menos. Me gusta pensar que uno elige dónde va a habitar ese tiempo. Y quería preguntarte cómo había sido el llamado de la selva en Las niñas del naranjel.

Siempre tuve una fijación loca por la selva desde muy niña. Yo miraba Tarzán, por ejemplo, y tomaba nota de cómo no caer en arenas movedizas y pensaba cómo ir, cómo pasar de liana en liana. No sé, tengo una fascinación muy de niña y en algún momento pude conocer partes de la selva para la escritura de Las niñas del Naranjel. Le dije a un amigo mío muy querido, Emilio White, que es un fotógrafo naturalista extraordinario, que me lleve. Tuvimos algunas aventuras muy encantadoras. Para ver lo que ve un fotógrafo naturalista, tenés que hacer lo que hacen ellos: quedarte horas y horas y horas casi sin respirar, quiero decir, sin hablar, sin desodorantes, sin repelente insectos, sin nada que le dé un indicio a los animales que querés ver de que estás ahí, porque muy razonablemente nos tienen pánico y si nos ven o nos escuchan, se van, no aparecen. Vos vas por la selva y parece que estuvieras casi solo, salvo que te quedes muy quieta.

¿Fueron solos?

Fuimos con Emilio y un guardaparques a un barrero. Estuvimos ahí en un pedacito de tierra un poco más grande que esta mesa, horas y horas y horas y no pasó nada. Yo me quería morir porque no se podía leer, no se podía hablar, no se podía nada y no sabía cómo estar tantas horas sin nada de eso. Y volvimos al día siguiente y ahí, pum, algo pasó. Entré y empecé a observar lo que había, a sentir y empecé a distinguir cuándo te camina por la piel una araña o una hormiga, un mosquito o una abeja. Empecé a mirar por entre las hojitas del follaje, ver qué había en el arroyo. Vieron que en las superficies de aguas calmas hay unos bichitos que hacen como unas nubecitas que suben y bajan, suben y bajan. Bueno, como lo estuve mirando unas horas, me di cuenta que cuando bajan patinan un poco. De hecho, creo que les dicen bichos patinadores, patinan un poco, pero lo hacen de tal modo que no rompen la tensión superficial del agua, o sea, no se mojan. Fue una cosa hermosa, sentí el sonido de las alas, de las aves más chiquititas. Tenés que estar atento. Eso de vivir en el presente y de estar presente, yo nunca lo había entendido, no me salía hasta en este último viaje a la selva misionera, donde tenía que prestar atención.

Por último no te voy a preguntar qué andas escribiendo, pero sí si ya estás escuchando algún gritó de la naturaleza, si te estás acercando a alguna zona que vas a estar un largo tiempo investigando y escribiendo.

Digamos el tejido de la vida, la conciencia de ser parte de ese tejido de la vida. Somos parte de ese tejido. Ni siquiera estamos hechos de pura humanidad. Tenemos millones de bichos adentro sin los cuales no podemos vivir. Y bueno, mientras coincidamos en los objetivos con estos bichos vivimos y si tenemos una diferencia de objetivo muy grande, nos morimos. Es imposible separar a los seres humanos de la naturaleza. Lo no humano también es lo que somos.

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