Prólogos

El fino y liberador elixir de las lágrimas

Crédito: Mariano Bazán (Casa PBA)

I Acevedo presenta Quebranto, el nuevo libro de Juan Diego Incardona (InterZona).



Por I Acevedo





Quebranto es un libro culminante en una obra en la que Juan Diego Incardona transformó a Villa Celina en un barrio universal. Algunos escritores producen, luego de una larga trayectoria de escritura, un trabajo que se destaca no solo por su valor literario sino porque, a la vez que condensa el carácter de un estilo, otorga la clave para comprenderlo de manera definitiva. Es el caso de estos relatos.


Se trata de un libro de relatos definitivo porque, desde su título, que refiere al dolor y a la pena extraordinaria que solo las personas que han sufrido la muerte o la ausencia de un ser amado pueden comprender, nos habla de un límite y nos sitúa en la posibilidad de cruzarlo. Relatos que están entre la vida y la muerte y que escenifican la siguiente situación: después del dolor ya no queda nada excepto continuar, pues permanecer en un mismo sitio sería convocar a la mismísima muerte, aun cuando ella sea tan misericordiosa como para permitirte contar un último relato antes de despedirte de este mundo para siempre, tal como sucede en “Hambre de gloria”.


Para dejar atrás el dolor por las muertes, la de su madre, familiares y amigos, el narrador de Quebranto sale a caminar por el barrio, por el cementerio, llega al Congreso de la Nación y, al hacerlo, se vuelve un héroe capaz de salvar a la humanidad. Se llama Juan Diego Incardona, y su destino, en realidad, no es el de un héroe sino el de un narrador. En este deambular al que es invitado por los fantasmas de su pasado (“Vení, vamos a dar una vuelta”), en estos paseos trascendentales en los que llega incluso a fundirse con la naturaleza, con los árboles, con su savia, exhibe un don: recoger relatos perdidos en hojas de libros petrificados, percibir historias reflejadas en criaturas radioactivas o en destellos de la luz mala en la que él mismo se está transformando para convertirse en una historia de miedo más de El campito que luego será narrada por Carlitos el ciruja. Estos objetos plenos de historias son ni más ni menos que sus conocidos Objetos maravillosos. Desechos, restos de fábricas abandonadas por la destrucción calculada de un gobierno neoliberal en los noventa, restos de catástrofes nucleares y climáticas que, a la manera arltiana o berniana, componen un mundo mutante y épico que participa tanto de la ciencia ficción como de la epopeya.



Yendo a la historia, cabe decir, al presente y al pasado, Quebranto se lee también como producto de una catástrofe pandémica ocurrida cuatro años antes de la publicación de este libro (lo cual es muy poco tiempo para procesos sociales de elaboración de la experiencia, de los cuales la escritura de ficción es solo uno de ellos) y cuyos resultados seguimos dimensionando, en especial a partir de relatos como estos. En efecto, esas caminatas urbanas y vagabundeos en espacios abiertos se contraponen a aquel inédito y profundamente doloroso aislamiento social sufrido en esos años, cuyas consecuencias en nuestros modos de sociabilidad y sensibilidad política siguen actuales hasta hoy. Si a eso le añadimos el encuentro con los fantasmas de los seres queridos, en un abrazo tan cálido y cecano como solo puede ocurrir en los sueños, entendemos que aquí la escritura es una práctica de conjuro y sanación. En esta línea, Quebranto se ubica junto a Canción de Navidad de Dickens, en una serie de relatos donde la piedad ocurrida en el encuentro entre vivos y muertos logra exorcizar profundas crisis sociales. Al igual que Scrooge, el Juan Diego de estas historias lucha contra el dolor, y los fantasmas queridos acuden en su ayuda. La transformación ocurrida a partir de esta lucha y este lazo íntimo es lo que acerca esta literatura al relato épico.


En un tiempo de la historia argentina como el actual, en el que expresar determinados sentimientos como enojo, tristeza o alegría se vive como una negociación estratégica y política que cada día debemos trazar para determinar si nuestras emociones son adecuadas, buenas para el bien común o incluso seguras, la opción de estos relatos, que es la entrega total a la tristeza y el llanto sin restricciones, resulta un verdadero alivio para un corazón con una sed de emociones que solo las lágrimas pueden calmar. La invitación de los fantasmas de estas historias es clara: a deambular, temblar de frío, aparecer, desaparecer, estremecer el aire y, sobre todo, a llorar. Son relatos hechiceros que nos arrancan el fino y liberador elixir de las lágrimas, y nos obligan a encontrar dentro de nuestro corazón aquel silencio que es “nuestro único lenguaje”.


Alcanzamos entonces, a partir de la lectura de estos relatos, una composición total de la obra de Juan Diego Incardona. Se trata de una literatura de andanzas, tejidas por una particular emotividad, entre gauchesca, tanguera y peronista: Villa Celina, El campito, Rock barrial, Las estrellas federales, representaron un hilo en el telar de desdichas que hoy, con Quebranto, tal como una constelación, alcanzan la altura de la eternidad.

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