Prólogos

Entrar por primera vez a la casa de Olga Orozco

Por Jorge Monteleone

"Vi al lado de la máquina de escribir una piedra oscura y una birome sobre una hoja suelta que tenía su alta caligrafía". La poeta Olga Orozco multiplicó su nombre y su voz en numerosas fabulaciones subjetivas: el escritor, crítico y periodista cultural compila en su nuevo libro editado por Malba las reflexiones de sus clases al respecto.

Por Jorge Monteleone.


 


 


 


Cuando estaba casi a punto de empezar la primavera de 2019 en Toay, provincia de La Pampa, entré por primera vez a la casa natal de Olga Orozco. Al visitar las casas de los poetas que se volvieron museos, como la de Victor Hugo frente a la Place des Vosges en París, o la casita roja donde murió John Keats al lado de las escalinatas de la Piazza di Spagna en Roma, a veces nos desentendemos un poco de los objetos ordenados como en una enciclopedia e imaginamos en las cosas las huellas de actos remotos. Se parece más al culto de la reliquia que a la experiencia de la historia. En la Casa-Museo de Toay estuve un largo rato mirando la máquina de escribir blanca de Olga Orozco. Es una Olympia Splendid 33. Estaba allí, material y precisa y era a la vez una especie de arquetipo de un tiempo inmóvil. Es la misma que tiene Olga en esa fotografía de su madurez que me llevé de aquella casa. No mira hacia la cámara sino hacia otra parte, con los ojos claros y vestida de negro. Aquel día, cuando el mundo estaba abierto, vi al lado de la máquina de escribir una piedra oscura y una birome sobre una hoja suelta que tenía su alta caligrafía. Leo jirones de frases y me doy cuenta de que es el apunte de un sueño porque termina así: “Me despierto”. Al lado hay un cuaderno de espiral con todas las páginas llenas de apuntes veloces y alguna frase tachada. Quiero leer en el cuaderno sus propios días del pasado y siento el mareo de entrar en la casa de otro sueño. Puedo descifrar una frase: “Hay que alcanzar magistralmente la canaleta del desagüe (y otras proezas, pruebas, ordalías), para ordenar el caos y encontrar las claves del universo (los papeles en blanco que me persiguen)”. Luego otra: “El poder: mirar la luz hasta apagarla, mirar el cristal hasta romperlo, cambiar de lugar los objetos. Acumulaba poder”. Y al final de la página esta frase: “¿Cómo morirme? ¿Cómo harán para matar esto y lo otro? (la vez que me quise suicidar con los pies en agua fría y creía que debía matar antes el mundo)”. Estoy como suspendido, fijado en la fascinación. Dura un momento y regreso al tiempo presente. Pienso que eso mismo se parece a la lectura de Olga. Me esfuerzo por explicarla, por buscar la trama del otro lado del tapiz o encontrar un hilo en el laberinto, pero no es más que el recuerdo de un tiempo alterno en el que entro a otra parte, en medio del mundo material. Y cada vez que dejo de leer también podría escribir en cualquier hoja suelta: “Me despierto”. 


La casa natal de Olga Orozco fue el escenario primordial de la infancia como espacio mítico, la casa “que siguió andando en mis sueños, en mis insomnios, en mis poemas”, como dijo ella. Aquellos montes y médanos que la rodeaban, los campos labrantíos, los árboles negros, las paredes de ladrillos rojos, los intrincados ramajes, los caballos, dieron lugar ahora a un sitio prolijo y geométrico, entre avenidas abiertas. El que llega allí ve un lugar flanqueado de palmeras bajas y una casa clara de ventanales altos y rejas negras. Hoy es un centro cultural con exhibiciones artísticas en las antiguas habitaciones familiares. Hay un gran jardín central, aquel mismo de los poemas, con árboles y senderos y un cerco de tamariscos, al que daba el cuarto de la niña, pero lo que más impresiona es la biblioteca, con todos los libros de Olga. Parte del mobiliario y los objetos ahora son nuevos talismanes: las primeras ediciones; la letra aguzada de tinta azul que inscribe una lista tentativa de poemas; cartas, donde se reconocen las firmas de Enrique Molina y de Juan Gelman; un archivero con papeles mecanografiados de guiones de radio, apuntes, una revista Claudia; una serie de fotografías fascinantes donde se entra a la vida de Olga Orozco, a la sucesión de las horas y las caras, al amor con Valerio Peluffo. Sobre una vasta pared color borravino se leía su escritura agigantada que dice: “En esta casa, donde aprendí a descubrir luces y abismos y que es ahora un Paraíso inesperado, con gran emoción”. 


 


 


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