Entrevistas

Valeria Luiselli: “No me queda claro dónde está la frontera entre lo vivido y lo leído”

La escritora mexicana pasó por Buenos Aires para presentar Principio, medio, fin, primera novela de la casa Feltrinelli en nuestra lengua.


Por Valeria Tentoni.


Nacida en Ciudad de México en 1983, Valeria Luiselli es autora de las novelas Los ingrávidos (2011), La historia de mis dientes (2013) y Desierto sonoro (2019), así como de los libros de no ficción Papeles falsos (2010) y Los niños perdidos (2016). Entre los numerosos reconocimientos que ha recibido, se cuentan la beca «Genius» MacArthur, el American Book Award, el Folio Prize, el International Dublin Literary Award y el Premio Mondello. Es profesora en Bard College y en la Universidad de Harvard, y vive en Nueva York.

Este año, su nueva novela, Principio, medio, fin, fue publicada por el sello Feltrinelli, que estrena con su libro su colección de textos en nuestra lengua, lo que la trajo de gira por Latinoamérica con visitas a Uruguay, Chile y Argentina. Durante su paso por Buenos Aires, visitó la librería.


¿Qué podés contarnos de tu vínculo con Italia, escenario de la novela, y de este lanzamiento en Feltrinelli?

Publicar en esta editorial para mí es al mismo tiempo embarcarme en una nueva aventura, cosa que siempre me divierte, siempre me resulta en sí mismo una motivación. Mi principio con Sexto Piso, hace quince años, de algún modo fue así también: apenas empezaban a explorarse como editorial que iba a publicar a contemporáneos en español. Entonces también era la sensación de estar fundando un mundo, inventando un mundo, y no saber ni cómo hacerlo. Fue una larga y hermosa temporada con ellos, pero luego se fue el que era mi editor principal, con el que había trabajado más a fondo en los últimos libros, Diego Rabasa, y por otro lado José Hamad en España, que también había sido mi editor, se fue a Feltrinelli; entonces ahí para mí no hubo ninguna duda, por un lado me quedaba yo en casa en Feltrinelli con mi editor de muchos años y otra vez podíamos embarcarnos en una gran aventura, empezando una nueva editorial, que tampoco era tan nueva en el sentido de que, bueno, tiene una larga historia en Italia. He sido lectora de Feltrinelli mucho tiempo en italiano, pero también lectora de Anagrama. Anagrama y Feltrinelli seguirán siendo como dos planetas que se circundan uno a otro.

¿Por qué un libro situado en Sicilia?

Que yo sepa no tengo raíces sicilianas, pero tras escribir este libro, que ya salió en Italia, muchos periódicos italianos, no sé por qué, dijeron que tengo ancestros sicilianos. Y pues bueno, se inventan las cosas los periodistas y yo no los voy a desmentir porque me encanta la idea de que ya me hayan inventado ancestros en Sicilia. Yo sí voy a Sicilia, es decir, toda la vida llevo yendo a Italia porque tengo familia allá. Fui a Sicilia hace como 15 años y nunca dejé de ir, voy todos los años, sea con familia y demás o también de trabajo, porque mi propio trabajo en temas migratorios me ha llevado a lugares como ese, que es otra gran frontera del mundo, el puerto a donde llegan la mayor parte de los barcos que cruzan el Mediterráneo, llegan a Lampedusa o a Sicilia.

Ese trabajo con el mundo migrante también trajo un libro, Los niños perdidos, y quería preguntarte por tu infancia: leí que viviste en mundos lugares de niña, que incluso te independizaste a los 16, o algo así, ¿no?

Sí, me fui de casa a los 16 porque me dieron una beca para estudiar en una escuela, un internado en la India. A pesar de la resistencia de mi padre a que me fuera yo a vivir a India sola, a los 16 yo dije pues yo me gané esta beca y yo me estoy pagando mi educación, así que tengo la independencia ya de poder tomar esta decisión y me fui. Fue una experiencia muy hermosa. A partir de eso, digamos, ya no volví del todo a casa, cuando terminé la prepa en ese internado, me fui a México a estudiar en la UNAM y de ahí me fui a Nueva York. Ahí llevo ya 20 años. En realidad sí, mi madre trabajaba en ONGs y mi padre en algún momento, cuando yo tenía seis años, trabajó como diplomático. Así que yo salí de México desde los dos años, realmente, primero a Estados Unidos, a que mi padre terminara sus estudios de doctorado, luego nos fuimos a Costa Rica, de ahí nos fuimos a Corea del Sur, donde mi padre fue diplomático, de ahí nos fuimos a Sudáfrica. Ahí viví casi cinco años, digamos, el final de mi niñez y todo el principio de mi adolescencia fue en Sudáfrica, en una Sudáfrica muy interesante, porque acababa de llegar a la presidencia Nelson Mandela, acaban de suceder las primeras elecciones democráticas del país, el apartheid había terminado. Y había una sensación que incluso nosotros, niños, niñas, sentíamos, de nuevo mundo, un inicio de un mundo distinto. Claro que luego no fue tan fácil la historia de Sudáfrica, sobre todo cuando se fue Mandela.

¿Lo conociste?

Sí, tuve la gran fortuna de conocerlo, porque Mandela invitó a los niños recién llegados extranjeros a su casa. Nos dio chocolate caliente y galletas, y nos sentó en la sala a platicarnos cosas, como un gran abuelo, pues, a contarnos cuentos y a contarnos de su vida. Yo tenía como diez años entonces. Para mi padre no había ningún ser, siempre decía, ningún ser humano con la altura moral de Nelson Mandela. Me decía, mira hija, cuando Mandela estuvo en la cárcel, después de meses y meses de confinamiento solitario, recurrió a una idea que lo salvó de la locura: hablaba con las cucarachas. Me acuerdo de que esa historia me impactaba muchísimo, al mismo tiempo me daba entre tristeza y admiración. Qué inteligente, pensaba yo.

Decidiste no estudiar en Estados Unidos, que era una opción quizás más esperable para vos, y lo hiciste en la UNAM, en México. Y filosofía, no literatura: Principio, medio, fin tiene mucho que ver con eso.

Sí, volví a casa de algún modo, a esas lecturas. No sé si eso pasa con la edad o con las crisis, o las dos cosas, o con todo. Pero efectivamente estudié filosofía en la UNAM. Yo tenía muchas ganas de arraigar bien y más a fondo en el español en la lengua, porque había crecido siempre leyendo, hablando y existiendo en un mundo no hispano. Tuve la gran fortuna, en esta escuela en la India, y dos años en México antes de irme a la India, en donde empecé a sentir el español ya como un idioma propio, pero todavía no del todo. De hecho, en tercero secundaria reprobé español, ¡escribía “ortografía” con h! Y el otro día en México, cuando presenté el libro en un espacio de la UNAM, llegó mi profesor de tercero secundaria, el que daba la materia que reprobé, un magnífico profesor de literatura. Él, comprendiendo mi situación, me ponía a rendir oralmente, me daba a analizar poemas de Octavio Paz. Entonces, bueno, luego en la India conocí y tuve la hermosísima fortuna de poder estar en contacto la gran variación de españoles que hablamos en nuestro continente, porque había estudiantes argentinos, paraguayos, bolivianos, españoles, caribeños. Ahí me empapé por primera vez de un español tan rico, tan variado, y empecé a escribir en español con la presencia de todos estos distintos españoles, sus palabras y formas. Leíamos mucho juntos y juntas, en voz alta, por ñoños, yo creo, y por nostálgicos de la lengua. Éramos un grupo chico de latinoamericanos, entonces nos reuníamos a leer Pedro Páramo en voz alta, poemas de Sor Juana, de Lorca... Ahí empecé a escribir por primera vez cositas, cositas que por suerte nadie nunca leerá. Poemas y obras de teatro ultra experimentales, pretenciosas, entre beckettianas y cortazarianas. Bueno, lo que uno puede escribir a los 16 años.

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Pienso que hay mucha poesía en este libro nuevo, sobre todo los diálogos.

Sí, pienso el diálogo mucho y lo pienso no necesariamente como un diálogo del todo naturalista, si por natural entendemos diálogo escuchado en la televisión. Entonces, quizás sí, por ahí en ese sentido se pueden leer como si fueran recortes de versos.

Volviste a Plinio, a Hesíodo, a textos de filosofía, volviste a tu biblioteca de los veinte.

Los abandoné mucho tiempo y creo que por eso vuelvo con tanto amor, nostalgia y cuerpo a ellos en este libro. Decidí estudiar filosofía y descubrí con enorme placer en los primeros semestres de la carrera a los presocráticos, que realmente nunca había leído, tenía yo 18, 19 años. Y la verdad es que ahí me debí de haber quedado, ya que había encontrado la flama de ese entusiasmo, debí de haberme dedicado al estudio del griego antiguo y de la filosofía presocrática, pero desafortunadamente la carrera me fue llevando por otros rumbos y acabé dedicándome a lo que menos me gustaba en la filosofía, que era la filosofía analítica, una cosa mucho más matemática. Lo bueno es que siempre hay tiempo para volver. Por ahí de los años de la pandemia, en noches insomnes, viendo mi estantería, casi como mirando un cielo en busca de respuestas, de ayuda, pasó lo mismo. Yo no leí la mayor parte de los clásicos en la carrera, es decir, en filosofía leías a los presocráticos, a Platón, y de ahí se saltaban hacia Santo Tomás, por ejemplo. Plinio no suele formar parte de ningún estudio, ni de literatura ni de filosofía, porque escribe ciencias naturales, si acaso, tal vez algún enfoque más humanista de historia de las ciencias, no está ni aquí ni allá, ni es parte de una historia de la filosofía ni de la literatura, y sin embargo Historia Natural es un libro que yo creo que todos deberíamos de tener cerquita, a la mano. Plinio escribió ese libro a lo largo de toda su vida, y escribió una especie de prólogo para ese libro en donde dice: este es un libro para consultar, no es un libro para leerse de principio a fin. A mí el tomo que me enloquece es el segundo, que es el libro sobre cosmogonía, los planetas, pero también sobre la historia natural del planeta Tierra. Es un libro que se pregunta sobre los terremotos, las mareas, los distintos vientos, el fuego, las nubes, los fenómenos relacionados con la electricidad en el aire, es decir, todas las preguntas importantes sobre cómo conocer y observar nuestro mundo. Y me parece que es una lectura más urgente que nunca, porque él estaba documentando por primera vez un mundo natural, y nosotros estamos ante un mundo sobredocumentado, pero tan cambiante y tan desconocido a la vez, y tan impredecible como lo es nuestro mundo actual.

En Principio, medio, fin se juega con las ideas de lo falso y lo verdadero, a su vez con la cruza y los límites del ensayo y la literatura, hay preguntas sobre lo autobiográfico súper interesantes, también.

Me interesa pensar cómo la ficción empapa la realidad y la realidad a su vez también va formando las hebras finas de la ficción. Es decir, yo creo que no hay un borde muy claro, porque como decía Piglia sobre ese maravilloso cuento de Borges sobre la memoria de Shakespeare, esa matrioshka de Shakespeare, Borges, Piglia, en donde Piglia leía ese cuento, “La memoria de Shakespeare”, como una metáfora de nosotros lectores, no de este personaje. No lo leía como un experimento filosófico sobre la memoria y la imaginación solamente, sino como una alegoría de la memoria prestada que es en nuestras vidas la literatura, en donde esa memoria prestada no constituye un cajón aislado en sí mismo de nuestros recuerdos, sino que más bien se mezcla con las aguas de nuestras vivencias. De manera que no es claro qué es vivido, qué es fabricado con los hilos de la ficción. Nuestra misma manera de organizar los eventos en nuestra vida está informada por la manera en que leemos y cómo construimos nuestra narrativa propia con base en estructuras narrativas de las cuales nos empapamos. Entonces, no me queda claro dónde está la frontera entre lo vivido y lo leído. Creo que están ahí las dos aguas, siempre mezclándose.

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