Del libro a la partitura, de la partitura al libro
Viernes 30 de enero de 2026
Pablo Dacal y Antonio Birabent presentan sus últimas novedades editoriales mientras Francisco Garamona lanza nuevo disco.
Por Valeria Tentoni.
“No hay mundo más que dentro. Lo dijo Rilke y Birabent lo cuenta”, escribe Alejandra Kamiya en la contratapa de Filo, el segundo libro de este actor y músico argentino. Después de Tres, una colección de 89 microrelatos que exploraban la vida cotidiana, los vínculos familiares y reflexiones sobre la vida y la época, Birabent se lanza esta vez desde el sello Paripé.
En Filo, un hombre se retira a la montaña acompañado únicamente por su perro, desconectado de la ciudad, pero atado, sin embargo, a los recuerdos. “Lo alejado y lo rural tiene mucho que ver con mi vida, con lo que me gusta, con cosas que he leído y con esa necesidad de estar solo. En la soledad pasan cosas que no pasan en comunión con los demás, y siempre me atrae ese mundo. El libro primero fue un cuento, pero gracias a la incitación de Andrés Gallina, el editor del libro, creció. Él me dijo que ahí había algo más. El punto de partida fueron las altas cumbres cordobesas”, explica. Con una prosa poética que, explica, no fue una decisión deliberada, el texto avanza en fragmentos. “Evidentemente lo lírico y lo onírico y fantasioso está en la mente de este hombre que se escapa. También el armado del libro, estas entradas por momentos muy breves, hacen a ese tono poético”.
Dacal, por su parte, lanza El tao de la canción por Híbrida, con prólogo de Martín Rodríguez. Su quinto libro es un texto ensayístico que cruza la crónica de viaje, la crítica musical, la investigación y el diario. Allí investiga, además de tradiciones musicales, tradiciones literarias (está Juana Bignozzi, por ejemplo) y filosóficas (está Martín Heidegger, por ejemplo). “Trabajo con los libros abiertos sobre la mesa. Escribir es para mí una manera de releer y pensar con otros textos, en gran parte. Entrar en conversación. Encuentro una música, ya sea una melodía o un ritmo, escribo algunas frases o ideas sueltas, y al rato ya estoy leyendo algo. Puedo tomar una imagen, un pulso, un adjetivo, una perspectiva. Aunque sea filosofía, ensayo o ficción, la lectura musical siempre es poética. Me dejo arrebatar por el ritmo de la frase, la contundencia de la idea, el sonido de las palabras”, explica el autor de otros libros como ¡Oh, nuestra maestra de canto! (Mansalva) y Una gira mundial (HD Ediciones).
Músicos y escritores, Birabent y Dacal comparten, evidentemente, una posición desde la que pueden reflexionar sobre estos cruces. Para el autor de Filo, la división es productiva: “Siento que la música y la escritura son dos pulsiones tan cercanas y lejanas al mismo tiempo, que vienen de un mismo corazón pero que, cuando se abren, escapan una de la otra. Y me gusta eso. La música tiene algo aéreo y espontáneo, y para mí la escritura es una reconcentración y un aislamiento”, dirá.
Mientras ellos se lanzan a las páginas, el editor de Mansalva, librero, curador y poeta Francisco Garamona lanza un nuevo capítulo en su discografía. Su tercer disco llega después de Pequeñas canciones napoleónicas y Hemisferio aparte, bajo el nombre de Cómplice de cristal. "Dicen que todas las artes aspiran a la música y que la música aspira al silencio, igual que la poesía. El silencio como lugar de potenciabilidad donde todo puede ocurrir, como un lienzo en blanco para un pintora. Entonces en esa escalerita donde la ausencia y la presencia intercambian sus lugares, creo que fui de una a otra con la frente iluminada por el sol, un día lejano, allá en mi infancia", responde Garamona cuando consultado por el origen de esta bifurcación. Hace poco, había publicado el poemario El verdadero misterio es el final, por Caleta Olivia.
Tras un recorrido librero de largos años, podría pensarse que la literatura preparó al autor de Pequeñas urnas para la música. Pero fue, dice, al revés: "La música me preparó para la literatura, tendiéndome sus brazos como una hermana. Ya que de niño, cuando todavía no sabía tocar un instrumento melódico, hacía letras de canciones futuras a las que cantaba acompañándome de un tambor. Que ya eran poesía ignorara y también como una especie de ritual que invocaba el futuro, donde todo estaría trenzado y multiplicado. La división de las artes es solo para clarificar un poco las cosas, y ponerlas en perspectiva".
Entre los antecedentes de este cruce podemos contar, entre otros, al de Rosario Bléfari, cuyos libros publica precisamente Mansalva. La última entrevista que hicimos, para este mismo blog, se tituló, de hecho, “cada vez me dan más ganas de escribir”. "Me resulta interesante su cruce de lenguajes, pero más me interesa su perspectiva sobre las cosas y su libertad curiosa, anhelante, como si algo fuese a ser descubierto a cada paso por su espíritu inquieto. Detrás de las fronteras entre lenguajes siempre hay una mirada que persiste. Descubrir los límites, posibilidades y alcances del punto de vista, para afilar la precisión y ser más contundente con las ideas, sus derivas y descubrimientos, es una labor en la que me reconozco”, explica Dacal.
Y agrega: “Los poemas traen un ritmo, a veces una música. Pero la canción canta una melodía que carga de sonido a las palabras, las fija en su propia cadencia y les da un sentido nuevo. Desvanece al poema en su forma nueva. Precisa de ciertas repeticiones y obviedades para desplegar su puesta en escena –la canción necesita, como el teatro, su puesta en acto-. En cambio, sobre todo a partir del siglo XX, el poema establece con sus lectores una relación íntima y silenciosa. La música va por dentro. Hay poemas que no cantan: son los que bailan. Les basta con su propio ritmo y toda melodía los entorpece, los sobrecarga, les quita vértigo y movimiento. Y hay otros a los que les falta algo, que suenan como vacíos o incompletos: estos son los que podrían transformarse en canción”, cuenta Dacal, y agrega que, en su caso, la canción suele aparecer como una melodía a partir de la que organiza una estructura que intenta fortalecer con palabras. “Me dejo guiar por el sonido, las rimas y las acentuaciones, mientras persigo la pluralidad de sentidos: cuantas más direcciones y capas de significado sean posibles, mejor me resulta. Pero esa primera melodía puede provenir, y en muchos casos es así, de un poema. Un verso que, al leerlo, canta. Una imagen que, al visualizarla, suena. Un sentido que, al pensarlo, dice lo que dice y además otras cosas. Lo demás es oficio: cantar, buscar los acordes, el ritmo, la intención. Entonces hay canción. Pero si no suena, no hay nada”.