Diego Zúñiga: “Le debo toda mi formación a las bibliotecas públicas”
Cortesía Malba - A. Guyot.
Lunes 22 de junio de 2026
El escritor chileno está participando de la residencia REM del MALBA . Compartimos algunos destacados de la entrevista de bienvenida realizada en el museo .
Por Valeria Tentoni.
Seleccionado entre más de 600 postulantes por un comité internacional integrado por el Nobel John M. Coetzee, Soledad Costantini, Fabio Morábito, Christian Lund y Valerie Miles, el chileno Diego Zúñiga es el primer escritor que participa este 2025 de la Residencia de Escritores Malba. Iniciada en 2018 y organizada por el departamento de Literatura del museo en alianza con Ampersand, la REM recibirá este año también a Beñat Sarasola (San Sebastián, 1984), Mayte Gómez Molina (Madrid, 1993), Riccardo Frolloni (Macerata, 1993) y Benoît Coquil (Brest, 1989).
Es escritor, editor y periodista, Zuñiga ha publicado las novelas Camanchaca, Racimo y Tierra de campeones; el libro de cuentos Niños héroes ((todas disponibles en Random House) y los libros de no-ficción Soy de Católica (Lolita) y María Luisa Bombal, el teatro de los muertos (Ediciones Universidad Diego Portales). Algunos de sus libros se han traducido al inglés, francés, italiano, neerlandés, alemán, turco, checo y portugués. En 2017 fue elegido por el Hay Festival para ser parte de Bogotá39 como uno de los mejores 39 escritores latinoamericanos menores de 40 años, y en 2021 la revista Granta lo eligió como uno de los 25 mejores narradores jóvenes en español.
Quizás podríamos comenzar hablando de esta especie de trilogía, acaso involuntaria, que se forma con tus novelas, montada sobre un escenario real, que es Iquique. ¿Cómo pensás al territorio? ¿Y las pensás en conjunto o fue accidental?
Siempre que vuelvo a Iquique siento que es como un territorio de ficción. No sé si todos los escritores tienen un lugar así, hay escritores que lo han inventado completamente. Yo de alguna manera lo inventé y no lo inventé, porque también lo que ocurre con la ciudad es que yo viví en ella sobre todo en los años 90, y por supuesto que, como pueden imaginar, ha cambiado completamente en los últimos veinte, treinta años. Entonces también vuelvo y hay cosas que ya no existen, pero que sí existen en las novelas que escribí. Es una sensación muy rara. Mirando los tres libros juntos, pienso que son un viaje hacia atrás. Digo, Camanchaca ocurre en mi imaginación, en la primera década del 2000, Racimo ocurre a fines de los 90 y Tierra de campeones ocurre ya en los 60, 70. Ha sido un ir hacia atrás. Para mí se cerró el capítulo del norte con estos tres libros, igual siempre lo digo y puedo estar mintiendo y puede venir otro. Lo que pasa es que los que hemos vivido mucho tiempo en ciertos lugares donde el paisaje es tan imponente tenemos la sensación es que uno se podría quedar escribiendo eso toda la vida. Yo me fui a vivir a Santiago cuando tenía doce, trece años; fue traumático irme de Iquique a Santiago, y yo supongo que finalmente los libros lo que han hecho todo el rato es tratar de reconstruir ese espacio del que me fui de un día para otro. Me cuesta mucho escribir textos donde no tenga situados a los personajes en un territorio. En el libro de cuentos las historias ocurren más bien en distintos lugares de Santiago y ahí ya pienso el territorio, más que pensándolo en términos de paisaje lo pienso como un entramado social, que yo creo que ahí sí va definiendo de manera mucho más categórica a los personajes y a los cuentos en sí.
Camanchaca narra el viaje en ruta de un niño con su padre, se cuenta un poco la relación de este niño con su el divorcio de sus padres. Hay un montón de líneas de las que podría tirar, pero voy a elegir tirar de la del niño lector, que en el resto de tus novelas se replica: la cuestión de quiénes son los que saben leer. En Tierra de campeones está Violeta, pero también Martínez, el niño buceador, en cierto momento se entera de que es el único que sabe leer. Y eso lo hace sentir solo. La aventura de Camanchaca, para volver, es también la aventura del joven lector que llega a Buenos Aires, porque en un momento cruzan y buscan libros en las librerías. ¿Cómo pensás a tus personajes lectores, siendo vos un gran lector?
No me acordaba lo del Camanchaca de Buenos Aires, el niño que viene a comprar libros... Yo crecí en una casa sin libros, no había una biblioteca. No fui un lector de niño, sino mucho más grande, a los quince, dieciséis. Y, claro, supongo que la experiencia de crecer en una casa sin libros de alguna manera está un poco ahí. Tampoco me interesa mucho hacer una épica de eso. Yo soy un lector sobre todo de bibliotecas públicas, le debo toda mi formación a las bibliotecas públicas, que Santiago por suerte tenía buenas. Pero claro, supongo que esos vacíos finalmente igual aparecen de una u otra manera. No quiero sonar tan exagerado, pero por supuesto que los libros me cambiaron la vida en muchos sentidos, sobre todo porque cuando me voy a vivir de Iquique a Santiago, ahí aparecen. Justo un par de compañeros en el colegio también se pusieron a leer a la par, entonces la lectura siempre fue algo grupal. Por supuesto que es muy solitario el ejercicio en sí, pero también para mí el leer es conversar lo que leímos. En Tierra de Campeones se me apareció la figura de Violeta, que tú decías que es la que de alguna manera es la que sabe leer y es la que a partir de ahí también tiene una sensibilidad distinta, una relación con el mundo un poco distinta, y el protagonista creo yo que la admira mucho y de alguna manera la quiere replicar. También es verdad que yo he estado rodeado, en general, pensando un poco en la figura de Violeta, he estado rodeado siempre de lectoras que para mí han sido de alguna manera las maestras que a uno lo guiaron a convertirse en el lector que finalmente uno puede ser.
En Camanchaca también hay una escritura fragmentaria, que ahora es muy común pero no lo era en la época, mucho menos para una primera novela. ¿Cómo fue eso? Lo pienso como cercano a la poesía, siendo Chile una nación de campeones en ese plano, y a partir de las citas y las referencias veladas en Tierra de campeones a Violeta Parra, Paulo Leminski, entre otros. ¿Nunca escribiste poesía?
No, para eso hay que tener talento. Tuve la suerte, quizás para contar un poco eso, de tener en el colegio un profesor de lenguaje, que fue muy importante. Armamos un taller literario en el colegio y él era muy fan de lo que yo hacía. Yo ahora lo pienso y digo, esos textos eran espantosos. Pero él vio algo ahí. Y quizás también confirmé que lo que me estaba diciendo era verdad cuando un día llevé unos poemas y me dijo no, esto no, por acá no. Y fue terrible, porque además yo tenía, no sé, 15 años, 16 años, y me acuerdo después de que eran textos escritos a mano, todo muy trágico, recuerdo haberlos roto y haberlos tirado. Pero claro, cuando me dijo que no, de pronto, bueno, si me dice que no y lo otro me dice que sí, algo real debe haber ahí. Y a él le debo sobre todo la lectura de poesía. En el colegio leí a Juan Luis Martínez, Enrique Lihn, Jorge Tellier. Tuve la suerte de encontrar esos textos siendo muy chico y haberme maravillado. Siempre me pareció increíble todo lo que puede hacer un poema en tan poquito espacio. Cuando apareció Camanchaca los libros fragmentarios no eran muchos. Por supuesto que no inventé nada, de hecho hay un libro clave, un libro hermoso de la literatura chilena de Adolfo Couve, Blatt & Ríos lo publicó acá. Pero esos fragmentos son mucho más raros. Me acuerdo de alguna novela de Mario Belatín, a propósito del fragmento, que en esos años también me encontré, y debe haber sido en ese viaje que yo cuento en Camanchaca, que fue real. Me debo haber llevado Dos veces junio de Martín Kohan, también, y me pareció bien curioso lo que hacía él también en términos estructurales. Y en el fondo, claro, la idea del fragmento me pareció útil. Yo quería que el lector se concentrara mucho en una imagen, como si cada fragmento fuera una imagen que se puede ver hasta encontrar no sólo lo que aparece en una primera impresión, sino lo que hay detrás. De alguna manera, yo tenía esa ambición con respecto al texto. Y también era mi manera de acercarme un poquito a la poesía, porque de verdad lo digo, yo creo que para mí los poetas trabajan en otro nivel, que para mí es superior. Se nota mucho cuando un poeta no es bueno; creo que en la narrativa estamos llenos de colegas que no son tan buenos, pero que por último se les perdona. Puede haber una serie de malos entendidos, de hecho, pero en la poesía eso no pasa. O sea: uno ve y dice este sí y este no. También hay malentendidos, pero menos... En Camanchaca yo estaba obsesionado también en ese momento con algo que se me pasó, por suerte, que era la idea de la contención. Ese es un texto que el narrador es muy frío, es muy raro, ya después eso se fue un poco soltando, pero como era un narrador que no se permitía transmitir ningún sentimiento de manera explícita. También por esa época me influyó mucho el cine de Lucrecia Martel, La ciénaga sobre todo. De pronto vienen alumnos de mi taller, chicos que quieren hacer un texto fragmentario, y me piden referencias y yo por supuesto que no les voy a dar mi libro, y por suerte hay un montón ahora y hay cosas que están buenísimas. Pero también se chacreó, como se dice en Chile, me parece que se gastó.
Leí que “camanchaca” es un término que proviene del aimara y quiere decir oscuridad, además se refiere a una neblina que hay en el norte de Chile. Pensaba también en la oscuridad en tus novelas, hay muchos momentos en los que la oscuridad es algo positivo, pienso en el momento en que el buceador compara las aguas europeas con las chilenas y prefiere las oscuras aguas del sur, le va mejor ahí.
"Camanchaca” me parecía que era una palabra que decía todo lo que yo quería decir. Es una neblina muy densa que se da en el desierto, y para mí la novela tiene eso también, la sensación de que no se ve nada o se ve muy poco y hay que tantear y hay que entregarse a la intuición, sobre todo eso primero. Después lo de la oscuridad. Me gusta mucho esa idea, es verdad que el personaje de Tierra de campeones, que hace caza submarina, en el agua clara se siente incómodo, que debería ser el mundo ideal. Es la historia un poco de nosotros que escribimos desde acá. Creo que cuando se tiene tanta claridad, a veces no funcionan las cosas. Lo digo desde mi privilegio estar en la beca y todo, tengo todo el día para escribir y me acuerdo de cómo escribí esa novela en medio de lugares terribles de trabajo y todo, y digo, bueno, no sé, funcionan raras las sensaciones de escritura.
Recordé el poema “La pieza oscura”...
Enrique Lihn es un poeta que leí desde chico y, como te digo, para mí fue muy clave. Siempre vuelvo a él. El próximo mes se va a reeditar una antología que publicó el Fondo de Cultura, de su poesía, y se las recomiendo mucho. Me pidieron hacer el prólogo, entonces volví a entrar allí. Y lo que tiene Lihn es que tiene mucho aliento narrativo en la poesía. Él también escribió novelas, tiene un cuento extraordinario que se llama “Huacho y Pochocha”. Huacho son los hijos que no tienen padres y Pochocha significa “preciosa”, es un cuento sobre cómo se escribe un cuento, muy extraordinario. Lihn para mí siempre fue una referencia en todo lo que he hecho.
Pasando a Racimo, es la historia del asesino serial más grande de Chile, que atacaba ni más ni menos que mujeres, niñas, adolescentes, y las dejaba tiradas al costado de la ruta. Está contada por un fotógrafo. ¿Cómo decidiste trabajar con un tema como este, con esta historia real?
En Chile la novela se leyó sobre todo desde ese lugar, de que estuviera basado en un hecho real, pero nunca desde el lugar de los femicidios. De hecho, la primera vez que alguien me planteó esa lectura fue cuando vine a una feria acá. Había una noticia que era muy, lo digo como entre comillas, espectacular, el asesino en serie más importante de Chile, y esa noticia me hizo ponerme a revisar un montón de materiales de asesinos en serie. Estuve mucho tiempo en eso, no muy agradable, y en un momento entendí que esa no era la historia que yo quería contar, que ese personaje no me interesaba. Cuando aparece el fotógrafo es que empiezo a darle vueltas. Yo vivía en Iquique todavía cuando esto ocurrió, cuando explotó el caso. Tengo el recuerdo siendo niño de una sensación de fragilidad y miedo, porque claro, en ese momento habían desaparecido algunas de las niñas, entonces la sensación en la ciudad, que es una ciudad chiquita, era fuerte: no salgan a la calle, no tomen un colectivo, no tomen un taxi. Había un miedo ahí que se quedó en el inconsciente y de pronto apareció en la escritura de la novela. Cuando escribí ese libro yo trabajaba como periodista cultural sobre todo, pero había trabajado también como periodista, haciendo crónica y todo. Me pregunté, ¿qué hago con esto? Me interesaba el mundo de las niñas y este fotógrafo me servía por lo de la imagen, que yo seguía obsesionado con la idea de las imágenes. Me gustaba también esa idea de alguien con un talento medio inconsciente que empieza a entrar en este mundo de oscuridad, que era hacia donde iba la novela.
Y esto de los personajes periodistas, siempre hay periodistas o investigadores o personas que preguntan y hacen hablar a los personajes, que a partir de la pregunta generan narración. Vos estudiaste periodismo, ¿cómo pensás este aspecto?
Tengo una relación muy tensa con el periodismo. Los odio, los odio porque los conozco. Sí, yo estudié periodismo porque debí haber estudiado literatura pero por distintos motivos no ocurrió. El periodismo sí me entregó algunas cosas a las que les tengo cariño, hoy día me doy cuenta de que fue muy útil. Lo que te enseñaba en ese tiempo el periodismo era a no mirarte el ombligo, básicamente. A salir a mirar, a escuchar otras cosas, resolver esa curiosidad que yo creo que tiene la mayoría de los escritores y de alguna manera ver qué hay afuera. Sí, me pasó que claro, cuando yo estaba estudiando se puso de moda esto del periodismo narrativo. No quiero entrar ahí porque podemos entrar en un lugar muy oscuro. Pero sí la idea de algo que me interesa mucho, pensando en las tres novelas, y son como estos ciertos dispositivos en los que trabaja el periodismo para entrar en la realidad. En el caso de Camanchaca hay una serie de entrevistas radiales que hace el protagonista con la madre. A mí la idea de la radio me interesaba, como convocar ese espacio. Yo decía que en este caso es un hijo con la madre jugando, o él también comentando partidos de fútbol, jugando con el formato. En Racimo está la idea de la fotografía de estos reporteros gráficos. Y en Tierra de campeones me gustaba la idea del documental. Hay un momento donde hay un documentalista italiano que va a registrar el mundial de caza submarina que ocurre en Iquique. Siento que son dispositivos que me ayudan a decir esto es ficción y podría no serlo, jugar con esto, darle una vuelta. Supongo que también era una cosa de época, como este cruce entre qué es real y qué no. Hoy día me aburro mucho con eso, me da lo mismo también. En general todo lo que leo, siempre se lo digo a los alumnos, yo leo un libro y en general creo que es una novela, la leo sin pedirle tantas cosas como le podría pedir a un texto de orden investigativo. Pero en ese momento estaba muy obsesionado con esa idea y yo creo que después se me fue pasando. En Chile hay una tradición muy linda de cronistas que me parecen geniales, Joaquín Edwards Bello, Roberto Merino, muy buenos. De alguna manera también son escrituras mucho más híbridas. Finalmente terminé llegando ahí, porque, como les decía, en el momento en que estoy estudiando periodismo estaba de moda el periodismo narrativo y la revista Etiqueta Negra, todo eso, y creo que casi no salió nada bueno de ahí. Yo siento que el periodismo es muy distinto a la literatura. Como que te venden esa, y no es así. No digo que uno sea superior a otro, sino que digo que son muy distintos. Y creo que eso se ve además en un terreno clave que tiene que ver con el lenguaje, que para mí también la relación con la poesía tiene que ver con eso. Voy a sonar un poco ingenuo, pero yo creo mucho en la ficción. Digo, como un terreno. Y cuando leí el famoso texto de Saer, “El concepto de ficción”, pensé qué bueno esto, me sentí como en casa. Lo leí lamentablemente después de Racimo. Hay algo ahí que la ficción a veces permite, entrar desde otro lugar. Insisto, tampoco es mejor ni peor, sino que hay una manera distinta, que de alguna manera intenté hacer en esta novela.
Otra de las cosas que se sostienen es cierta pregunta alrededor de la historia chilena. ¿Cómo trabajás este aspecto, y el aspecto de lo chileno, de la chilenidad? Hay un momento en Tierra de campeones en el que se dice que ser chileno y exitoso es un oxímoron o algo así.
Cada escritor tiene su propia obsesión y su relación con los materiales históricos. En Racimo también me pasó algo y es que el caso real en el fondo es este hombre que asesinó a 14 niñas, tenía un componente social muy fuerte, porque todas eran de estatus social muy bajo y el discurso oficial lo que decían es que en realidad no estaban perdidas, sino que se fueron voluntariamente a Perú, a Bolivia, a prostituirse. Hay un momento trágico en el que viene el Ministro del Interior, que llegó a Iquique a dar respuesta y dijo: nosotros estamos seguros de que estas niñas están en otros lugares. Y ese mismo día aparecen los cuerpos. Y no pasó nada, nadie perdió el puesto de trabajo. A mí eso también me impactó mucho cuando ocurrió, siendo niño. Ese nivel de impunidad. Y en el fondo, claro, cuando tú te pones a revisar un poco la historia de Chile, estamos atravesados, supongo que no sólo de Chile, sino que de Latinoamérica, estamos atravesados por esa impunidad. Mi vínculo con la historia de Chile de alguna manera está atravesado por eso también. Mientras yo escribía Tierra de campeones corrió el estallido social allá.
Y fue una sensación muy rara, porque yo me acuerdo haber pasado como dos, tres semanas o un mes que no me pude sentar a escribir nada, porque estaba la ciudad estallando y uno quería estar afuera. ¿Y qué hace la escritura con esto? Mientras yo estaba en esta novela que ocurría en los años 60, me decía, ¿por qué estoy escribiendo de los 60? En un momento empecé a encontrarle cierta coherencia, un cierto sentido también. Hubo algo hermoso en ese salir a la calle. Había una energía que yo la había visto, la había escuchado, la había leído, esa energía de los 70. Está en la poesía de Chile esa energía. Esa energía la sentí muy similar a lo que yo estaba recordando un poco en la novela. Y ahí empezó a cuajar ese presente con ese pasado.
En Tierra de campeones hay una progresión, se va volviendo más poética la novela, sobre todo el último tercio, que es muy breve. ¿Es una historia ficticia, real? ¿Tiene algún componente en este caso de realidad? También hay otra obsesión, el periodismo deportivo, y el mundo del trabajo.
Fue largo el proceso. Yo empecé a darle vuelta a esta novela en el 2015, más o menos. De eso sí tengo registro. Supe esta historia, que es la historia verídica, de que hubo un tipo que compitió en el campeonato, hubo un campeonato mundial de caza submarina en Iquique. Hubo alguien que ganó ese campeonato, que era iquiqueño. Cualquier iquiqueño de los años 90 lo sabe, porque se comentaba que este tipo que fue campeón después del golpe, uno de los primeros que ve que se encuentra con cuerpos de detenidos desaparecidos bajo el mar. Yo sabía eso, esa historia, y siempre tuve la sensación, desde que empecé a escribir, de que algún día me debía enfrentar con ella. Pero me demoré mucho tiempo en pensar qué hacer con esa historia. Porque además él está vivo, y yo sabía que no hablaba de esto. Y se me aparecieron esos personajes, de repente: ahí también lo que entendí es que yo no iba a contar la historia real del tipo, porque nunca lo entrevisté y hay muy poquita información, no me interesaba eso, sino que se me apareció un mundo de personajes, que era algo que no me había ocurrido realmente en los otros libros. Pasé un buen tiempo en esa caleta dándole vida a esos personajes, viendo cómo eran, imaginando cómo era ese mundo y lo disfruté mucho porque no era algo que hubiera ocurrido en los libros anteriores. El trabajo de archivo es algo que gozo mucho, dispara la imaginación ir a la biblioteca, revisar los diarios de la época. Salía con un millón de imágenes, ideas, para después conectar en la escritura.
Quería preguntar también por la novela como género: hay un momento de Tierra de campeones que es medio Moby Dick. Leí en otra entrevista que diste que siempre quisiste escribir novelas y pienso qué idea de novela tenías en mente, pensando también en Martínez y en la nueva novela.
Cuando me puse a leer ya tenía quince, dieciséis años, y lo que me produjo ese “llegar tarde” fue una sensación de absoluta ansiedad, y decir tengo que leer todo lo que no leí. Y en ese momento de formación, de cuando uno empieza a encontrarse con la literatura, al principio claro, por un lado estaba toda esa poesía que empezaba a aparecer, pero sobre todo yo tenía en la cabeza una serie de novelas que me impactaron mucho. Acá voy a decir lugares comunes, pero obviamente recuerdo haber leído Viaje al fin de la noche, Bajo el volcán, ese tipo de novelas de 500 páginas que tú decís yo un día tengo que hacer esto. Por suerte se me quitó esa idea. Sigo gozando el ejercicio de escribir una novela y por supuesto que es un género mucho más abierto y me encanta eso. Camanchaca es la muestra de eso también. Recuerdo el impacto, por ejemplo, pensando en literatura chilena, que me produjo El obsceno pájaro de la noche, de Donoso. En mi formación a los diecisiete, dieciocho años me encuentro con Bolaño. Pido disculpas...
¿A quién y por qué?
No lo quiero mucho. Es loco, porque ya no se lo lee. De hecho, me parece terrible. Tiene un par de libros que me parecen muy buenos.
Y vos ganaste un premio con su nombre por tu primera novela, inédita, ¿no?
Sí, todos nos queríamos ganar el premio porque se llamaba Roberto Bolaño. Me tocó. O sea, yo leí Los detectives salvajes con 17 años, que es la edad con la que hay que leerlo, y pensaba: este es un libro escrito para mí, porque es como el deseo de la escritura. Y algo que sí le agradezco a Bolaño, digo, porque obviamente uno lo ha vuelto a leer y hay cosas que me gustan, cosas que no me gustan. Sobre todo lo que no me gusta es la pose más pública. Aunque sí le reconozco algo hermoso: había un romanticismo muy bello para una persona de 17 años en ver a alguien que estaba enamorado de la literatura, sobre todo pensando en cómo eran los escritores chilenos de ese momento, que eran todo lo contrario, eran como diplomáticos, con una chaqueta y todo eso. Fue muy importante también en ese sentido, para desordenar en términos de clase también la literatura chilena de los 90, una literatura absolutamente clasista. El campo literario hasta hace diez años atrás era un campo literario donde la mayoría de los escritores eran de clase alta. Había muy poquitas excepciones. A Bolaño esto es algo que le agradezco mucho. Yo creo que Camanchaca de alguna manera viene de ahí también. Es que él estaba muy obsesionado en ese tiempo con que había que pensar la estructura de la novela. Él decía que una novela lineal ya no tiene sentido, lo dijo en muchas entrevistas. Y yo creo que de alguna manera mi novela responde a esta estructura fragmentaria, a decir sí, yo quiero jugar, y a pensar la escritura como un juego, que yo creo que es algo que igual se ha perdido en este tiempo. En los talleres trato de transmitir mucho esa idea de que igual estamos jugando, digo, estamos jugando en serio, pero estamos jugando. Bolaño en sí me sirvió mucho en esa línea y me impactó mucho leer 2666. Y de ahí de alguna manera, claro, hago esta conexión con estas novelas grandes. Es un género que me gusta mucho escribir, pero tengo que confesar algo: que ya no me gusta tanto leerlo, me cuesta. Yo diría que leo más ensayo. Buena poesía, siempre. Mucha poesía.