Poesía

El maestro indómito

Marcial

La autora de Una ciudad, Anahí Mallol, nos trae al poeta latino y sus asombrosos epigramas, "mosaicos, partecitas, teselas de un total que nunca se reconstruye, porque, como la vida, forma un conjunto de fragmentos que se unen unos con otros en juegos diversos, barajados y vueltos a dar".

Selección y notas de Anahí Mallol. Traducción de José Guillén.


El del epigrama es un género variado, monstruoso si se quiere, donde, si se lo domina, puede entrar, a condición de hacerlo brevemente, la vida entera con todos sus dobleces. Hablar del amor y el desamor, de la lealtad de la amistad y las traiciones, de la belleza y de lo más feo, de la ciudad y sus poderes y de cómo huir de ella, de las novedades de la vida urbana y de sus decepciones, y más cosas. Los epigramas son mosaicos, partecitas, teselas, de un total que nunca se reconstruye, porque, como la vida, forma un conjunto de fragmentos que se unen unos con otros en juegos diversos, barajados y vueltos a dar, que construyen sentidos fluctuantes pero nunca el sentido, nunca la totalidad estática y fija de lo que está dado. Por eso llevan al lector a recorrer las más variadas coloraciones emocionales, los paisajes, los tipos humanos, en un viaje vertiginoso, a la vez alegre y patético, lleno de hallazgos, agudezas, y humor del bueno, que es el que encierra en sí la punzada del dolor que no tiene cura.


Marcial es un maestro en esto, uno que no se deja domesticar. Nos enseña mucho con eso: nos enseña que lo lírico, lo burlesco, lo brutal, lo feo, lo hermoso, es lo que nosotros podamos hacer con ello. Y se ríe desde atrás de las palabras, en la parquedad de una dicción que parece ser directa y es un refinamiento de la poesía, después de haber pinchado el corazón en el lugar donde duele, (pero un poquito nomás).


 


XI


Mientras un oso, cayendo de cabeza, rueda sobre sí por la ensangrentada arena, no pudo huir al ser atrapado por el vesque. Cesen ya los relucientes venablos de hierro disimulado y no se arroje la lanza balanceada por la sacudida del brazo. Que el cazador atrape su presa en el vacío del aire, si gusta cazar fieras con el arte del pajarero.


 


XVIII


Habituado a lamer la mano de su despreocupado domador, un tigre, gloria suprema de los montes de Hircania, ha despedazado cruelmente con sus rabiosos colmillos a un feroz león. Cosa inaudita y sin parangón en todos los siglos pasados. Nunca intentó nada igual mientras vivía en el interior de las selvas: ha acrecentado su ferocidad desde que está con nosotros.


 


LX


Aunque entres, liebre, por la amplia boca de un torvo león, sin embargo el león se piensa que está con los dientes vacíos. ¿Sobre qué lomos se tirará o sobre qué espaldas se lanzará, dónde clavará hondas heridas en los terneros? ¿Por qué molestas en vano al rey señor de los bosques? Él no se alimenta más que de presas selectas.


 


LXII


Levina es casta y no cede a las antiguas sabina. Y aunque es ella más seria que su adusto marido, como unas veces se baña en el Lucrino y otras en el Averno, y como a menudo se refocila en las aguas de Bayas, sintió que le prendía el fuego: al irse en pos de un joven abandonando a su marido, llegó una Penélope y se va una Helena.


 


 

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