Ficción

Feliz Navidad: un cuento de Joyce Carol Oates

Tomada del libro Arroyo Flint Kill (Altamarea), compartimos una pieza de la autora nacida en 1938, una de las grandes figuras de la literatura contemporánea estadounidense.


Por Joyce Carol Oates. Traducción de Antonio J. Antón Fernández.


Un vuelo a casa por Navidad; su madre y el nuevo marido de su madre la recibieron en el aeropuerto, entre las deslumbrantes luces de neón navideñas, en el amplio centro comercial de tiendas y restaurantes. Su madre la abrazó con fuerza y dijo que estaba guapa, que la piel se le había aclarado, ¿verdad?, y el nuevo marido de su madre le estrechó la mano y la miró a los ojos como si no hubiera tonterías entre ellos, diciéndole vaya que sí, sí que estaba guapa, más guapa que en las fotos en las que nunca parecía sonreír, más bien fruncía el ceño, y que bienvenida de vuelta a casa. Él era seis o siete años más joven que la madre. Las patillas se le afilaban como cuchillas en las mejillas y eran de un negro azabache, no se veía ni una cana, ni en las patillas ni en el pelo espeso y enmarañado que le caía desde la frente como si estuviera lacado. Su colonia o su loción de afeitado o su gel para el pelo le hacían sentir, a ella, un empalagoso picor en la nariz. En la mano derecha llevaba un anillo de sello de ónice. En la solapa, una ramita de muérdago. En el apretón de manos, la de ella se sentía pequeña y húmeda, con los huesos a punto de romperse. Su madre la abrazó de nuevo, medio entre sollozos, Dios, estoy tan feliz de verte, casi pensé que te había perdido. Llamaban la atención las venas azules en el dorso de las manos; la piel parecía delgada como el papel, pero su madre estaba feliz, eso era un alivio, y podías sentirlo por todas partes, como un latido del alma. El denso maquillaje en el rostro de su madre era de un tono melocotón fragante que se había mezclado hábilmente con su fatigada garganta. En la mano izquierda llevaba sus nuevos anillos: un pequeño diamante brillante engastado en puntas afiladas de oro blanco, una alianza de oro blanco. La chica intentó recordar, pero no pudo, los viejos anillos; al igual que intentó recordar, y no fue capaz, un sueño que no debió de ser importante, ya que se desvaneció inmediatamente al despertar.

La chica se sorprendió porque se detuvieran tan pronto para tomar una copa en el Easy Sal’s, en un hotel Marriott junto a la autopista de peaje; dedujo que su madre y el nuevo marido habían tomado una copa o dos en el aeropuerto. En el Easy Sal’s había aún más luces navideñas de neón, un árbol de Navidad de tres metros de alto con adornos plateados y brillantes en forma de botellas: whisky, vino. La chica pidió solamente Perrier con una rodaja de lima (qué elegante, dijo su madre apretando los labios como en un beso), su madre y el nuevo marido de su madre pidieron martinis con hielo, que eran su bebida de «celebración».

Durante un rato, en medio del bullicio festivo del salón de cócteles, hablaron de lo que estudiaba la chica y de cuáles eran sus planes para el verano, aunque la madre y el nuevo marido de la madre no parecían escuchar lo que decía la chica y la chica tenía la impresión de que hacían manitas bajo la tambaleante mesa cromada; o quizás el nuevo marido de la madre agarraba la regordeta rodilla de la madre, expuesta bajo la ajustada falda de lamé dorado, y cuando ese tema de conversación se agotó hablaron de sus planes; poner la casa en venta, la primera de las tareas pendientes después de hacer una gran limpieza «de arriba abajo» que, como se jactaba la empresa contratada, no era barata, no era el momento ideal para vender una propiedad de lujo (así la llamaban) pero, ahora que el alto tribunal estaba detrás de ellos, era el siguiente paso. Un año y medio de puto infierno, pero sin imputaciones, que desde luego era lo que los abogados les habían asegurado; ni una pizca de prueba que pudiera resultar en un «más allá de toda duda razonable» si hubiera un juicio, ¿y por qué tendría que haber juicio? No se había cometido ningún delito, esa era la conclusión. Al final la compañía de seguros había pagado, esa era la conclusión. Hay una fantástica nueva urbanización de bloques de apartamentos en el río, dijo la madre de la chica, te la enseñaremos cuando pasemos en coche, habrá una habitación para ti cuando la quieras, reservada para ti. La chica no pudo evitar ver una felicidad radiante en el rostro de la madre. La madre sonreía con tanta fuerza que parecía que se le iba a quebrar la parte inferior del rostro. Se reía, temblorosa. Me parece como si hubiera muerto y después renacido. Qué feliz me hace tener a las dos personas que más quiero en el mundo aquí conmigo. Aquí y ahora. Así, si muriera, ambos me abrazaríais fuerte. ¿No lo haríais? ¿No me abrazaríais fuerte si ahora mismo me muriera? El nuevo marido de la madre se rio, sobresaltado, la besó y dijo: «Joder, nadie va a morir esta noche ni ninguna otra noche. Prometido». Una camarera con un ajustado disfraz de Papá Noel de satén y un gorro de Papá Noel ladeado sobre la cabeza trajo otros dos martinis y un botellín de Perrier, aunque la chica aún no había terminado el primero. Y un pequeño cuenco de cristal con frutos secos. «¡Gracias, querida!», dijo felizmente el nuevo marido de la madre, entrecerrando los ojos para mirar a la camarera con la punta de una lengua rosada y vivaz entre los labios.


La chica había hablado con su madre no más de tres veces desde el funeral de su padre, en diciembre del año anterior. Habían probado Skype, pero algo salió mal, o (tal vez) la chica había saboteado la llamada al estar drogada, o más bien con un mal viaje, un subidón tóxico: había empezado a reír y luego a llorar y tuvo que apagar el ordenador y su compañera de habitación tuvo que apretarle las manos con fuerza para evitar que revolotearan como pájaros enloquecidos, mientras le decía con voz serena: «Estás bien. Vas a estar bien. Hemos decidido que vas a estar bien. Eres hermosa, no les necesitas, tal vez no sean asesinos, puedes superarlo. Tienes que elevarte por encima de ellos, te autodestruirás si sigues así», y al final estuvo bien de verdad; de hecho, pudo hablar con su madre con voz normal unos días después, sobre los planes de su madre de volver a casarse. No era una sorpresa, en absoluto. No preguntó si este era el de Internet. El de ¿cómo es ese sitio para personas mayores, match.com? No preguntó «cómo eres capaz, sencillamente cómo eres capaz». Tal vez su madre estuviera un poco borracha. O drogada, también. Un tipo diferente de subidón. Eso decía, tratando de que no sonara a acusación, ay, entiendo que te parezca repentino, pero es que tu padre no va a volver, tenemos que aceptarlo. Se ha ido, lo queríamos mucho y tenemos el corazón roto, pero se ha ido, fue una tragedia totalmente azarosa, a los niños siempre les parece pronto, pero ya no eres una niña, ¿sabes? Tienes que entenderlo, Jay ha estado a mi lado durante toda esta historia tan fea. Él estuvo ahí para mí, él era «el único». Tú no, no te culpo, pero el hecho es que no estabas. Y toda la familia de tu padre, monstruos… Pero eso es agua pasada, se acabó, ahora estamos aquí. Todos los pagos atrasados de la matrícula se han abonado, todo eso ya está solucionado. Tu título, eso es lo importante. Jay dijo, no vamos a darle la espalda a esa niña, nos necesita. Este es un momento de necesidad. Necesidad mutua. Pero ya se ha acabado, salvo la venta de la casa. Te queremos. Espera y verás. Los dos estamos aquí para ti. La chica se quedó en silencio al sentir que algo le empujaba la rodilla, posiblemente la rodilla del nuevo marido de la madre bajo la mesa de cromo, que se tambaleaba. Como si inconscientemente la niña apartara la pierna y provocase que la mesa cromada se inclinara; por suerte, en ese momento tenían agarradas las copas, que no se volcaron. La chica se rio nerviosamente y dijo sí, o puede que dijera no. O quizás dijo supongo. Su madre dijo, con voz ronca, me hace sentir viva otra vez, ¿sabes? Vuelvo a sentirme una mujer, después de veintitrés años, y la chica sintió que se le cerraba la garganta con fuerza, demasiado afectada para responder. Mientras seas feliz, intentó decir su boca.

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Ahora eran las ocho y media y hacía mucho que fuera había anochecido. La chica se mareaba de hambre, solo había tomado una Coca-Cola Light y pretzels en el avión, pero su madre y el nuevo marido de su madre iban ya por la tercera ronda. Easy Sal’s ofrecía algo de entretenimiento, primero un pianista que tocaba con una triste cara de gárgola y en la cabeza un gorro rojo de Papá Noel ladeado, como de borracho, canciones pop antiguas que la chica no reconocía. Después una cantante, negra como el ébano, con un vestido rojo de lentejuelas con escote en uve y un gorro de Papá Noel ladeado, como de borracha. Luego una monologuista, de aspecto anoréxico, sin rasgos claros que pudieran determinarse, ni sexo ni género ni identidad étnica; una cara pequeña y angulosa y huesuda como la de un mono arrugado, llena de piercings, sin maquillaje, peinado punk, un mono de brillante piel sintética de color negro y rosa púrpura, la pelvis empujada hacia delante en una postura de modelo de Vogue. Ritmo rápido, y estilo descarado e inexpresivo, como letras de rap: lo bueno de abortar a primera hora del día es que, eh, ya sabes, el resto del puto día, eh, va a ser cuesta arriba, ¿verdad? Están media docena de personas en un jacuzzi, eh, es un nuevo juego de moda llamado agujeros musicales, eh, tal vez todavía no se haya puesto de moda en Nueva Jersey porque nadie se ríe, ¿no? Ráfagas de palabras demasiado rápidas como para que la chica las captara, pero su madre y el nuevo marido de su madre parecían oírlas, y se reían, aunque después el nuevo marido de su madre le confesó disgustado que no le parecía bien que ese lenguaje grosero saliera de labios de mujeres, aunque fueran bolleras.

Al salir de la autopista de peaje se detuvieron a cenar en un restaurante polinesio muy iluminado, rodeado de palmeras falsas adornadas con luces navideñas parpadeantes. Sobre el falso techo de paja había un Papá Noel de rojo neón, con trineo y renos, que se inclinaba de forma alarmante. La madre de la chica le explicó que no había nada para comer en casa, además se estaba haciendo tarde, mañana te prepararé una cena estupenda de Whole Foods, ¿te parece bien? Le hubiera gustado preparar una cena de bienvenida pero se quedó sin tiempo, y de todas formas el avión se había retrasado, ¿así que te parece bien? El nuevo marido de la madre interrumpió bruscamente para decir que estaba bien, que no había necesidad de repetirse como un loro, y luego hizo una broma al respecto mientras le guiñaba el ojo a la chica como si estuvieran juntos en esto, fuera lo que fuese.

En el Paraíso Polinesio de Mauri ojearon la carta, tan grande que la chica apenas podía ver a su madre y al marido de su madre, los dos parecían discutir o tal vez no, tal vez era una especie de preliminares, o postcoitales; sorbían tragos de cocos partidos por la mitad, reían juntos. De muy buen humor, estaban todavía de luna de miel, como decía el marido de la madre. Se daban la mano entre plato y plato, bebían de la bebida tropical del otro. Cuando la madre de la chica se disculpó para ir al baño moviéndose inestablemente sobre los pies enfundados en sandalias de tacón alto, el nuevo marido se inclinó hacia la chica para confiarle: Dios, estoy loco por esta mujer. Tu madre es una dama con clase. Estaba muy dolida, dijo, devastada por las cosas que se dijeron sobre ella. Acusaciones falsas. Mentiras descaradas. Calumnias. No sé si sabes que no nos conocimos hasta… hasta después. Todo me pilló desprevenido. Acercó la silla de mimbre, se inclinó sobre ella, húmedo y cálido, carnoso, un brazo sobre los hombros, demasiado pesado para que la chica se lo quitara de encima.

Dijo en voz baja y confidencial: no hay nadie en el mundo que sea tan preciado para mí como esa dama, quiero que lo sepas. No puedo permitir y no permitiré que se digan calumnias sobre esa mujer, ¿entiendes? No importa de quién se trate, y creo que sabes de quién se trata…, de quién se trataba. Pero nunca más, ¿de acuerdo? ¿Me entiendes? Tú y yo, ¿nos estamos entendiendo? La muchacha, a la que se le bajaban los párpados de sueño, ahora estaba completamente despierta y saboreaba el frío, y muy asustada se oía decir a sí misma sí, sí, lo sé, y el nuevo marido de su madre le dijo con una voz feroz cerca del oído, agarrándola de los hombros con un brazo pesado como una manguera, pues sí, maldita sea, querida: más te vale saberlo.

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