Ficción

Cuadernos norteamericanos

Nathaniel Hawthorne

"No existe fuente tan pequeña que el cielo no se refleje en ella". Escritos hace unos dos siglos, estos diamantes brevísimos de uno de los padres de la literatura estadounidense son publicados por Editorial La Compañía en traducción de Eduardo Berti. Una selección de un libro que vale la pena por completo.

Por Nathaniel Hawthorne.


 


Un rayo de sol escudriña el interior de una habitación vacía, hasta encontrar allí una vieja mancha de sangre.


 


Un hombre que llega al límite máximo de su vejez se vuelve nuevamente joven, al mismo ritmo con que envejeció. Marcha atrás, rehace el camino recorrido y tiene una visión inversa de las cosas. Esto podría, según creo, dar origen a extraños encadenamientos.


 


Un cuento donde el personaje principal siempre parece a punto de entrar en escena. Sin embargo, jamás lo hace.


 


El relato de un sueño cuyo hilo conductor sigue el curso usual de los sueños verdaderos, con todas las incoherencias, las curiosas transformaciones, las extravagancias y la falta de dirección que hay en los sueños; pero también con una idea central que lo recorre de punta a punta. Hasta el día de hoy y desde que el mundo es mundo, una historia así no fue contada nunca.


 


Toda la gente que fue ahogándose en un lago reaparece de repente.


 


Un hombre que carga una guadaña al hombro gira tras haber segado un campo de avena.


 


Observación: el efecto de los rayos matinales en la hierba mojada de la sinuosa cuesta que se extiende, al otro lado del río, entre el espectador y el sol. Por toda la superficie del terreno se difunde un pálido brillo. La bruma sube lentamente; y algo más lejos, reposando en parte sobre la tierra, el resto erige un columna tan elevada que, al verla, uno duda si llamarla neblina o nube.


 


En lugares desconocidos, tenemos la impresión de que todo es irreal. Se trata, sin embargo, de la percepción de la verdadera irrealidad de los objetos de este mundo, puesta de mayor relieve por la falta de congruencia entre nosotros y dichos objetos. Poco a poco, conforme nos adaptamos, perdemos esta percepción.


 


Un pájaro, en Cuba, gritaba “Sofía” en medio del bosque. Su graznido se limitaba a eso. Era dado imaginar que un difunto amante de esta mujer se expresaba por intermedio del pájaro.


 


Cuanto más de cerca se observa la obra más refinada que produjo el hombre, más se notan todas sus imperfecciones, como un microscopio que captase la rugosidad de un metal pulido. Por el contrario, todo cuanto parece rudo o grosero en la obra de la naturaleza, observado de cerca muestra una total e infinita perfección.


 


No existe fuente tan pequeña que el cielo no se refleje en ella.


 


 


Los extractos fueron tomados de Cuadernos norteamericanos, de Nathaniel Hawthorne, traducción y prólogo de Eduardo Berti. Editorial La compañía, Buenos Aires, 2016.


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