Andrés Barba: “Creo que este es un libro latinoamericano"
Viernes 12 de diciembre de 2025
El escritor nacido en España y radicado en Argentina, Premio Herralde de Novela, acaba de publicar Auge y caída del conejo Bam y estará dictando un taller en el Laboratorio Filba.
Por Valeria Tentoni.
Nacido en Madrid en 1975, Andrés Barba está desde hace unos años radicado en Argentina, más precisamente en Posadas, Misiones. Finalista del Premio Herralde de Novela en 2001 con La hermana de Katia, se alzó finalmente con ese galardón cuando escribió República luminosa, también Prix Frontières y finalista del Premio Gregor von Rezzori. Es también autor de novelas como Las manos pequeñas o En presencia de un payaso, de ensayos como La ceremonia del porno (coescrito con Javier Montes y Premio Anagrama de Ensayo) y La risa caníbal, y de las biografías literarias Te miro para que te quedes y Vida de Guastavino y Guastavino. También poeta y traductor, ha logrado versiones de autores como Melville, James, Conrad y De Quincey.
Ahora acaba de aterrizar en la librería su nueva novela, Auge y caída del conejo Bam, una fábula política sobre la manipulación social, el liderazgo y el miedo narrada por un conejo de nombre Copito y situada en La Gran Madriguera, laberinto animal que Barba eligió por laboratorio humano.
Mientras tanto, se abren las inscripciones para su taller de escritura en el Laboratorio Filba, Notas sobre edición o cómo sobrevivir al desánimo y no tirar la toalla: “Por lo general, después de varios meses de trabajo, es habitual sentir una gran desorientación sobre la calidad de lo que se ha escrito. El alejamiento de la idea original, tal vez los cambios de tono o incluso de propósito del texto, dejan convertido el primer borrador en una masa amorfa. Empieza entonces el proceso más importante de la escritura, y tal vez el menos comentado, el de la edición”, explica. En ese punto comenzará su taller.
¿Radicarte en Argentina modificó tu manera de escribir?
Este ha sido el año de que me naturalicé, me dieron ya la ciudadanía argentina. Es una relación con el país que cruza lo vital desde hace mucho tiempo, desde hace más de quince años. Cuando tuve ya mi segunda hija argentina dije: hay que formalizar. Y esto ha afectado todo, yo creo que ya los últimos cuatro libros son libros medio argentinos, son libros mestizos. No solo porque están cruzados por la experiencia de estar acá ya radicado sino por toda la tradición literaria argentina que he estado leyendo. Están totalmente impregnados de eso, y de Latinoamérica en general. Creo que este es un libro latinoamericano.
¿En qué cosas lo notás? ¿En las lecturas que estás haciendo, por ejemplo?
No, yo creo que ya va más allá de eso. En una primera instancia, cuando me radiqué aquí hace tanto, sí tenía que ver con descubrir muchos autores, o leerlos con una perspectiva distinta, entendiendo un poco mejor los matices de lo que me estaban diciendo, porque hay muchos malentendidos culturales o sobreentendidos y uno cree que está entendiendo y no está entendiendo, y eso es algo que también tarda en percibirse. El humor también es más bien algo transversal, una forma que cambia la fórmula del pensamiento, cambia la percepción de lo real, y esa es una transferencia que es más difícil de ver porque es más lenta y uno la percibe por contraste: cuando regresa a Europa dice “¡esta gente, qué le pasa!”
Cuando vivías allá, ¿qué idea tenías de la literatura argentina?
Una visión muy convencional. Borges. Cortázar. Un tipo de lectura muy convencional y muy europeizada, digamos. Eso es lo que se transforma, no tanto el texto en sí como la mirada sobre el texto, porque los textos son al fin y al cabo limitados, son los mismos y algún punto son textos revisitados, pero en esa revisitación lo que muta es la mirada.
Auge y caída del conejo Bam es un libro con una libertad muy radical. ¿Crees que eso puede tener que ver con la literatura latinoamericana?
Yo creo que el primer libro ya no del todo europeo que escribí fue República luminosa. Está muy cruzado por mi experiencia en Misiones, sobre todo, esa región del Paraguay, de Brasil, la conciencia y la toma de contacto con ese tipo de naturaleza, más o menos un shock parecido al de Quiroga cuando llegó. Apareció una especie de conciencia de que hay algo muy radical ahí, con lo que uno no ha entrado en contacto porque es muchacho de ciudad. A partir de ahí, todos los demás libros son latinoamericanos, creo. El último día de la vida anterior no se entiende sin la tradición rioplatense del mundo de los fantasmas, por ejemplo, de la literatura fantástica. Y Guastavino es una biografía borgiana. Este último libro es un libro hiperneurótico, que tiene una velocidad mental totalmente argentina. Es un libro muy dialéctico, un libro populista, y no se entiende sin los últimos episodios locales. No se entiende tampoco la historia del conejo Bam, que está cruzada por dos experiencias. Nosotros pasamos con mi familia una temporada en Estados Unidos, en Nueva York, que coincidió con el último año pre pandemia, y los primeros años de la pandemia, que fueron años también muy importantes, donde ocurrieron cosas como lo del asesinato de Floyd, el asalto al Capitolio, estaba realmente muy incendiado todo. Y luego el contraste con regresar a Argentina, en un momento de pandemia, y a la periferia... Muchas cosas de la velocidad y de la neurosis política, del cambio de la retórica que se estaba produciendo en ese momento, asentaron mi deseo de hacer una fábula. Necesito hacer una fábula, pensé. Y el conejo era lo más parecido a una cabeza argentina. Tiene varias cosas muy argentinas el conejo; dos velocidades, como on-off, es como velocidad histérica, velocidad hiperacelerada, velocidad inmóvil. No hay ningún tipo de velocidad intermedia, es como una huida desquiciada. Luego también hay una especie de morir hablando, que eso es más porteño en general que argentino, porque Misiones es distinto. Pero es como si uno fuera a morir en cuanto se produzca el silencio. Esto es propio de los conejos, pero también de la retórica política populista contemporánea, donde seguramente, entre otras cosas, para inhibir el pensamiento crítico, digamos, se está tapando una cosa con la siguiente todo el rato y tratando de inyectar cuanto más radicales y cuanto más viscerales, mejor.
Pienso también, para volver a República luminosa, que hay una exploración de lo animal en ese libro y en este, del salvajismo. Lo infantil y lo salvaje, lo peligroso de la inocencia.
Hay dos lecturas muy importantes para mí. En el caso de República luminosa fue Maeterlinck con la historia de las abejas, las hormigas, que básicamente es un libro que evita el pensamiento antropocéntrico. Es un libro político sobre insectos, por eso es fascinante. República luminosa es un libro donde los humanos están tratados un poco como insectos. Ese grupo de niños que aparece en la ciudad y que supone una amenaza, el statu quo, en realidad son como si fuera una plaga. Por eso Kafka es tan interesante, su pensamiento animalístico. Kafka casi no usa animales, siempre usa insectos, en realidad. Y el mundo del insecto es una especie de metafísica donde lo salvaje se neutraliza.
Clarice Lispector, por ejemplo, utiliza también insectos. Pienso en La pasión según GH.
En La pasión según GH, en uno de los momentos más mágicos, hay una comunión de una cucaracha con una mujer, una mujer que es una señora rica y está chusmeando el cuarto de la empleada, que está fuera. De repente ve una cucaracha y se la come. Es maravilloso, una especie de metamorfosis radical. Ese cruce es una puerta mágica; si cruzo esto, ¿qué voy a hacer yo? ¿En qué me convierto si abandono el pensamiento humano? Y eso está en el origen del Conejo Bam, también está en República Luminosa. Si abandono lo humano, ¿dónde entro? Y uno entra en un lugar muy interesante, por lo general, el horizonte de sucesos que dicen que hay en la entrada de los agujeros negros cósmicos, según los físicos. Me parece muy fascinante: dicen que no puedes ver lo que hay al otro lado del horizonte de sucesos, pero que no es improbable que lo que está al otro lado del horizonte de sucesos, te pueda ver a ti. Es una puerta como asimétrica en términos físicos. Y eso ocurre un poco con los animales, ¿no? Sabes cómo estás siendo observado, sabes cómo estás observando, pero no cómo estás siendo observado. Y, cuando uno cruza ese umbral, puede llegar a intuiciones sobre lo humano a las que no habría llegado nunca utilizando seres humanos en la narración.