Prólogos

Excesos lectores

José Emilio Burucúa

"Leer ha sido una de las fuentes, ora de mi alegría sustancial, ora de mi consuelo en esta vida". Compartimos la bienvenida a Excesos lectores, ascetismos iconográficos de José Emilio Burucúa (Ampersand)

Por José Emilio Burucúa.

“A nadie se dio veneno en risa”, asegura un proverbio castellano. Podría parafrasearlo y decir: “Nunca me dio veneno la lectura”. Me alcanzan los dedos de una sola mano para enumerar las ocasiones en que el acto de leer me hirió profundamente, aunque tal vez me lo tuviese merecido. Fueron tres cartas, reproches justos de mis hijos. De manera que tampoco hubo la más mínima ponzoña en esos casos. En el resto, y puedo asegurar que es inmenso, prevaleció la felicidad del conocimiento, de la emoción educadora, del llanto cicatrizante, de la risa en sus tres formas: satírica, lúdica y redentora. La indignación provocada por un texto terminó casi siempre en carcajada, que festejó el disparate. Salvo cuando leí las paralogias y mentiras de los militares durante la tiranía y la guerra de las Malvinas. Entonces, la lectura me dio miedo, por mí mismo y mi prójimo. Pero, si bien muchos escritos políticos me enfurecieron, dado que la mayor parte de ellos tuvieron que ver con mi antagonista perenne, vale decir, el peronismo, la reacción desembocó tarde o temprano en el ridículo. En síntesis, igual que la conversación jovial, el ejercicio amoroso y el viaje, dondequiera que fuese, creo que leer ha sido una de las fuentes, ora de mi alegría sustancial, ora de mi consuelo en esta vida. Tal es el temple anímico básico, el bajo continuo de todas las páginas que siguen. Sobre él, se han levantado la polifonía de las voces, las líneas y colores de las imágenes que me entregaron los libros en cada etapa de la existencia. Las edades de mi desarrollo físico y psíquico escanden la redacción de estos recuerdos. A cada una, asociaré ciertas emociones elementales que la lectura ayudó a construir y contener, desde la puericia hasta la senectud.

 

 

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