Pura pasión: así empieza la novela de Annie Ernaux
Miércoles 08 de abril de 2026
"Desde septiembre del año pasado no he hecho más que esperar a un hombre": compartimos el arranque de la Premio Nobel, publicada por Tusquets.
Por Annie Ernaux. Traducción de Thomas Kauf.
Este verano he visto por primera vez una película clasificada X en la televisión, por el Canal +. Mi televisor no tiene descodificador, las imágenes en la pantalla eran borrosas y, en vez de diálogos, se oía una banda sonora extraña, chisporroteos, chapoteos, una especie de lenguaje diferente, suave e ininterrumpido. Se distinguía una silueta de mujer en corsé y medias, y a un hombre. La historia era incomprensible y no se podía anticipar nada, ni los gestos ni los actos. El hombre se acercó a la mujer. Hubo un primer plano, apareció el sexo de la mujer, perfectamente visible en el centelleo de la pantalla, luego el sexo del hombre, en erección, que se introdujo en el de la mujer. Durante un largo rato se fue mostrando el vaivén de los dos sexos desde varios ángulos. La polla apareció de nuevo, entre los dedos del hombre, y el esperma se derramó sobre el vientre de la mujer. Sin duda, una acaba por acostumbrarse a ver estas cosas, pero la primera vez trastorna bastante. Han pasado siglos y más siglos, centenares de generaciones, y tan solo ahora se puede contemplar algo así, un sexo de mujer y un sexo de hombre que se unen, el esperma; lo que no se podía contemplar casi sin morir se ha convertido en algo tan fácil de ver como un apretón de manos.
Me ha parecido que la escritura debería tender a eso, a esta impresión que provoca la escena del acto sexual, a esta angustia y a este estupor, a una suspensión del juicio moral.
Desde septiembre del año pasado no he hecho más que esperar a un hombre: he estado esperando que me llamara y que viniera a verme. Iba al supermercado, al cine, llevaba la ropa a la lavandería, leía, corregía exámenes, actuaba exactamente igual que antes, pero si no hubiera tenido la costumbre de hacer estas cosas, me habría resultado imposible, salvo a costa de un esfuerzo aterrador. Al hablar es cuando tenía, sobre todo, la impresión de vivir llevada por mi impulso. Las palabras y las frases, hasta la risa, se formaban en mis labios sin la intervención real de la reflexión o la voluntad. Por lo demás, tan solo guardo un vago recuerdo de mis actividades, de las películas que vi, de las personas con las que me relacioné.
Todo mi comportamiento era artificial. Los únicos actos en los que actuaba con voluntad y deseo, y algo que debe de ser la inteligencia humana (prever, sopesar los pros y los contras, evaluar las consecuencias), tenían todos alguna relación con ese hombre:
leer en el periódico los artículos sobre su país
(él era extranjero),
escoger la ropa y el maquillaje,
escribirle cartas,
cambiar las sábanas de la cama y poner flores
en la habitación,
apuntar, para no olvidarlo, lo que tenía que decirle la próxima vez que nos viéramos y que pudiera resultarle de interés,
comprar whisky, fruta, alimentos varios para la
velada que íbamos a pasar juntos,
imaginar en qué habitación haríamos el amor
en cuanto llegara.
En las conversaciones, los únicos temas que traspasaban mi indiferencia tenían alguna relación con ese hombre, con su empleo, con su país de procedencia o con los sitios a los que había ido. La persona que me estaba hablando no sospechaba que mi interés por sus palabras, de repente intenso, no se debía a su manera de contar lo que me explicaba, y muy poco al tema en sí, sino a que un día, diez años antes de que yo le conociera, A., cumpliendo una misión en La Habana, tal vez hubiera entrado precisamente en aquella sala de fiestas, el Fiorendito, que mi interlocutor, estimulado por mi atención, me describía con todo lujo de detalles. Asimismo, cuando leía, si me detenía en una frase, se debía a que hacía referencia a la relación entre un hombre y una mujer. Me parecía que me enseñaba algo de A. y que confería un significado indudable a lo que yo estaba deseando creer. Así, al leer en Vida y destino de Grossman que «cuando se ama se cierran los ojos al besar», pensaba que A. me amaba, puesto que me besaba de esta manera. Después, el resto del libro volvía a convertirse en lo que supuso para mí cualquier actividad a lo largo de un año, una manera de pasar el tiempo entre dos citas.
Todo mi horizonte se limitaba a la siguiente llamada telefónica para concertar una cita. Procuraba salir lo menos posible al margen de mis obligaciones profesionales —cuyos horarios él conocía—, siempre temerosa de perderme alguna llamada suya durante mi ausencia. Evitaba también utilizar el aspirador o el secador de pelo, pues me habrían impedido oír el timbre del teléfono. Cuando sonaba, me consumía en una esperanza que a menudo apenas duraba el tiempo de descolgar lentamente el auricular y contestar. Al descubrir que no era él, me embargaba tal decepción que cogía manía a la persona que estaba al otro lado de la línea. Pero cuando oía la voz de A., mi espera indefinida, dolorosa, celosa evidentemente, se esfumaba tan deprisa que tenía la impresión de haber estado loca y de recuperar repentinamente la cordura. En el fondo, me asombraba la insignificancia de aquella voz y la desmedida importancia que revestía en mi vida.
Si me anunciaba que iba a venir al cabo de una hora —una «oportunidad», es decir, un pretexto para volver tarde a casa sin despertar las sospechas de su mujer—, yo entraba en otro estado de espera, con la mente en blanco, sin deseo incluso (hasta el punto de llegar a preguntarme si iba a ser capaz de gozar), rebosante de una energía febril aplicada a unas tareas que no conseguía ordenar: tomarme una ducha, sacar unas copas, pintarme las uñas, pasar el trapo. Ya no sabía a quién esperaba. Solo me hallaba atrapada en aquel instante —cuya aproximación siempre me ha llenado de un terror indecible— en el que oiría el frenazo del coche, el chasquido de la puerta, sus pasos en el vestíbulo de hormigón.
Cuando el intervalo que dejaba pasar desde que me llamaba hasta que me venía a ver era más prolongado, tres o cuatro días, imaginaba con fastidio todas las tareas que iba a tener que cumplir y las cenas de amigos a las que iba a tener que asistir antes de volver a verlo. Me habría gustado no tener nada que hacer salvo esperarlo. Y vivía con la creciente angustia de que surgiera cualquier percance que diera al traste con nuestra cita. Una tarde, mientras volvía en coche a casa y él tenía que llegar media hora después, de pronto se me pasó por la cabeza la posibilidad de verme implicada en un choque. Enseguida pensé: «No sé si me detendría».

Una vez lista, maquillada, peinada y con la casa ordenada, me sentía, si aún disponía de tiempo, incapaz de ponerme a leer o a corregir exámenes. En cierto modo, tampoco deseaba distraerme con algo que no fuera esa espera: no quería estropearla. A menudo escribía en una hoja de papel la fecha, la hora, y «va a venir» y otras frases, temores de que no viniera, de que su deseo hubiera menguado. Por la noche, recuperaba la hoja, «ha venido», y anotaba desordenadamente detalles del encuentro. Luego contemplaba, aturdida, la hoja de papel garabateada, con los dos párrafos escritos antes y después, que se leían seguidos, sin interrupción. Entre ambos había habido palabras, gestos, que hacían que todo lo demás se tornara irrisorio, incluida la escritura mediante la cual trataba de fijarlos. Un espacio de tiempo delimitado por dos ruidos de coche, su R-25 frenando y volviendo a arrancar, en el que yo estaba segura de que jamás había habido en mi vida nada más importante —ni tener hijos, ni aprobar oposiciones, ni viajar lejos— que eso, estar en la cama con ese hombre a media tarde.
Aquello solo duraba unas horas. Yo no llevaba reloj, me lo quitaba justo antes de que llegara. Él se dejaba puesto el suyo y yo temía el momento en que lo consultara discretamente. Cuando me dirigía a la cocina a buscar cubitos de hielo, levantaba la mirada hacia el reloj de pared colgado encima de la puerta, «solo quedan dos horas», «una hora», o «dentro de una hora yo estaré aquí y él se habrá marchado de nuevo». Me preguntaba con asombro: «¿Dónde está el presente?».
Antes de irse, se volvía a vestir con calma. Yo le miraba mientras se abrochaba la camisa, se ponía los calcetines, los calzoncillos, el pantalón, se giraba hacia el espejo para hacerse el nudo de la corbata. En cuanto se hubiera puesto la americana, todo se habría acabado. Yo no era más que tiempo pasado a través de mí.
Justo después de que se marchara, un agotamiento inmenso me paralizaba. No me ponía a arreglar la casa enseguida. Contemplaba las copas, los platos con restos de comida, el cenicero lleno, la ropa y la lencería dispersas por el pasillo y la habitación, las sábanas que colgaban sobre la moqueta. Me habría gustado conservar tal cual aquel desorden en el que cualquier cosa significaba un gesto, un momento, y que componía un lienzo cuyo dolor y cuya fuerza jamás alcanzará para mí ningún cuadro en un museo. Naturalmente, no me lavaba hasta el día siguiente para conservar su esperma.
Calculaba cuántas veces habíamos hecho el amor. Tenía la impresión de que, cada vez, se había añadido algo más a nuestra relación, pero también de que precisamente esa acumulación de gestos y de placer era, sin duda, lo que iba a alejarnos al uno del otro. Estábamos agotando un capital de deseo. Lo que se ganaba en el orden de la intensidad física se perdía en el del tiempo.
Me sumía en un duermevela durante el cual tenía la sensación de dormir en el cuerpo de él. Al día siguiente vivía en una especie de entumecimiento en el que se repetían constantemente: una caricia que me había hecho, una palabra que había pronunciado. Él no sabía palabras obscenas en francés, o bien no tenía ganas de emplearlas, porque para él no tenían ninguna carga de interdicción social: eran palabras tan inocentes como las demás (como lo habrían sido para mí las palabras soeces en su idioma). En el tren de cercanías, en el supermercado, oía su voz que susurraba: «Acaríciame el sexo con tu boca». En cierta ocasión, en la estación de la Ópera, sumida en mi ensoñación, dejé pasar sin darme cuenta un metro de la línea que tenía que coger.
Esa anestesia iba desvaneciéndose progresivamente, y yo volvía a esperar que me llamara, con un sufrimiento y una angustia crecientes a medida que se alejaba la fecha de nuestro último encuentro. Como antaño después de los exámenes —que cuanto más me alejaba de la fecha de la prueba, más segura estaba de haber suspendido—, cuantos más días transcurrían sin que me llamara, más segura estaba de que me había abandonado.
Los únicos momentos felices aparte de cuando él estaba presente eran aquellos en que me compraba vestidos nuevos, pendientes, medias, y me los probaba en casa delante del espejo; lo ideal, inalcanzable, consistía en que me viera en cada ocasión con un atuendo diferente. Él apenas reparaba cinco minutos escasos en mi blusa o en mis zapatos nuevos, que enseguida quedaban tirados en cualquier sitio hasta su partida. También era consciente de la inutilidad de los trapos ante el deseo que hubiera podido sentir por otra mujer. Pero presentarme con un vestido que ya hubiera visto me parecía un descuido, un relajamiento en el esfuerzo de esa especie de perfección hacia la que yo tendía en mi relación con él. Con el mismo firme propósito de perfección hojeé en unos grandes almacenes Técnicas del amor corporal. Bajo el título, se leía: «700.000 ejemplares vendidos».
A menudo me daba la impresión de vivir aquella pasión de la misma manera que habría escrito un libro: sintiendo la misma necesidad de resolver con éxito todas las escenas, y el mismo afán de cuidar todos los detalles. Y hasta se me ocurría que me daría igual morir tras llegar al fin de esta pasión —sin otorgarle un significado preciso a «al fin de»—, como podría morirme tras haber acabado de escribir esto dentro de unos meses.