Poesía

Cuatro autoras puertorriqueñas

Inicia la curaduría de Mara Pastor

Un panorama de la poesía joven que se está escribiendo en Puerto Rico comienza hoy a cargo de Mara Pastor (San Juan, 1980), autora de libros como Poemas para fomentar el turismo, Alabalacera y Candada por error. Inicia con poemas de Cristina Pérez Díaz.

Por Mara Pastor.


Quiero presentarles el trabajo publicado en el 2016 por cuatro autoras puertorriqueñas nacidas entre el 1978 y el 1985: Cindy Jiménez Vera, Nicole Cecilia Delgado, Margarita Pintado y Cristina Pérez Díaz. Se trata de poetas con propuestas muy distintas cuyos trabajos, de alguna manera, me permiten mostrarles un panorama breve de la situación de la poesía actual puertorriqueña. 


Estas autoras, aunque cercanas en generación, tienen trayectorias y ritmos de publicación muy variados. Por ejemplo, mientras que los poemas de Cristina Pérez, nacida en 1985, forman parte de su primera publicación Adentro crían pájaros, la muestra que leerán de Nicole Cecilia Delgado, nacida en el 1980, forma parte de Subtropical Dry, su doceava publicación. En términos de recepción y difusión es interesante señalar que a mayor agencia editorial de parte de las poetas, mayor también la cantidad de publicaciones que llevan al momento. En el caso de Nicole Cecilia, se trata de una de las difusoras y propulsoras de la edición artesanal de libros de poesía escritos por mujeres, no sólo en Puerto Rico sino también en Ciudad de México, pues fue ella la que, como parte del colectivo Las poetas del megáfono, enseñó a encuadernar a un grupo de poetas, casi todas inmigrantes en el Distrito Federal, que a partir de ahí lanzaron sus propios proyectos editoriales ahora distribuidos en España, Colombia y México. Actualmente Nicole dirige el proyecto La impresora, una imprenta y taller de risografía radicado en Santurce, Puerto Rico.


Así como Nicole, Cindy Jiménez Vera, bibliotecóloga y editora de Aguadulce, ha hecho un trabajo importantísimo en el campo editorial puertorriqueño en los últimos años. De ella leeremos una muestra de su libro Islandia (EDP University). Cabe mencionar que las escritoras puertorriqueñas contemporáneas somos herederas y debemos agradecer a la temprana impronta de mujeres en el campo editorial desde la década de los setenta, pues fueron las poetas de esta generación, entre las que se encuentran Olga Nolla, Lilliana Ramos Collado y Aurea María Sotomayor, las que sentaron la pauta de la presencia activa y continua de las poetas en este campo. 


Por último, este ha sido un año en que se han publicado varios libros de poetas puertorriqueñas que me gustaron mucho, por ejemplo, Zaira Pacheco publicó Ciutat con La secta de los perros, Yara Liceaga publicó Cielo Riel con Ediciones Alayubia y Raquel Salas Rivera publicó huequitos/holies con La impresora. Es importante seguirles el paso a estas poetas, pero por cuestiones de espacio decidí escoger a cuatro con las que además tengo un denominador común, muy arbitrario y personal. Con las cuatro he tenido experiencias de viaje fuera de nuestro país natal. Es más, puedo decir que con las cuatro se tejió una amistad más allá de los cruces esporádicos en la isla durante viajes o experiencias fuera del país. De estas experiencias hablaré según presente a la poetas, pero me parece interesante establecer que la situación política actual de Puerto Rico obliga a muchas personas a vivir fuera de sus fronteras marítimas. Más del cincuenta por ciento de los puertorriqueños viven actualmente fuera de Puerto Rico. Es por esto que he escogido a dos poetas que actualmente residen en Puerto Rico y a dos que residen en Estados Unidos. Más allá de esta distinción geográfica, las coincidencias las entrecruzan, hay dos poetas que son editoras, dos que han estado más involucradas en la vida académica, dos que son traductoras, etc., y todas estas facetas de la poética redundan en ganancia para el panorama. 


No es casual que las poetas que han continuado estudios doctorales actualmente vivan fuera del país, como es el caso de Cristina Pérez y de Margarita Pintado, de quien leerán una muestra de su libro reciente Una muchacha que se parece a mí, premio de poesía 2015 por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. La situación actual ha hecho que dejen de abrirse plazas en las universidades de Puerto Rico para aquellos que regresan con doctorados, lo que ha llevado a muchas personas a quedarse en Estados Unidos en busca de trabajos más estables. Esta decisión, sin embargo, no ha interferido en la recepción de sus trabajos, para una audiencia lectora que ya se ha acostumbrado a que el trasiego del lenguaje vernáculo y sus referentes se forjen en la zona de contacto de estos tránsitos continuos. 


 


Cristina Pérez Díaz


La primera vez que vi a Cristina, la conocí pequeña y explosiva, flor eléctrica, como diría la poeta Marigloria Palma, como actriz del grupo de teatro callejero Jóvenes del ‘98, en San Juan; la segunda vez, como estudiante de filología en la UNAM, México; la tercera, como poeta y estudiante de doctorado en letras clásicas en City University of New York. En esta tercera ocasión en que nos encontramos, nos tocó (elegimos) atravesar Brooklyn en un taxi cuando ya habían decretado el toque de queda por la amenaza del huracán Sandy. Cristina ya estaba marcada por la vertiginosidad de haber vivido en México y a su personalidad dramática se le había sumado un afilado ojo hermenéutico. A nosotras, criadas en una isla abatida constantemente por huracanes, la inminencia del desastre climático nos parecía una falsa alarma, una exageración imperial, un pretexto para la fiesta. La ciudad desierta nos alojaba silenciosa, introvertida, como nunca antes. Cruzamos varias calles y avenidas hasta aquel pequeño apartamento que parecía sacado del barrio Frontón, en Ciales, donde nos esperaba un futuro amigo rasta.


Como dice un verso de Tálata Rodríguez, poeta argentina que conocí en el Festival de Rosario, la naturaleza siempre ha sido buena conmigo, hasta un huracán vino a consolarme. La tormenta no llegó, o no llenó nuestro tormentómetro, pero nos atravesó otro evento: refugiarnos en la espera de un huracán –palabra taína, el dios de la tormenta –acompañadas de otros queridos amigos, haciendo asopa’o de camarones, yoga, ritos, todo un advenimiento dionisiaco y gozoso —pues además había luna llena— en espera de algún trueno, una ráfaga, que detonara el aguacero continuo y familiar. Creo que este inesperado camping urbano nos acercó lo suficiente para que poco tiempo después Cristina quisiera enviarme el primer manuscrito de estos poemas que comparto con Eterna Cadencia y que salieron publicados hace un par de meses por la editorial puertorriqueña Parawa en una edición artesanal.


En el Festival de Rosario también hablé con Enrique Winter sobre Cristina, pues se conocen de la vida neoyorquina. Comentábamos que a ambos nos sorprendía su disciplina, su manera perfecta de resolver los poemas. Y es que Cristina tiene una cadencia meticulosa, una conciencia del verso y de la musicalidad con la que ha sabido incorporar sus pasiones por la dramaturgia y las lenguas clásicas. Los poemas de Cristina son viajes perfectos, imposibles, dramáticos, líricos hasta decir “no bastes”. Recientemente, su primera obra de teatro, Western (A play starring Antigone and her brothers) se estrenó en Nueva York en junio de 2016 por la compañía Caborca.


 


Desenvuelta de las cintas


de color azul porque eras niño niño


o un día con más luz en el otoño.


Una vez abierto y roto el papel 


con estampas de globos, de caballos, de líneas


era una momia.


 


No se parecía a las momias.


Puede que sea un día para un muerto


en tu cumpleaños, en nuestra boda, en un día impreciso:


 


La caja.


 


La puse en tus manos,


no creerás en los nombres 


con los que viajaron en barco a un puerto 


donde murió un día, alguien,


un hermano,


alguien, un dios niño,


hizo estrellas con sus lágrimas.


 


Pusiste las palmas en postura de ofrenda, 


a la que llego, yo


sin dinero yo sin lanzas yo sin incienso.


Llego con papel.


 


Como si tuvieras trece años, tenías 


trece años,


niño de Bar Mitzvah con sombrero


parado en el tope de los árboles 


busca la emoción 


de recibir un reino en una caja:


 


No importa el contenido, el contenedor es más


 


que la fe imprecisa con sus colores vibrantes 


con su papel te quiero,


que a través de los dibujos, de las fibras 


absorbió una vez la lluvia en los árboles


como si sobre esos árboles yo hubiese reído 


tu Navidad,


 


judío sin regalos.


Aquí está el bosque 


aunque en la caja puse una camisa 


con palmeras tropicales 


te llevaré al Caribe de noche


el sol daña las células


las células transportan variaciones--


 


Prometo solemne en un valle


quererte cuando se abra un valle en el cuarto


con crestas de bosque salpicadas de naranja 


de rosa de amarillo, existen 


en atardeceres de postales.


 


Volteamos la cámara, 


las caras el negativo del recuerdo de eso


de lo que vimos 


sí lo vimos,


mira


hay un pino en tu ojo.


 


Me había empapado del lodo que salpicaban tus pies,


lamiste mi mejilla entierrada,


hicimos pasteles de fango para la cena.


Se ensució cada cajita, 


 


Hay papeles que envuelven con mejor fragilidad 


lo que no se pone en el paquete.


Gracias, dijiste 


excusa para darme un beso 


que maquillé con blush de primavera.


 


También un día me dio miedo la muerte


más la tuya que la mía 


 


--aseguro la distinción y falla


 


la línea de la vida en la palma de tu mano


cambié por un río


más largo, para empezar una etnia, di


en tu derecha junto a un valle una cortada


 


el tiempo


se condensa a la vuelta 


de lo que esperamos 


o pasa 


por las venas si están


huecas de espacio


 


la voz va en rotaciones


tierra, no son justos los sinónimos:


si digo tierra, eras un río 


arrugas en las manos y un mapa de una civilización 


tallándose en tus palmas


 


Pongo una hormiga en tu cuello 


ya antes nos hemos hecho polvo.


 


El movimiento de sus patas


cortas y finitas 


simula el cosquilleo de cuando 


rozas con las puntas de tus dedos un conífero


 


como si las hojas fueran cuchillos


imposiblemente ligeros.


 


En este cuarto verde, la navidad será.


 


 


Fue como regalarte todos los regalos


bien se dice hace tiempo que el todo 


es mayor a la suma de las partes


te quise como se quieren los lugares comunes


me pareciste un dios


que entraba en triunfo de guerra:


 


las ofrendas, las espolias, muchos muertos


 


 


Funciona la aliteración de las alas


la inclinación exacta del pico respecto al suelo


la relatividad de las leyes


de la gravedad y de todo


 


Es un conjunto coherente de plumas el mundo.


 


Observo


un tipo de pájaro común sin residencia fija


visitante en todas las épocas del año


en costas y bosques va cantando 


según se pasa el ánimo 


las nubes, la política.


 


En Adentro crían pájaros (Santurce: Parawa, 2016), Cristina Pérez Díaz. 

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