Tumbas en Yorkshire: un cuento de Charles Dickens
Jueves 02 de abril de 2026
Publicado originalmente en Londres hacia 1851, este relato fue rescatado por Juan Bautista Duizeide en la antología Con vista al mar, de literatura en la playa (Adriana Hidalgo).
Por Charles Dickens. Traducción de Juan Bautista Duizeide.
El cementerio de una iglesia junto al mar brinda especial testimonio acerca de la clase de vida que llevan navegantes y pescadores. Basta un paseo a través de uno de tales sitios para adquirir una clara concepción de la real naturaleza de esos oficios, a los que cientos, si no miles, a lo largo de estas islas, abrazan, ya sea por elección o por necesidad. Durante el verano paseamos por lugares agradables de la costa, admiramos el gran océano reluciente rodando con juguetona majestad, y nuestros corazones se agitan frente a su espectáculo sublime. Vemos en su seno blancas velas refulgentes y vapores arrastrando sus largas nubes de humo en tanto recorren afanosos las aguas, cargando afortunados pasajeros con rumbo a una escena siempre renovada. Encontramos sobre la playa o bajo los acantilados a los alegres hijos del océano vestidos de azul, los vemos empujar sus botes para otra jornada de pesca, o asistimos a su regreso de madrugada con las redes llenas; entonces el mar y su gente asumen para nosotros un aspecto como de vacaciones, en el cual las rudas labores, las guardias, la interminable exposición al frío, al peligro, a la muerte, aparecen ocultas en lo pintoresco de tal escenografía, a lo cual contribuyen el ánimo y la calma de los propios actores.
Bien diferente es la vida de los pescadores si la contemplamos como un todo, cuando tomamos en cuenta el invierno y la tormenta para completar la pintura de su existencia. Pero pocos de nosotros podemos hacer algo así en verdad; por lo tanto, si queremos conocer las realidades inherentes a la vida a bordo, podemos adquirir una idea bastante aproximada visitando cualquier cementerio junto al mar.
Hace poco recorrimos dos en la costa de Yorkshire, las notas garabateadas entonces podrán aportar alguna noción acerca del extraño y conmovedor testimonio que brindan. La primera de esas visitas fue al cementerio de Filey, un mero caserío, aunque bastante conocido por miles de turistas veraniegos a causa de la noble amplitud de sus playas y la adusta magnificencia del llamado Puente, un promontorio de rocas desoladas que se interna mar adentro, sobre el cual, durante la marea baja, se puede caminar, pero que con la crecida se vuelve salvajemente grandioso por la furia con la cual rompe el océano contra él.
Con clima tempestuoso, tal promontorio es verdaderamente un puente de los suspiros para los navegantes, y más de un noble barco ha sido hecho pedazos contra él.
Una de las primeras lápidas que atrapa la atención dentro del pequeño y tranquilo cementerio de Filey atestigua los horrores del Puente. “En memoria de Richard Richardson, infortunadamente ahogado el 27 de diciembre de 1799, a los cuarenta y ocho años:
Con viento súbito y gran mar
quiso Dios mi vida llevar.
Mi cuerpo a la costa alcanzó
a mi mujer que lo buscó.
Yace aquí en la madre arcilla,
espera la Resurrección.
También yace aquí Elizabeth, su esposa, muerta el 19
de enero de 1833, a los ochenta y nueve años”.
Aquel pescador había naufragado en las cercanías del Puente y allí buscó su cuerpo la esposa durante once semanas. Se hallaba poseída por la idea de que algún día iba a encontrarlo. A lo largo de todo un invierno, hasta marzo avanzado, aprovechó la marea baja para explorar concienzudamente cada recoveco y cada cavidad de las rocas, cada pulgada en ese caos salvaje de inmensas piedras que las tormentas habían lanzado encima del Puente, cada palmo de esos desiertos tapizados por resbalosas y enredadas algas marinas.
En vano fue que sus vecinos le dijeran que no había esperanza, que iba a morir de frío; cada jornada, la buscadora solitaria podía ser vista allí, ajena al viento, a la tormenta, a la escarcha; hasta que, un día, encontró el cadáver de su esposo, y pudo verlo finalmente entregado a la madre tierra. Seguramente habrá tenido una complexión tan resistente como su voluntad y tan fuerte como sus afectos, ya que sobrevivió treinta y cuatro años a aquella extraña vigilia de amor conyugal, hasta alcanzar casi los noventa años.
Cerca de esa lápida, hay otra en memoria de un veterano marinero y su esposa, ambos muertos, durante una severa tormenta, en viaje de Londres a Shields; otro muerto en viaje a Quebec; y dos hermanos, uno ahogado en el Támesis, el otro muerto en Constantinopla. Abundan por aquel cementerio inscripciones similares.
Humildes como son los epitafios de esas tumbas, que en nueve de cada diez casos no contienen ningún cuerpo en su interior, los distingue por lo general un toque de verdad en comparación con las trilladas líneas que suelen hallarse en todo cementerio. Uno de ellos nos dice:
De casa partió sin pesar
a ganar su vida en el mar.
Nunca volvió, Dios lo mandó.
Triste es decir qué lo mató.
Furiosa ola lo enterró,
para él cavó una honda tumba,
tumba móvil y profunda.
Un bote hundiéndose, esculpido en la piedra, simboliza su destino; enfrente, a un viejo marinero afortunado le tocó un bote a toda vela en su lápida, y a Dios agradece de corazón haber salvado su vida en el mar una docena de veces. Dos padres desconsolados se dirigen a nosotros, los vivos, así:
Tristes padres les contamos
cómo nuestro hijo murió.
Una gran ola los tomó
y su pobre bote tumbó.
Tres fueron lanzados al mar
para a la eternidad viajar.
Bello y buen hijo de extrañar,
pueda en Dios un padre encontrar.
Algunos amigos verdaderamente muy filosóficos inscribieron las líneas siguientes, y, por una razón implícita, evitaron todo encomio sospechoso:
Trazar epitafio es vano.
Que un muerto hable no es humano.
Los amigos de quien yace
queremos que esto no se calle.
Dos hermanos agradables
siempre estaban saludables,
pero una ola los golpeó,
largo tiempo los escondió.
Su ausencia era como guerra.
Al fin Dios los trajo a tierra.
Hijo y viuda pueden llorar
sobre esta tumba junto al mar.
Por supuesto el cementerio de Filey también cuenta historias de amor terrestre, no solo marítimo. Aunque en busca de abundante y abrumadora evidencia de la peligrosa vida de los navegantes, un cementerio como el de Scarborough es el lugar. Allí, la vieja iglesia de St. Mary, al pie de Castle Hill, exhibe una aglomeración de tumbas y lápidas que nada tiene para envidiar a la misma Londres. Ha sido el gran depósito de muertos de la región probablemente durante mil años. Cuando los sajones vivían allí, lo más probable es que recibiera sus restos.
Cuando los daneses, conducidos por Ragnar Lodbrok, exploraron estas costas y trataron de invadirlas, fortificaron Flambro Head y construyeron Whitby, o Llvitbege –su ciudad blanca–, donde Pierce Gaveston conservó el castillo para el tonto Edward II cuando Robert Ask y su Peregrinación de gracia eran jefes, y donde Sir John Maldrume, el parlamentario general, fue asesinado. A lo largo de todos esos tiempos, el atestado cementerio estuvo recibiendo generaciones y generaciones de muertos. Sin embargo, muchísimas lápidas son apenas memoriales de aquellos cuyos huesos se encuentran desparramados a lo largo y a lo ancho del globo, acumulándose, sobre todo, en los más abismales abismos del mar. Solo podremos señalar unos pocos, de esa multitud perecida en cada región imaginable, que cuentan aquí con algún recordatorio:
William Allen, ahogado en Charente, noviembre de 1829, a los trece años; y el pobre Joseph Allan, hijo del anterior [sic], ahogado al darse vuelta un bote salvavidas, el 17 de febrero de 1835, a los trece años.
Hay inscripciones relativas a tres personas ahogadas al tumbar aquel bote salvavidas. Otro hombre se ahogó en Rusia, otro en un cruce a New Brunswick, otro en viaje a la isla Mauricio. Robert Scott se ahogó en Elsinore y su hijo mar adentro frente al Cabo de Buena Esperanza.
William Ticklepenny sufrió en Osgodby Sands, hacia enero de 1828. Dado que las arenas de Osgodby Sands no siempre están bajo agua, con el agregado sospechoso de que William Ticklepenny “vivió respetado y murió lamentado”, podríamos inferir a partir de tal fraseología que murió en la horca. Tripulación y pasaje del Celina perecieron ahogados al naufragar ese paquebote en Ram Head, a los cadáveres que se pudo rescatar los enterraron en Plymouth, pero hay aquí más de una lápida correspondiente a alguno de esos infortunados. También hay varias inscripciones relativas a personas ahogadas en el naufragio del Betty’s Delight, en las cercanías de Scarborough, en 1844.
Otro murió en Santo Domingo y está enterrado en Port au Prince. Algunos se ahogaron en Lynn Deeps –en cruce a Dover desde la costa francesa, “a causa de los estragos de la guerra”–, dos hay que murieron a bordo de un navío de guerra, algunos que tuvieron sepultura en el mar, algunos se ahogaron en navegación rumbo a Londres, otros rumbo a Jamaica, en Yarmouth Roads, frente a Whitby en un yawl a la vista de la ciudad, frente a Sunderland al darse vuelta un bote cerca de Flamborough Head, en St. John’s, en New Brunswick, frente a la costa holandesa, frente a Jersey, en Batavia, en Java, viniendo de América y hasta uno, que navegaba a Calcuta, por un golpe de sol.
Así son, y aluden a las más variadas regiones del planeta, los memoriales dedicados a muertes repentinas que se encuentran por aquí. Pero en verdad pocas de estas “ratas de agua”, como le gustaba llamarlos a Charles II, cuentan sobre su lápida con inscripciones tan joviales, casi una canción, como la siguiente:
Vientos y olas de Neptuno
de un lado a otro me arrastraron,
y sin embargo quiso Dios,
que hallara abrigo aquí abajo.
Donde seguro he fondeado,
con tantos de nuestra flota,
que una vez más zarparemos,
para a Nuestro Señor hallar.
Si desde los cementerios se dirige la atención hacia la historia de estos lugares, se encuentra uno de nuevo con el recuerdo de terribles naufragios y desastres en el mar.
El Glory, de Yarmouth, se hundió con toda su tripulación; el Betsy and Ann halló las olas tan volubles, tan desleales, como sus tocayas en tierra a los tripulantes. El Friendship fue destrozado contra las rocas; las anclas del Hope garrearon justo en el momento en que más necesarias eran; y el Happy Return no tuvo la suerte de regresar a puerto pese a tan auspicioso nombre.
Puede usted imaginar loco a cualquier hombre que confíe su vida al océano viendo a su alrededor todo eso. Pero si mira en los rostros marcados por el clima que se encuentra por la playa o junto al acantilado, no encuentra en ellos melancolía ni desesperación.
La brea para calafate es todavía la alegre brea para calafate. Y usted, desde la arena, puede escuchar el optimista “¡Yo hevo!” sonando animosamente allá en el puerto, lanzado por algún marinero que zarpa rumbo a costas traicioneras. Incluso en la más peligrosa de las misiones, en busca del inútil, del imposible pasaje del noroeste, el navegante se conforma con la gastada sentencia “Todos alguna vez debemos morir”.