Dientes de león: así comienza la novela de Thea Lenarduzzi
Miércoles 15 de abril de 2026
La editorial Queequeg acaba de lanzar su segunda apuesta, una memoria sobre la identidad migrante, Premio de Ensayo de Fitzcarraldo Editions.
Por Thea Lenarduzzi. Traducción de Micaela Ortelli.
Una mujer camina lento por el pasto alto, entre un centro de distribución de Co-op y un depósito abandonado. Está lejos de Maniago, la pequeña localidad de Italia donde nació, donde las llanuras se acordeonan en la base de los Alpes nororientales. Tiene el cabello castaño peinado en una permanente delicada; su vestido —sencillo, de falda recta debajo de las rodillas, tela de poliéster verde opaco con, quizá, algún arabesco en amarillo claro—, prácticamente se funde con el paisaje. Solo se ve por el destello ocasional del botón dorado del puño de la manga, y por el delantal fucsia y azul que le llega a los muslos, con esos bolsillos profundos, especiales para todas las agujas, los hilos, dedales y alfileres de gancho que tiene por herramientas la costurera. A intervalos se detiene y se inclina, se dobla por la mitad casi, aprieta un puñado de hojas verdes y las arranca con suavidad y firmeza. Se endereza, empuja el manojo dentro de una bolsa y sigue caminando.
Puede ser la media mañana de un domingo, poco después de la misa en la iglesia católica romana St Robert sobre Hamilton Road, donde el cura siempre la frena a la salida para agradecerle por la torta, preguntarle por los hijos, o para ver si quiere colaborar con una familia nueva recién instalada en la zona. Cualquier otro día estaría doblada encima de la máquina de coser. Los negocios están cerrados así que no caminan demasiadas personas por la calle. Las que lo hacen no pueden evitar detenerse un momento y mirarla con el ceño fruncido, quizá hasta hacer un gesto con la cabeza. No entienden qué hace esa mujer —¿se le perdió algo?—, pero están seguros de que a ellos nunca los verían arrancando raíces donde los perros y gatos callejeros y Dios sabe qué más hacen sus cosas. Ahora está sola, pero suele ir con un niño de no más de doce años, la edad en la que empieza a preguntarse sobre esas costumbres familiares. Tiene la piel más oscura que ella, con un leve y particular tinte aceituna lo cual es causa sufrimiento en la escuela. Lo apodaron de muchas maneras.
La mujer es mi abuela, mia nonna —a veces con mi padre al lado, tironeándose incómodo de los shorts que ella le cosió—, y está recogiendo dientes de león para acompañar la cena. Sube, baja y se desliza entre las vibrantes corolas de las flores esparcidas como asteriscos en una página recargada de escritura.
Esto es Longsight, Manchester, en algún momento a finales de los años 50, y es una de las imágenes más preponderantes que tengo de Nonna, que hoy va por sus 90 y pico y vive nuevamente en Maniago. No la vi con mis propios ojos, claro, así que es una especie de ficción instalada a través de décadas de escuchar hablar a otras personas. En la familia, la historia de Nonna recogiendo dientes de león —tarassaco en italiano; pestonala, pissecìan o radicèla (derivado de radici, raíces) en sus dialectos friulanos nativos— siempre tuvo más peso que el hecho en sí.
Es como una fábula trillada, un cuento de hadas verídico que no admite petición de detalles o material complementario de fechas, tiempos y relaciones. Che importa?, dice ella. “¿Qué importa?”, una pregunta que algunos extenderían a vidas y culturas enteras.
Todos los inmigrantes han narrado su cotidiano recargado de simbolismo, centrándose en momentos que marcan bien las diferencias entre ellos y nosotros, los nativos y los recién llegados. Reciclamos parábolas complicadas, las transmitimos de generación en generación y sentimos que nos nutren, que nos confirman algo que nunca se terminó de contar con precisión. Mantenemos los carriles de las historias más o menos lineales,porque la ornamentación, como las preguntas, lo único que hacen es entorpecer.
Nosotros los italianos sabemos lo rico que es el tarassaco levemente marchito, con sal y quizá un chorro de vinagre o limón, y el imprescindible aceite de oliva, que en Inglaterra había que comprar en la farmacia (t’imaggini? ¿Te imaginas?). Los británicos no. Una cosa es el diente de león y la bardana, dicen, y algo muy distinto recoger hierbas de un terreno baldío. O sea que piensan que estamos locos y nosotros pensamos que ellos se pierden de algo. ¡Comida gratis! (Que las hojas de diente de león alguna vez fueran una guarnición popular entre los victorianos ricos no viene del todo a cuento en esta historia en particular).

No existe familia sin este tipo de relatos, se haya movido cientos de kilómetros lejos de su hogar o apenas hasta la esquina. Son un modo de diferenciar a los que pertenecen de los de afuera, y también suelen tomar forma de chistes internos que reconocen o ponen a prueba la cercanía, la pertenencia, la herencia. En Léxico familiar, el sobrio y audaz libro de memorias novelado de Natalia Ginzburg publicado en 1963, las historias repetidas y los modismos lingüísticos de sus parientes producen en ella y en sus hermanos un retorno inmediato:
a nuestra relación de la infancia y juventud, tan inextricablemente unida a esas palabras y frases. Basta que uno diga una palabra, una frase del repertorio de nuestra infancia que hemos escuchado y repetido infinidad de veces... Si mis hermanos y yo tuviéramos que encontrarnos dentro de una cueva oscura o entre millones de personas, una sola de esas frases o palabras nos haría reconocer de inmediato.
La experiencia se vuelve lengua, se vuelve historia, se vuelve identidad, estableciendo el lugar de cada uno en la tradición. Cada familia tiene su propio “diccionario de nuestro pasado”.
Hace un par de veranos, jugando a ser la archivista de la historia de nuestra familia, me senté con Nonna en la cocina, con un termo de café en la mesa para no tener que pararnos para reponer, las persianas bajas contra el sol de la mañana avanzada, el resto de la familia en silencio. Le había advertido que podría llevarnos horas: quería empezar “por el principio”, o sea su nacimiento, y continuar desde ahí. Pero ni bien presioné el botón de grabar en mi teléfono, apoyado en un paquete de galletas con el micrófono apuntando hacia arriba, el tiempo dejó de ser lineal. La memoria de Nonna era un árbol en flor y no la iba a contener algo tan nimio como una estructura narrativa clásica. Hablaba como una colegiala alborozada, empezaba las historias y las interrumpía por la mitad; mezclaba temas indiscriminadamente, lo grande y lo pequeño pesaban lo mismo. Dejaba palabras y nombres colgando como hebras sueltas, a veces junto con un gesto: asentía o sacudía la cabeza, se encogía de hombros, suspiraba, “MaPietro...”, “eh, si...”, “purtroppo...”, “Pero Pietro, ah sí, por desgracia”.
Algunas historias surgían de fotos amarillentas que Nonna liberaba de bandas elásticas añejas, quebradizas como un fideo seco, y tomaban forma gradualmente.
—Era un boxeador local, un amigo de un amigo —dijo señalando a un hombre que sobresalía entre sus tíos, primos y otros amigos posando divertidos a cada lado del más alto, como la capa de un superhéroe—. Y este de aquí es mi papá —dijo y llevó el dedo encima de un hombre elegante sonriendo. Parecía un enano al lado del boxeador. Nonna sabía que a la foto la habían sacado afuera de un restaurante cercano, a principios de los años 30, y no mucho más. El boxeador local, supe después gracias a internet, era Primo Carnera, la Montaña Humana, el Gigante Asesino, radicado en Estados Unidos y de visita en Italia. Era campeón mundial de peso pesado en ese momento, el boxeador más alto que se haya visto. En 1931 ilustró la portada de la revista Time. Hoy se lo recuerda menos por su destreza en el ringque por sus relaciones con Benito Mussolini, que lo veía como un referente de la virilidad italiana, y con la mafia estadounidense, que tomó el control de su carrera, y probablemente de sus finanzas, sobornaba a sus contrincantes y lo transformó en un “monstruo” profesional. Para mi familia, sin embargo, Carnera es una nota al pie, un asterisco en la historia principal.
—Murió, no sé cuándo.